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Danza
macabra
por Laura Falcoff
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La
notable coreógrafa francesa presentó
en la Bienal de Lyon una obra inspirada en las dictaduras
latinoamericanas.
Maguy
Marin (Toulouse, 1951) es una de las personalidades
más relevantes de la danza contemporánea
de las últimas décadas. Hacia fines
de los 70 fundó su propia compañía,
que en 1990 se constituyó en Centro Coregráfico
Nacional de Créteil, cerca de París.
Pero en 1998 Marin decidió trasladarse con
su grupo a Rillieux-la-Pape, una localidad de la región
de RhÉne-Alpes habitada por inmigrantes africanos
y asiáticos. Su extraordinaria Les Applaudissements
ne se Mangent pas, estrenada en setiembre durante
la Bienal de Lyon, fue creada sobre el tema dominante
de esta edición 2002, que es América
Latina. |

Marguy Marin |
¿De
qué manera elaboró esta coreografía?
Al
principio quería hacer algo con mucho humor, y cínico
también; la situación en Latinoamérica
es un drama terrible y quería encararlo con el cinismo
con que lo miran los países ricos. Pero dejé
todo de lado al cabo de un mes y medio y emprendí
un camino distinto.
Que
alcanzó un clima muy opresivo.
La
pieza iba a construirse sobre 900 palabras que recorrían
los 500 años del descubrimiento de América;
la conquista, la liberación, las dictaduras y el
sistema económico de hoy, que si no es una dictadura
franca lo es de otro modo. Finalmente, cuando cambié
de camino, de esas palabras que nombraban quedó una
esencia: la idea de la vigilancia permanente, de la desconfianza,
del temor.
¿Cómo
llevó a la coreografía esos elementos?
Lo
que ordena la obra es el ritmo: oleadas, momentos como crisis,
un fraseo que pretendo que no sea regular; cuando repito
una secuencia, por ejemplo, la ubico no muy cerca pero tampoco
tan lejos que impida que se la reconozca. En la construcción
de una obra me guía mucho más el orden en
el tiempo que en el espacio.
¿Cuándo
apareció la idea de las cintas de plástico
que enmarcan la escena?
Al
principio. Necesitaba muchas entradas y salidas para que
los bailarines pudieran aparecer y desaparecer, pero no
quería el cuadro convencional de telones laterales;
buscando algo que se cerrara y abriera fácilmente
y en cualquier parte, apareció la idea de esas cortinas
de cintas de colores que hay en las casas populares de los
países con veranos calurosos y moscas.
Por
su prestigio usted podría tener su Centro Coreográfico
en París, como ocurrió durante muchos años.
¿Por qué eligió luego mudarse a una
comunidad pobre, de inmigrantes?
No
me siento generosa haciéndolo, el motivo es finalmente
muy íntimo. Vengo de una familia pobre de inmigrantes
españoles y desde pequeña he vivido esta especie
de exclusión. Me siento francesa porque nací
aquí, pero no me gusta el mundo ilusorio de la cultura
con mayúscula. Aunque también es difícil
estar en Rillieux: la gente no va al teatro, lee poco, mira
mucho la televisión y en general no comprende nuestro
trabajo. Hay que insistir, dar de nuevo, volver a probar.
¿Qué
busca cuando incorpora bailarines nuevos?
Me
gusta la gente humilde, que no se propone como la mejor
de todos. Después miro su técnica, no la técnica
de levantar alto la pierna si no una cierta conciencia del
cuerpo en el espacio; y en general me gusta la gente que
entienda lo que es trabajar en un grupo.
¿Su
compañía realiza tareas con los habitantes
de Rillieux-la-Pape?
Hacemos
ensayos abiertos, organizamos talleres; no es fácil,
hay niños que nos tiran piedras y es preciso hablar
con ellos. Alguna gente de Rillieux-la-Pape nos ve como
una élite cultural, como una representación
oficial de algo.
Hablemos
de su ubicación como artista: ¿se siente parte
de alguna corriente?
Pertenezco,
como una casualidad, a la generación de coreógrafos
franceses de los 80: era el momento justo y el lugar donde
debíamos estar, pero cada uno en lo suyo, sin coincidencias
estéticas ni conceptuales. A mí me interesaban
cuestiones teatrales y muchos de ellos estaban influidos
por la danza abstracta americana. Con quien me siento más
identificada finalmente es con Pina Bausch.
¿Y
su experiencia con Béjart?
Estuve
tres años en el Ballet del Siglo XX y los tres previos
en su escuela Mudra. Allí nací, como bailarina
y como artista; tuve compañeros fantásticos
y nos apasionaba hablar sobre el teatro, sobre la danza,
sobre cómo debían hacerse las cosas. Tengo
hacia Béjart un gran reconocimiento por su idea de
crear su escuela Mudra, aunque me opuse y aún me
opongo a su visión de la danza. No me gusta lo que
hace pero lo respeto porque cambió algunas cosas
en la Europa de los 60, como por ejemplo el lugar del varón
en la escena de danza.
¿Qué
puede despertar en usted la necesidad de crear una obra?
Muchas
veces la obra de otro artista —música, escritura—,
pero porque esa obra me habla de algo que estoy viviendo
ahora, no yo como persona, Maguy, sino como ser humano en
un momento preciso.
¿Le
interesa leer?
Sí,
mucho, pero hasta los veinte años leí poco
porque durante mi infancia mi papá, que era un stalinista
severo, no nos dejaba leer (se ríe) literatura burguesa.
Desde entonces recupero el tiempo perdido. Leo ciertas cosas:
filosofía, por ejemplo, que es lo que más
me gusta, sociología, psicología, cosas así.
¿Música?
Hubo
períodos en los que escuché mucha música
clásica y ópera; ahora puedo pasar de Schubert
a la música cubana o al rap si tiene una buena poesía.
Gracias a mi marido —Denis Mariotte, que es compositor
y con el que habitualmente trabajo— conocí
músicos contemporáneos como Morton Feldman,
que de otro modo no hubiera conocido. Esta es en realidad
una época en la que casi no escucho música,
y me da pena; pero es que me gusta el silencio.
Tomado
de elclarin.com
Octubre 2002
Teatro en Miami
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