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Ignacio
del Moral
por Liz PERALES
“Dejas de ser autor joven para ser de alto riesgo”
Lo
suyo es el teatro pero vive de las series de televisión
–El comisario– y ha hecho alguna incursión
en el cine –es coguionista de Los lunes al sol–.
Desde que en 1982 publicó su primer texto, Ignacio
del Moral ha venido escribiendo un par de obras al año
jugando con distintos estilos, aunque su teatro se decante
claramente por lo social. Ahora prepara sus próximos
estrenos: La noche de Sabina y Osezzznos.
Aunque Ignacio del Moral (San Sebastián, 1957)
no es amigo de adscripciones generacionales sí
comparte con autores como Ernesto Caballero, Paloma
Pedrero o Alfonso Armada no sólo la edad, también
un teatro que se inspira en lo social y que, en su caso,
ha alcanzado un grado de madurez no apreciado lo suficiente
como para poder verlo escenificado. |

Ignacio del Moral. Foto: Mercedes Rodríguez
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Frente
a la corriente teatral imperante, la llamada nueva dramaturgia
que prefiere investigar sobre aspectos formales del texto,
Ignacio del Moral defiende obras cerradas, con trama, con
personajes cargados de significaciones, de diálogos
ágiles, irónicos, divertidos; obras ambientadas
en escenarios reales pero inverosímiles, misteriosos,
desde los que nos habla de asuntos del mundo que le preocupan.
Él dice que escribe para el público, y por
eso pretende un teatro que reflexione sobre la realidad
pero que también divierta. Tiene comedias comerciales
y otras que hacen enmudecer. Rey negro, La mirada del hombre
oscuro y Sabina y las brujas (o la noche de Sabina) son
de lo mejorcito de su obra.
–Su
éxito en el cine le estará ayudando en su
carrera teatral.
–Pues no. A estas alturas de mi carrera no he conseguido
superar mi descontento con el teatro. Recientemente, la
productora Pentación me propuso montar una comedia
comercial, que iba a ser dirigida por Verónica Forqué.
Todo quedó en nada. Y luego, con Ernesto Caballero,
que ha dirigido varias obras mías, llevamos tiempo
intentando montar Osezzznos, una antigua obrita mía
que he revisado y para la que contábamos con un reparto
de jóvenes actores como Fernando Cabezas y otros
dos de la película de Barrio. La estrenaremos por
fin en enero pero a estas alturas de mi carrera y con una
ficha técnica como la que le he dicho, los productores
y los programadores nos dicen que antes de programar nuestra
obra tienen que verla. O sea, que te ves obligado a producir
tu obra.
–¿Cómo
es posible entonces que siga haciendo teatro?
–Yo me sigo considerando un hombre de teatro que se
gana la vida con la televisión. Cuando pierdes tu
aureola de autor joven te conviertes en un autor de alto
riesgo. Veo que no hay manera de seguir una trayectoria
coherente. Cuando empecé tuve bastante suerte. Estaba
el Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas
y representaron Rey negro, que tuvo su eco. Pero luego,
como no seas empresario de tus obras, te quedas sin cancha.
Además, yo tuve pronto responsabilidades familiares,
así que me tuve que ganar la vida con la televisión.
Perdida la juventud, no hay forma de acabar con la muletilla
de que eres un autor malogrado.
–¿No
será también que los autores se olvidan del
público?
–El refugio hoy de los autores son las subvenciones,
de forma que la respuesta del público no es lo que
se pretende. Son muy pocos los autores cuyo objetivo sea
llenar los teatros y cualquiera que lo diga cae en el descrédito.
Eliminar
lenguaje
–El otro día oí cómo una directora
se quejaba de la escritura viciada de los autores de teatro
dedicados también a los guiones de televisión.
–En general, el director actual cuando coge una obra
lo primero que hace es eliminar lenguaje. Actualmente, la
puesta en escena potencia más el aspecto visual que
la parte verbal. Así que los directores pueden tener
quejas por muchas razones pero no por la calidad de la escritura.
Lo que pasa es que el texto que actualmente gusta a los
directores es una dramaturgia muy pactada con los autores,
muy abierta, porosa, con recovecos que ellos pueden rellenar
con puesta en escena. Sin embargo, el texto de televisión
se parece más al teatro realista, hay más
información y no pide una complementación
pues la dirección debe limitarse a hacer lo que dice
el texto. Algunos lo llaman texto televisivo, yo a eso le
llamo teatro dramático. Curiosamente, es más
teatro de imágenes el que se escribe ahora que los
guiones de televisión.
