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Entrevista exclusiva a Alberto Sarraín

Ernesto García: Sarraín, primeramente quiero darte la bienvenida a nuestra Web Teatro en Miami y agradecerte por esta entrevista. Me gustaría comenzar por algunos aspectos personales que pudieran ilustrar a quienes nos leen sobre quién es Alberto Sarraín y de qué manera entra en el mundo del teatro.
Alberto Sarraín: Existen pocas oportunidades en el periodismo cultural de hacer una entrevista como ésta que me propones, que abarque un espectro tan variado de temas, todos candentes. En general los periódicos tienen espacios muy limitados y su rango de interés se centra en un tema y sus posibles derivaciones. Así que espero que tengas a mano una buena tijera, y cortes lo que te voy a escribir, porque yo padezco de prolijidad de pensamiento y suelo irme de los temas y conversar, que es en definitiva mi gran pasión. Entonces tengo que comenzar dándote las gracias por darme la oportunidad de hablar con la gente que visita Teatro en Miami. En un mundo donde la tecnología ha multiplicado hasta el infinito las formas de comunicación, pero en donde cada vez son más escasas las posibilidades humanas de comunicarse, que alguien te proponga oírte es una bendición. Alberto Sarraín es un cubano de 52 años, radicado en Estados Unidos desde el 24 de junio de 1979. Con un diploma de Psicólogo clínico (graduado en la Universidad de La Habana en 1976) que en la actualidad trabaja con horror en el Departamento de Niños y Familias del Estado de la Florida en calidad de especialista en asistencia pública. Pero de profesión teatrista. Todo lo demás que hago representa la ingente necesidad de sobrevivir para satisfacer la parte animal de la existencia. Durante estos 23 años de vida fuera de Cuba he sido, parqueador y fregador de carros, empleado de limpieza en un hospital, constructor, asistente de maestro, asistente de enfermero, profesor de una escuela de asistentes de enfermeros, consejero de crisis, consejero de drogas, consejero de empleos, profesor de teatro, traductor de películas y programas de televisión, operador de una computadora de subtítulos para cine, editor de una cartelera cultural, escritor de una columna de psicología para una revista del corazón, tenedor de libros, actor, productor, director, diseñador de teatro. He trabajado para la Iglesia Católica, la Universidad de Miami, Miami Dade Community College, el Departamento de Justicia, el Estado de la Florida, el Consejo Nacional de Cultura de Venezuela. Me he dado gusto escribiendo esta lista inconclusa de profesiones, algunas de ellas (más de una) en las que sólo he durado un día antes de salir despavorido y no regresar jamás.
El teatro fue otra cosa. Siempre ha sido el amor. A estas alturas de mi existencia, es quizá lo único por lo que la vida me sigue interesando. Lo único que me motiva y me levanta de una postración intelectual en la que suelo caer cuando el arte se aleja y me enfrento a la animalización de la vida, ese sobrevivir para esperar la muerte sin que pase nada, o lo que es peor luchar a brazo partido para repetir al día siguiente una agenda de acciones que te mantienen vivo (comer, dormir, excretar y reproducirse) como si uno fuera la angustiada gallina que picotea la tierra para encontrar un insecto que compartir con su cría, día a día, todos los días hasta terminar en el caldero de alguna recién parida o cuando la adversidad se ensaña y tus planes concebidos con pulcritud y cuidado se deshacen caprichosamente. Comencé a hacer teatro a los 8 años con los Lobatos de los Boys Scouts. Allí escribía, dirigía y actuaba. Cuando la