En especial, no olvido la fiesta que fue el estreno de
La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, en la sala Hubert
de Blanck, dirigida por Abelardo Estorino, o el Premio “Tirso
de Molina”, merecido por La noche, o la lectura de los
poemas de Manual de las tentaciones (también premiado
en España con el “Luis Cernuda”) y, sobre
todo, la publicación de Tuyo es el reino, en 1997.
A lo largo de estos veintinueve años hemos hablado
de casi todo lo humano y lo divino, lo cual, para Abilio,
significa hablar de literatura: su pasión más
persistente, a la que ha servido con insobornable fidelidad.
Comencemos por el final. Al presentar Los palacios distantes
has tenido palabras amargas para La Habana. Sé que
eres un habanero esencial y que has disfrutado, en muchos
sentidos, de esta ciudad. ¿De dónde procede
esa amargura?
Soy
un habanero esencial pero ningún amor es eterno.
Nunca me he sentido de otra ciudad, y no te niego que lo
he intentado. (Sólo ahora, al cabo de tantos años,
descubro esquinas de Barcelona o masías de Palma
de Mallorca que empiezan a pertenecerme, es decir, lugares
donde de repente podría sorprenderme un fantasma
de la infancia, de la adolescencia.) Pero es que en La Habana
para mí ha ocurrido todo, lo grande y lo mezquino,
y lo más importante ha sido que la he visto desde
diferentes puntos de vista, desde el niño que fui
y que, en su pequeñez, creía habitar una ciudad
gigantesca y maravillosa, hasta el adulto a quien la vida
se le puso muy difícil. Sospecho que por esa sensación
tan intensa de pertenencia, puedo darme el lujo de decir
sobre ella todos los horrores que me plazcan. Pienso que
el verdadero amor se manifiesta también con reproches.
¿No dicen “quien más te quiere te hace
llorar”? Pero es que La Habana, acaso de quererme
también tanto, me ha hecho horrores a su vez. En
ella he vivido demasiadas carencias. Si no tienes un “cuarto
propio”, no tienes ciudad. Si careces de una butaca,
una lámpara, un librero y una ventana, careces de
ciudad. Si la ciudad no te ofrece su lado amable, es que
te expulsa. Piensa también que una ciudad no son
sus catedrales, como dijo una vez Reina María, sino
también los seres más o menos humanos que
la habitan, y hay algo torvo y turbio en muchos de los habaneros
que me rodean. Sé que no son nuevos, y que son los
mismos que se burlaron de Lezama, que hicieron silencio
sobre El reino de este mundo (ahí están las
cartas a Marcelo Pogolotti, que la doctora Graziella ha
sacado recientemente a la luz), que atormentaron a Acosta
León y le negaron el saludo a Virgilio Piñera.
No me comparo con los grandes, no sería tan ridículo,
pero cada uno va conociendo el tamaño de la mezquindad
de acuerdo con su tamaño. Cuando llegué a
La Habana con mi primera novela bajo el brazo, lleno de
alegría por las buenas críticas europeas y
porque sería traducida a doce idiomas, mis queridos
compatriotas, en lugar de leerla seriamente y seriamente
enjuiciarla (para bien o para mal), montaron el carnavalito
de la calumnia. No se trataba de leer, sino de desacreditar.
Por supuesto, ha habido y hay muy buenos amigos, muchas
personas maravillosas, honradas, y no los voy a nombrar
aunque debiera, pero tan pocas golondrinas no hacen verano.
Y frente al caldo de Hécate de los malintencionados
se puede poco. Sí, La Habana se ha hecho extraña
y fea para mí. Lo lamento más que ella, por
supuesto. Sí te puedo asegurar que toda La Habana
que necesito ya está conmigo vaya a donde vaya y
no creo que vaya muy lejos. La otra, la que no necesito,
ya no está en ninguna parte. Seguiré viviendo
en La Habana, Arturo, pero sin esperar nada de ella, y será
mejor que, como en los idilios difíciles, como dos
amantes viejos y hastiados, nos tratemos con cierta cortesía
y suficiente indiferencia.