–Cuando
habla de esos textos pactados ¿se refiere a la nueva
dramaturgia promovida por José Sanchis Sinisterra?
–Sí. Sinisterra me parece un gran maestro e
incluso creo que tiene muchas obras que no son así.
Pero la corriente que lidera se ha convertido en principal
gracias a los directores, que encuentran en esos textos
un terreno ideal para complementar la autoría. Es
una dramaturgia pretexto, para ser dirigida y para mí
ahí esta la clave que explica su éxito: ha
venido de la mano de los directores. Además, yo creo
que estos autores de la nueva dramaturgia han llegado a
un callejón sin salida. En sus obras no hay trama,
no hay personajes, no hay dramaticidad. Hay un juego que
para mí es un interesante aporte a la trama, pero
no se puede tomar la parte por el todo, no puedes convertir
esos elementos que sirven para enriquecer la trama en la
esencia misma de la obra. Corren el riesgo de repetirse.
Es lo que ya les pasa.
Periódicos,
fuente de inspiración
–Usted tiene una obra en el estilo de estos autores:
Fugadas.
–Sí, la escribí como un experimento,
como un recurso dramático. Luego tengo otra de este
estilo, de éstas de Mujer 1, Hombre 2: Páginas
arrancadas.
–Parece
que le gusta jugar con los estilos. Algo de sainete fantástico
tiene Sabina y las brujas (o la noche de Sabina) mientras
que con La mirada del hombre oscuro se anticipó a
un tema que hoy ocupa las páginas de los periódicos:
la inmigración ilegal.
–Sí. La noche de Sabina es una comedia que
me encanta y que se estrena en diciembre como musical en
Canarias, producida por el Cabildo Insular. Y respecto a
La mirada... luego se hizo la versión cinematográfica,
Bwana. Es una de las que más me gustan, junto con
Rey negro.
–Los
periódicos son una continua fuente de inspiración.
Pero el teatro y la actualidad no sé por qué
extraña razón no casan bien.
–Sí, guardo recortes de noticias que me sorprenden.
Por ejemplo, Rey negro fue fruto de una entrevista que leí
en El Mundo que me dejó alucinado. Mientras sucedía
el horror de Ruanda, entrevistaron en Estados Unidos a un
rey ruandés que vivía en la miseria pero mantiendo
su dignidad. Eso me inspiró la obra. Y desde luego,
no hay que confundir actualidad con realismo. Éste
es un debate que suelo tener con los que defienden un teatro
no conflictivo, que quizá tenga una implicación
filosófica que yo no llego a desentrañar.
Milito en un teatro de reflexión sobre la realidad,
que intenta buscar una comunicación con el público
sobre temas que están ahí.
–Y
siendo usted un autor que se inspira en la realidad, ¿cómo
es que todavía no le ha hincado el diente al tema
ETA?
–Bueno, hay una especie de cobardía de doble
filo. Podría decir que por miedo a que me vayan a
matar, pero no creo que vayan a venir a por un autor de
fuera del País Vasco. Pero hay otro temor más
sutil y que refleja una mayor cobardía, es el de
ser malinterpretado, que puedan tomarme por lo que no soy,
y de ser capitalizado por sectores con los que no soy afín
ideológicamente.
–Algunos
intelectuales han superado esos prejuicios pues los asesinos
no distinguen ideologías, sólo la suya. Hablo
de Fernando Savater y ¡Basta ya!
–Yo le admiro, pero creo que para eso hace falta una
coherencia de pensamiento que no necesita del grupo para
afirmarse y un valor cívico que esté por encima
de la necesidad de demostrar permanentemente que se pertenece
a uno u otro lado. El enorme sectarismo de nuestra democracia
tiene aquí una trágica manifestación
y conste que, lamentablemente, yo aún estoy luchando
contra esa falta de valor. Mucha gente de mi generación
que procede y está en la izquierda, en la que me
incluyo, está presa del qué dirán,
tiene un lastre ideológico para pronunciarse con
independencia y no ha sido capaz de emanciparse de sus ideales.
Mi generación está presa de unos esquemas
y cuesta desplazarnos a otras posiciones por miedo a que
crean que hemos cambiado.
Fuente
El Cultural
Noviembre 2002
Teatro en Miami
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