nacionalización de la enseñanza en Cuba y la radicalización de la revolución cubana los Scouts desaparecieron para dar paso a una serie de organizaciones semejantes, pero de objetivos políticos. Pensé que el teatro era uno de tantos juegos de los Scouts que se había ido con ellos. Luego descubrí por mi abuela las zarzuelas. Me sentía deslumbrado por ese mundo mágico y era, para ella, el acompañante perfecto. A principios de 1964 mientras cursaba el noveno grado teníamos en el libro de lecturas de la clase de Español, una escena de El mercader de Venecia de William Shakespeare. Como siempre la clase de Español comenzaba con una lectura en voz alta compartida entre distintos alumnos de la clase. La profesora, en vez de como era costumbre ir nombrando estudiantes que continuaran consecutivamente la lectura, repartió los personajes entre un grupo de alumnos que habíamos ganado fama de buenos lectores. A mí me tocó leer un personaje maravilloso: Shylock, el judío que quiere carne humana. Para mi sorpresa, al final de la lectura los compañeros del grupo me aplaudieron fuertemente. Eso definitivamente marcó mi vida. Tanto fue el entusiasmo de la clase que la profesora nos llevó a la Sala Tespis del Teatro Universitario donde casual y felizmente ponían El mercader de Venecia dirigido por Ramonín Valenzuela y Rafael Ugarte hacía al judío. Mi encuentro con el teatro profesional es por alguna curiosa razón una amalgama de colores. Cuando pienso en ese momento sólo puedo pensar en colores sin ninguna forma. Quizá es signo del fuerte impacto emocional que produjo en mí el teatro. Desde ese momento se convirtió en una silenciosa obsesión profesional (mi familia pensaba desde luego en una profesión "más seria" y definitivamente algo "más masculino"). A los 19 años comencé como aficionado en el Grupo de Teatro Infantil del Regional Plaza, a los 20 fui admitido como actor profesional en el Conjunto Dramático de Matanzas, a los 23 gané el premio al mejor actor en el Festival Nacional de la FEU con el Grupo de Teatro Universitario en el papel de Areche de la obra Tupac Amarú de Osvaldo Dragún. A los 25 abrí una consulta para actores con problemas psicológicos en coordinación con Teatro Estudio para hacer una investigación sobre Psicopatología y Psicoterapia del actor y gané por segunda vez el premio al mejor actor en el Festival Nacional de la FEU con el personaje El Merluza de la obra Flores de papel de Egon Wolf. También en ese año escribí mi primer artículo para el boletín de Psicología de la Revista del Hospital Psiquiátrico de La Habana: Modificación de actitudes hacia el Teatro en Cuba, hacía una investigación sobre hipnosis y actuación con Vicente Revuelta y participaba en el trabajo de montaje de la obra La dolorosa historia del amor secreto de Don José Jacinto Milanés de Abelardo Estorino. Al año siguiente terminaba la carrera como el graduado más destacado en la cultura. Terminado el servicio social con el Ministerio de Salud Pública comencé mi trabajo como Psicólogo asesor del Grupo Extensión Teatral de Teatro Estudio y lo demás es historia. La salida de Cuba y el reencausar en un mundo nada amable esa fuerza, esa necesidad,
ese impulso, que es el teatro en mí.

Ernesto García: En el año 1996 yo personalmente asistí al estreno en Miami de la obra de Abilio Estévez, "La Noche", obra que conocía yo previamente en su estreno mundial en Cuba un año antes por el grupo Irrumpe, dirigido por Roberto Blanco. Yo no recuerdo si para esa fecha tu grupo ya se llamaba La Má Teodora. ¿Cómo surge este proyecto cultural y cuales son los objetivos que persiguen el proyecto y tú mismo como director teatral?