Sé
de qué y de quiénes hablas, y te comprendo
perfectamente bien. Pero te propongo dejar a un lado la
vida y limitarnos al campo de la literatura (si es ello
posible): esa resistencia, esa oposición ante los
triunfos (aunque parta de la ingratitud, o de la envidia),
¿no es de agradecer? ¿No es peligroso el triunfo
que no conoce la oposición?
Por
supuesto, pero la oposición es una cosa y el intento
de desprestigio es otra. Tengo muy buenos amigos que se
han sentado a explicarme por qué Tuyo es el reino
les ha parecido un intento fallido. Algunos han sido sumamente
duros, como Antonio José Ponte, por ejemplo, quien
en plena euforia no tuvo reparos en sentarse en el banco
de una azotea y decirme: “la novela es mala por esto
y por esto...” Incluso creo, como solía decir
Moreno Fraginals, que es mejor levantarse de una derrota
que de un triunfo. Al menos a mí me pasa. En el fondo
(o en la superficie) soy muy beligerante y me hace mucho
bien que se me opongan, la resistencia me ha sido siempre
muy útil. Recuerda que acompañé a Virgilio
Piñera los últimos cuatro años de su
vida, y puedo decirte que nadie ha sido nunca tan crítico,
tan violentamente crítico como él. Pero una
cosa es que te digan que tu novela tiene tales y tales debilidades
de estructura, de lenguaje, en la concepción de los
personajes, en el punto de vista…, una cosa es que
te digan que te equivocaste (toda obra humana está
ahí, por supuesto, para ser juzgada) y otra muy diferente
que intenten echar por tierra siete años de trabajo
con la grotesca historietica de un plagio, bastante ridícula
por cierto. No para echar a un lado la vida y entrar en
la literatura, cosa imposible puesto que la primera es la
segunda mejorada, enriquecida, y mucho más divertida,
pero el asunto es cómo La Habana se convirtió
para mí en una ciudad de la que me sentí excluido.
Y fíjate si al final tienes razón en cuanto
a que cualquier oposición se debe agradecer, que
toda esa malasangre me sirvió para escribir Los palacios
distantes. Y ahora sí estoy como si me hubiera dado
un baño en las aguas de la Estigia. Descubro un ambiente
pueblerino, del peor provincianismo, o mejor: municipal,
en los ambientes literarios habaneros que la verdad no me
parece nada estimulante. Incluso se ha puesto de moda la
literatura de dimes y diretes: yo hablo de ti y tú
hablas de mí, y en ese estira y encoge de revista
Hola, la verdadera literatura se va por el aire. Y aunque
sé que cada cual escribe lo que quiere y como quiere,
y allá cada uno con su obra, hay que tener un talento
excepcional para hacer gran literatura de la chismografía.
Proust, ya lo sabes, es muchísimo más que
eso y no creo que pueda repetirse cada tres o cuatro años.
Hasta al propio Truman Capote le salió mal Plegarias
atendidas.
Demos
ahora un pequeño salto de La Habana al país.
Algunas de las mejores lecturas que se hicieron en la Isla
de Tuyo es el reino insistían en su cubanía,
y presumo que algo similar debe ocurrir con Los palacios...
Tu obra, digamos, puede estarse convirtiendo en un paradigma
(en otro paradigma) de lo cubano. ¿Cómo te
sitúas frente a estos debates o definiciones en torno
a la identidad nacional? ¿Crees en lo cubano?