Sarrain con el elenco de Manteca

Alberto Sarraín: Durante muchos años cada vez que tenía contacto con artistas cubanos de alguna manera lo que sentía era rechazo. Eran los "años duros", "el decenio oscuro" y todos esos otros nombres que han etiquetado los diferentes periodos político-culturales de la última mitad del siglo XX cubano. Por una parte los artistas que viajaban tenían miedo reunirse con gente de la diáspora, por temor a que no le permitieran volver a salir, o porque pensaban que la gente de afuera eran agresivos. Por otra parte los que vivíamos fuera todavía teníamos abiertas las heridas de actos de repudio, prisiones, separaciones, desencuentros. Recuerdo que estando en el festival de Manizales en 1988 un artista-funcionario cubano, que hoy en día vive en Miami, se negó a sentarse en la misma mesa en que Mario Ernesto Sánchez y yo nos íbamos a sentar a presentar el festival de Miami. Este rechazo hacia los cubanos de afuera de la isla y especialmente los de Miami (Mayameros como peyorativamente se nos llamaba en algunos países) no era solamente por parte de la gente de la isla, sino también por parte del movimiento teatral latinoamericano que se movía en la izquierda y que vivía hipnotizado (y con razón) con el teatro cubano, que por supuesto, pese a todas las limitaciones ideológicas y restricciones al libre pensamiento, había logrado una calidad profesional no sólo única en Latinoamérica sino que podía competir en las mejores plazas de teatro del mundo. Los años de la Perestroika trajeron un resquebrajamiento de la pureza ideológica estalinista en todo el campo socialista, y Cuba no quedó fuera de ese panorama con un momento de verdadero florecimiento artístico a finales de los ochenta, que tuvo como colofón la aparición de una nueva generación en la dirigencia cultural y por supuesto un cambio total de estrategia, que permitió un ambiente más laxo y propició la creación de manera más diáfana y crítica. Los años finales de la década de los ochenta están marcados por las puestas en escena de la Trilogía de Teatro Norteamericano dirigida por Carlos Díaz, el premio a La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea de Abilio Estévez, La adaptación de la obra de Bulgakov, El maestro y Margarita de Alberto Pedro. Este "renacimiento" fue truncado desde el punto de vista económico (producción y edición) por el derrumbe de la Unión Soviética y Europa del Este y el inicio del "Periodo Especial". El teatro cubano pasaba por su peor etapa, pero sin embargo la nueva dirigencia cultural había preparado las condiciones para una creación más abierta, más liberal. Estás características sumadas a una mayor apertura para autorizar los viajes de artistas y la necesidad realizar coproducciones internacionales para suplir déficit, pusieron un acento en el exterior nunca antes visto en el movimiento teatral cubano. Esta situación propició encuentros de cubanos de todas partes y en los lugares más inverosímiles. Cientos de artistas de las nuevas generaciones egresados de las escuelas de artes salieron a la diáspora. Por otra parte Cuba se abrió a los cubanos de afuera, permitiendo en 1994 (con muchísimas restricciones) el regreso, después de más de 15 años de ausencia, de muchos emigrados. Yo había escapado de Miami una vez más y estaba viviendo en Venezuela. Caracas era un hervidero de cubanos recién llegados: Isabel Moreno, Gilda Santana, Camilo Hernández, Mario Crespo, Lili y Mauricio Rentería, Beatriz Valdés, Juan Marcos Blanco, Roberto Blanco. De pronto llegó a mis manos a través de Lili Rentería el libreto de Perla Marina de Abilio Estévez. Ese encuentro literario con Abilio, un autor a quien ya le había dirigido una obra en Miami (La verdadera culpa... estrenada en el festival de Teatro Hispano de 1989), fue para mí un golpe en la cabeza que produjo una conmoción total en mí. La historia de Cuba a través de sus poetas, la diáspora constante, la perdida de una Cuba por exilio o simplemente por el devenir, estremeció mi ser cubano, me hizo en cierta medida redescubrir la cubanía y llegar a la conclusión de que la cultura cubana es una sola donde quiera que se haga, siempre y cuando tenga sus raíces en lo esencial, en lo fundacional, en una forma de ver la vida y vivirla que comenzó en el siglo XIX cuando los negros comenzaron a ser importantes en la vida nacional y se fusionaron de manera única con la cultura peninsular. Tamizado todo por el sol de la isla y la desfachatez que produce el vivir rodeados de agua por todas partes sabiendo que nadie puede llegar ni salir de repente sin que el mar nos proteja o nos encierre, fuera de toda contaminación política, lingüística o de cualquier otra cultura ajena. Fue entonces que ideamos un proyecto en el que participarían artistas que vivían