Te confieso
que no entiendo muy bien esos debates. No entiendo cómo
se puede escribir pensando en una nacionalidad, en un sexo,
en una religión. Es como el que se pone a pensar
que respira (y entonces se ahoga). Creo que tan cubano es
el Cucalambé cantando a los míticos Hatuey
y Guarina, como Luaces escribiendo sobre Aristodemo o Julián
del Casal con versos sobre el camino de Damasco o la cólera
de un infante. Insisto en este ejemplo: Casal, exquisito,
afrancesado, es por eso mismo más cubano que el Agustín
Acosta de “Las carretas en la noche”. En cuanto
a mí, creo que jamás me he propuesto “ser”
cubano. Es algo que inevitablemente sucede, puesto que uno
se sienta a escribir con una cantidad de presupuestos, con
una biografía, la famosa circunstancia de Ortega,
que no es posible evadir. Sí, es probable que crea
en lo cubano, en un modo de ser cubano, en una sensibilidad
del cubano, que por suerte nada tiene que ver con lo dicho
por cuantos ensayos se han preocupado por el tema. Tampoco
con los tópicos del “patriotismo”: banderas,
himnos y próceres no explican un país. Mucho
menos las maracas, las rumbas y groserías de cierta
literatura mala (que no debe ser confundida con el realismo
sucio). Quienes de mejor modo se han acercado a una definición
de esa rara materia evanescente de la que estamos hablando
son, por supuesto (y como siempre), los artistas: un paisaje
de Chartrand, esa maravillosa siesta de Collazo, el altanero
descreimiento blasfemo de Electra Garrigó, las naturalezas
muertas de Amelia, el árbol de la condena de Foción,
el ciclón maravilloso de El Siglo de las Luces, las
conmovedoras escenas de La casa vieja, de Estorino... Podría
poner miles de ejemplos, y no alcanzaría a definir
nada. Es como el tiempo para San Agustín, aquello
de que si no me lo preguntas lo sé, y si me lo preguntas
no lo sé. Estás en una playa un poco sucia
y vacía, te comes un tamal bajo las uvas caletas,
bebes un poco de cerveza y de pronto tienes la revelación
de que ahí hay una calidad, una atmósfera,
una cierta cadencia del tiempo que no encontrarás
en otro sitio. Estás en un lugar público y
las miradas de los desconocidos parecen de conocidos. Un
simple gesto puede ahorrar un discurso. Es una sensación
que te acompaña desde que te levantas, de que perteneces
a algo, a un sistema, que eres un mecanismo de un sinnúmero
de mecanismos. Pero también esto puede ser un modo
de hacer literatura. Ese afán mitologizante (y perdona
lo feo de la palabra). En resumidas cuenta, citaré
al maestro Estorino que suele decir para zanjar la discusión:
“Soy cubano, no creo que tenga nada que explicar”.
Insisto
en esa diversidad de lo cubano. Admitamos que, a pesar del
singular con que lo definimos, lo más preciso sería
hablar de una pluralidad donde supongo estirpes diversas.
Me parece que tu tradición es la de Piñera,
que Ponte ha definido como la del discurso de la negación,
pero, a la vez, tu negación la percibo como menos
rotunda, como más amable. Hay siempre una nostalgia
que mediatiza. Perdona, cometo ese insoportable error que
consiste en afirmar, en lugar de preguntar, pero aspiraría
a provocarte.
No,
está bien que afirmes, y además me estás
provocando. Yo creo que en efecto hay algo que me separa
radicalmente de Piñera, y es quizá que esa
negación la rechazo en el fondo, no soy lo suficientemente
fuerte (o poderoso), y me llena de nostalgia negar. Ahora
tengo a Virgilio muy vivo, pues he estudiado todo su teatro
(he releído también gran parte de su narrativa)
para las clases en el Instituto del Teatro de Barcelona.
Pienso que Virgilio tenía un terrible rubor a mostrar
su lado tierno y extremadamente bondadoso. Por otra parte,
pretendía ser absolutamente fiel a su concepción
del hombre, el hombre frente al vacío, a la nada,
la frialdad e inutilidad de los actos humanos, los puros
hechos sin consecuencias (“la vida no premia ni castiga,
no condena ni salva”) el hombre atrapado entre máscaras,
terriblemente miedoso y al propio tiempo enfrentándose
con valentía a esa nada que lo rodea. En ese sentido
era un hombre muy coherente, “sistemático”
por decirlo así. Él resultaba bastante despiadado
con sus personajes, que a veces simulan un poco abstracciones
para expresar una idea, por lo demás moralizante,
porque Virgilio es uno de nuestros grandes moralistas, estaba
en una tradición muy imbuida por Montaigne y los
moralistas franceses. Por moralista es que resulta tan negador,
y al fin mucho más “útil” (y uso
esta palabra con todo cuidado). Sólo un gran moralista
podía escribir “La isla en peso”. Mucho
más sana, higiénica para la nación,
que otros muchos poemas cargados de amor a la patria. Mientras
Lo cubano en la poesía parte de un sí que
quiere armar una estructura, un orden, en donde situar la
nación mediante lo poético, Virgilio quiere
dejar constancia del desorden, es un no que lo sacará
todo de sus puestos relativamente estables para demostrar
precisamente la falta de orden y todo el horror, la frustración
de una república fracasada. Ahora bien, observa que
a sus personajes casi no se les ve, no se sabe muy bien
cómo son, dónde viven, qué particularidades
tienen. Son hechos, son acciones, son raptos, son conflictos,
y muy pocos de ellos seres de carne y hueso. Esto no es
un reproche a su deslumbrante literatura, sino una simple
observación al margen. Como cuando una noche le hice
notar un problema de punto de vista que creía haber
descubierto en Proust, me miró con sorna y me respondió:
“Sí, ¿y qué?”. Acaso a
mí me suceda que niego desde un principio de aceptación.
Cuando empiezo a trabajar en un personaje lo “veo”
muy bien, con mucha nitidez, y me importa menos la idea
que pueda encarnar ese personaje, que el personaje mismo.
Lo veo sobarse los pies, sudar, pasar sed, tomar pastillas
para dormir, mirarse al espejo y sentir lástima por
sí mismo. Veo muy bien dónde vive, quiénes
son sus vecinos. Cuáles son sus apetitos y angustias.
Yo no sé escribir con ideas, lo confieso, sino con
algo que se acerca más al sentimiento. Piñera
quería contar una historia porque tenía una
tesis que ilustrar, yo sólo quiero contar una historia.
Nada sé de tesis. Es ahí por donde debe filtrarse
esa amabilidad que, según tú, quiebra la negación,
porque ahí, como autor, me dejo ganar por una vulnerabilidad
que aquel espartano de la literatura, Virgilio, nunca se
hubiera permitido. Recuerdo que me repetía una y
otra vez: “Tienes que endurecerte”. E incluso
en su mayéutica, aquel socrático concertó
una cita para que yo visitara la morgue. Nunca fui, no pude.
Y es una lástima porque sé que lo defraudé,
y para mí ha sido una asignatura pendiente. Para
ver si puedo resumir cuanto te he querido decir, porque
en el calor de estas respuestas pierdo el rumbo como la
paloma de Alberti. Estoy por la negación, creo que
un autor debe estar para el tersitismo (que diría
Lezama), para el no, para la violencia, para mostrar el
lado terrible y, en resumidas cuentas, todos los grandes
cubanos lo han hecho de un modo u otro, pero es en la carne
de esa negación, en la creación de la criatura
y su historia, en el dibujo de su “realidad”
donde los métodos varían. ¿O es que
vamos a cometer le ingenuidad de creer que “En la
calzada de Jesús del Monte” es un poema de
afirmación y complacencia?
En
algún momento de Los palacios distantes,
don Fuco descubre tres iconos que, de alguna manera, definen
vértices de esa diversidad: Martí, Casal y
Piñera. Esos tres paradigmas de Don Fuco, ¿son
tuyos también? Porque me llama la atención
que no hayas mencionado hasta ahora al primero de ellos.