en la isla y otros que vivía fuera. Recibimos muchos mensajes de gente que quería participar, cubanos extendidos en la geografía desde Argentina hasta Suecia y Rusia. Integramos un primer elenco con: Isabel Moreno, Ada Nocetti, Laura Zarrabeitia, Lili Rentería, Gladys Cáceres, Mauricio Renteria, Maria Elena Diardes, Alfredo Alonso, Gerardo Barrios, Raúl Xiques entre otros que recuerdo. Participarían como diseñadores y creadores en general, Abilio Estévez, Carlos Díaz, Vladimir Cuenca, Camilo Hernández etc. Tomás Sánchez haría la escenografía y no sólo eso sino que donó uno de sus famosos "Basureros" valorado en $18,000.00 para ayudar a costear la producción. Yo hice lecturas en Venezuela, Miami, New York, México y España. Me convertí en lector de tabaquería. No hubo una sola vez de las muchas veces que la leí, que no me conmoviera hasta las lágrimas. El proyecto fracasó. Cuba no estaba lista todavía. Había temores, sospechas de secretas intenciones. Algo que ha estado sucediendo entre cubanos desde hace mucho tiempo y que creo que de alguna manera está cambiando. Le devolvimos el cuadro a Tomás y yo regresé a Miami a trabajar como psicólogo de crisis con los balseros del 94. Creo que fue ahí donde tomó forma precisa la idea de crear un grupo en Miami que acogiera a las nuevas generaciones de artistas que estaban llegando en plena crisis del Periodo Especial. Aunque entre los 35,000 refugiados en la base naval de Guantánamo había poca gente de teatro, la creatividad general del grupo era aplastante, había que ver los ojos de asombro de los soldados americanos con los gaveteros hechos de cajas de cartón vacías, o con las esculturas fundidas con los sacos plásticos en que venía la comida o las magníficas telas pintadas con extraños materiales. Había algo que me asustaba en el futuro de estos artistas. Yo siempre me había sentido en Miami como ajeno, ajeno a la cultura, al modo de pensar e incluso ajeno a la vida que vivían la gente que estaba aquí hace muchos años. Era desde luego algo que me golpeaba siempre. Recuerdo que cuando yo llegue de España vine con mucha música de Joan Manuel Serrat y libros de García Márquez y Carlos Fuentes. La respuesta categórica de todos a los que develaba mis tesoros era: ¡Son comunistas! Fue tremendamente triste vivir despojado de tu historia. Yo me enamoré con la música de Elena, de Moraima, de Pablo. Miles de tardes cómplices en una sala de cine con películas italianas, francesas, rusas, polacas, húngaras y ajeno totalmente al movimiento hollywoodense. Odiaba la literatura panfletaria y me negué a encontrarme con el revés del panfleto cubano en Miami. Así poco a poco las nuevas generaciones de gentes que llegaban de Cuba constituían de alguna manera mi cultura de la nostalgia. La nostalgia de la generación del 60 o de los Pedro Pan, estaba en pleno proceso de "melt en el pot" no tenían, repito nada que ver conmigo. Durante mis años de consejero para el programa de Refugiados de la iglesia católica vi cientos de casos en mi misma situación. Gentes que no tenían nada que ver con la gente que los recibía, gente que dos meses después de llegar abandonaban o eran expulsados de sus patrocinadores. Todas estas ideas concibieron el proyecto de un grupo cultural. Fíjate que el nombre desde el principio no fue ¨Teatro" o "Grupo Teatral" sino Grupo Cultural un concepto mucho más amplio que pudiera ser simiente de un movimiento grande que incluyera a todos. La idea era que los artistas que llegaran se encontraran un grupo de gente que pensara como ellos, que tuviera los mismos referentes culturales y la misma óptica de la cotidianidad. Escogimos el nombre porque queríamos que quedara claro que era un grupo cubano. Contrario a lo que me recomendó la persona que me estaba haciendo la incorporación de que el nombre de Cuba me iba a perjudicar en los paneles de subvenciones y que debía poner algo así como Hispano, para que diera la impresión de ser un grupo más inclusivo. En realidad "Hispano" es una de las palabras que más me molesta de la cultura "compasiva" anglosajona es su concepto racial (racista) donde la "etnicidad" (ya sé que esa palabra no existe, pero para ser preciso en su imprecisión) es un estofado o aliño de la sociedad general: que es la carne. Entonces decidí ponerle en inglés Cuban Cultural Group, y en español Grupo Cultural La Má Teodora, teniendo en cuenta que el Son del mismo nombre es considerado como la primera expresión artística auténticamente cubana. Luego nuestro grupo sería desde su nacimiento en septiembre de 1995 "La Má Teodora". Surgió en los predios de Creation Art Center y nuestra primera producción fue Santa Cecilia de Abilio Estévez que protagonizó magistralmente la actriz Daisy Fontao.

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