Comparto
con don Fuco esos tres iconos y algunos más. En realidad
casi todos los puntos de la cultura cubana que en la novela
se emplean como puntos cardinales son míos. Los que
no me “orientan” a mí me he cuidado de
no ponerlos, aun cuando no aparezcan algunos que sí
me sirvan de guía, pero obviamente tampoco se trataba
de agobiar en exceso al lector. El icono Martí que
descubres en Los palacios distantes, ya estaba en Tuyo es
el reino. Precisamente un busto de Martí está
junto al aula de la señorita Berta. O sea, que entre
todas esas referencias de estatuas y bustos que sirven para
no perderse en la arboleda que es la Isla, como el Discóbolo,
la Diana, la Victoria de Samotracia, está el busto
de Martí. Es el único, con el de Greta Garbo,
que no remite a la tradición clásica. Al busto
martiano de Tuyo es el reino, se le ponen flores, así
como frutas, lo cual escandaliza siempre al tío Rolo.
Pero hay más, precisamente por el lado del busto
de Martí desaparece Tingo-no-entiendo cuando se pierde
en el primer viaje (esta vez equivocado, puesto que no es
él el elegido, sino Sebastián) hacia la literatura.
Cuando comienzan a desaparecer las guías del patio,
junto con las palmas reales, el busto de Martí es
uno de los que desaparece. O sea, que el busto de José
Martí ya estaba en el espacio de Tuyo es el reino,
y con idéntico sentido salvador.
Te
confieso que me encanta el uso que Salma da al busto de
bronce de Martí, y me parece excelente que estén
esas dos visiones: la imagen de su muerte en la adoración
de don Fuco, y el busto que es utilizado como un arma por
la muchacha.
También
a mí me gustó cuando la vi limpiar el busto
de bronce para que brillara. Y me pareció muy gracioso
y hasta inteligente que Salma invirtiera la frase y dijera
que trincheras de piedras valen más que trincheras
de ideas. Creo que la verdadera grandeza de ese hombre empecinado
y con un concepto muy claro de quién era, no es tomarlo
al pie de la letra, sino entrar en diálogo con él,
provocarlo, ponerlo a titubear. Es tan grande, que se contradice
y duda. ¿Te acuerdas de ese poema enorme llamado
“Isla famosa”? Los santos son imágenes
en madera (o yeso, en el peor de los casos), y uno se arrodilla
ante ellos. Pero los poetas son mucho más que los
santos.
Cuando
la crítica española se ocupó de Tuyo
es el reino te asociaron con otros grandes escritores cubanos.
Pero sabemos que no siempre las admiraciones suponen familiaridad:
admiras a Lezama, pero no eres lezamiano (al menos, no de
una manera demasiado obvia, aunque tu Isla rozara el mismo
abismo por donde pasaban los mulos de Lezama). Esa crítica,
en cambio, ignoró a José Soler Puig, cuya
voz, me parece, es perceptible en el “tono”,
en el “color” de aquella novela. Por otra parte,
la menguada crítica cubana tampoco te ha asociado
con Soler, quizás porque atiende mejor las biografías
que los textos. ¿Supongo mal, o es verdadera esa
deuda tuya con El pan dormido?
Creo
tener una deuda enorme con El pan dormido. Pienso que es
una de las grandes novelas de la literatura cubana, olvidada
por alguna razón que desconozco. El éxito
literario es un asunto misterioso. Sobre Santiago de Cuba
no hay otra que pueda estar ni a diez años de distancia.
Esa novela me provocó una fuerte impresión.
No tanto por la historia como por el punto de vista, la
voz del narrador. Esa historia que parece irse desenvolviendo
contada por un niño, aunque nunca estamos seguros
del todo de quién sea, ni de si es un niño,
me ofreció el tono en el que yo intentaría
Tuyo es el reino. Los amigos se percataron enseguida. Miguel
Mejides fue el primero en hacerme notar la filiación.
Luego fueron López Sacha y algunos otros. Sacha precisó
más, y con toda justicia, el pasaje de Pedro Chiquito
fue el que siempre quedó más iluminado para
mí. La crítica fuera de Cuba no hizo la referencia
porque no saben quién es Soler. La crítica
de Cuba no la hizo porque en Cuba no hay crítica.
Hay dos tipos de críticos cubanos, los perezosos
y los narcisistas. Estos últimos sólo se leen
a sí mismos, son ellos objeto y sujeto de su crítica,
y alaban cualquier horror con tal de escandalizar. Los primeros,
siempre se van por el lado más cómodo, la
pereza mental, que es la hamaca de muchos de nuestros críticos:
bueno sí, él debe admirar a Virgilio Piñera,
y es piñeriano y lezamiano y punto. Y uno, en tanto,
va muriéndose poco a poco de la risa.
De
la misma manera que ningún personaje coincide estrictamente
con el autor, éste también se suele prodigar
en varios personajes. Además de esa iconografía
que compartes con don Fuco, ¿escribirías en
el tanque de agua de tu casa la frase de Bergson (“Pero
la sociedad no sólo quiere vivir. Aspira a vivir
bien”) que Victorio inscribió en el suyo?
Como
los personajes no son idénticos a sus creadores,
y ese personaje está hecho con retazos de muchas
personas (entre ellas yo, claro está) así
como de retazos de muchos inventos, yo no tenía esa
frase de Bergson en el tanque del agua. La que tenía
escrita era otra, de Valery: “Todo puede nacer de
una espera infinita”. Pero en mi imaginario particular,
las dos significan más o menos lo mismo.
Sin
embargo, francamente te asocio mejor con la de Bergson.
Hasta donde te conozco, es muy cercana a ti esa idea de
que la felicidad hay que tenerla y disfrutarla aquí
y ahora, en este mundo; no en otro, ni en un futuro que
a la larga también será ajeno. Es, en definitiva,
lo que piensa Victorio, y lo que está motivando su
abandono, su ruptura, su marginalidad. ¿Hasta qué
punto te seduce, en lo personal, ese mundo marginal, a un
tiempo arriesgado y libérrimo, donde los personajes
de Los palacios distantes parecen encontrar la felicidad
que la vida les había negado? ¿Cómo
proteger el alma de los desastres de la penuria? ¿Cómo
hacerse inmune a la miseria que ese mundo supone? ¿No
están tus personajes intentando un imposible?
Lo que
pasa con las dos frases, es que la de Bergson, en efecto,
refleja más lo que yo le exijo a la vida, lo que
ingenuamente le he exigido a la vida, mientras que la de
Valery refleja más lo que he aprendido a querer de
la vida: no hay que hacerse ilusiones, y armarse de una
gran paciencia. Al cabo de tantos años (a veces me
siento muy viejo, te lo confieso) ya sé que esa felicidad
que yo he soñado (una felicidad que une el confort
con la espiritualidad), esa felicidad del ocio productivo
que decía Alfonso Reyes, y de todos los sentidos
despiertos, es una falacia (y lo será cada día
más, por otra parte). Sí, mis personajes están
tentando un imposible que yo nunca intentaría. Y
lo digo con pena. Si ellos lo intentan es por una libertad
personal de la que yo carezco. Ese mundo libérrimo
es el de un hipotético deseo mío, algo que
me tienta como me puede tentar el mal, por ejemplo, y hacia
el que nunca me lanzaría. O sea que es algo que se
cumple para mí (y perdona el tópico) en el
reino de la literatura, y por eso la realidad me resulta
tan pedestre, porque es la zona donde mis verdaderos deseos
tropiezan con el señor comedido que hay dentro de
mí. En ese sentido, cuanto he escrito es el testimonio
de un fracaso personal. No, Arturo, no hay modo de proteger
el alma de los desastres de la penuria. No existe el modo
de hacerse inmune a la miseria que este mundo supone. O
por lo menos yo no conozco nada de salvaciones como no sea
la de sentarse a escribir (y es lo que pienso ahora). Victorio
despreció su cuarto, despreció tener que seguir
añorando un cuarto, y se lanzó a la calle,
prefirió la intemperie, algo que yo nunca haría.
Y aquí cabría la vulgaridad esperada: ellos
hicieron por mí lo que yo no he sido capaz. Y así
es, vulgaridad o no, porque en definitiva hay cosas muy
simples que no vale la pena complicar. Pero en efecto, yo
creo que hay muchas injusticias en la vida, en el mundo
que hemos diseñado, pero una de las mayores es que
no nos esté permitido gozar de tantas cosas pequeñas
y grandes que deberíamos tener entre las vividas
cuando nos hayamos muerto. Esto que hacemos cada día
por mantenernos vivos es demasiado fatigoso. Y te puedo
asegurar que no creo en otras vidas, creo estar seguro de
que un buen día sobrevendrá un vacío
que ya no acabará nunca.
¿Y
la belleza? ¿No sientes que en el disfrute de la
belleza, en la creación de la belleza, hay también
una forma de vida, un hallazgo de formas de felicidad otras,
y a veces muy satisfactorias?
Por
supuesto, en el disfrute de la belleza, en la creación
de la belleza, hay una forma de vida muy gozosa, y si no
fuera por eso... A veces, con toda la ingenuidad del mundo,
me pregunto cómo alguien puede vivir sin la literatura,
quiero decir no sin escribir (que es una compulsión
mayor), sino simplemente sin leer. No me lo explico, no
entiendo cómo se puede ir viviendo solamente con
los colores a veces tan pobres de la realidad. En Los palacios
distantes había una nota-prólogo, desaparecida
luego en las sucesivas versiones, que terminaba con una
frase de Pessoa (emparentada con aquella otra de Flaubert,
la de la orgía perpetua) que siempre me ha parecido
maravillosa: “La literatura es el modo más
divertido de ignorar la vida”. A semejante frase se
le nota la ironía, la boutade, y se le nota también
la soberbia de ese señor que no sólo quiso
crear poesía, sino que también quiso ¡crear
personas! Y se le nota además un fondo de desaliento,
creo yo, porque claro, es mentira, no hay modo de ignorar
la vida. Y por otra parte, aun cuando escribir es una de
las empresas más divertidas a las que uno pueda dedicarse,
hay también un fondo de insatisfacción, un
cierto abatimiento que quiere levantar la cabeza, puesto
que cuando terminas un libro, por muy bien que los demás
te digan que haya quedado, tú sabes cuánto
te faltó del ideal que tenías, cuánto
te quedaste por debajo de lo que realmente te habías
propuesto. Pero nada, todo eso está en el orden natural
de las cosas, para rematar con una tontería. En resumen,
si lo que quieres es hacerme decir que se puede ser feliz
viviendo, leyendo, escribiendo y viviendo, hallando otras
formas de felicidad, como dices, pues sí, es cierto,
y de hecho hasta ciertos modos de sufrimiento resultan gozosos,
y esto lo dice alguien que está muy lejos del marqués
de Sade.
No
trates de provocarme tú a mí. No quiero hacerte
decir nada más que lo que piensas y quieres decir.
Pero admitamos que hay una forma de felicidad en la literatura
(un poco mayor, quizás, cuando es inevitable ese
estado de compulsión que nos hace escribir). A tu
bibliografía pertenecen varias obras de teatro, dos
libros de cuentos, uno de poemas... Cuando leí Tuyo
es el reino tuve la impresión de que todo lo anterior
eran como ejercicios para llegar a la novela. No resto valor
a esas obras (sabes muy bien cuánto las aprecio),
pero ellas son como etapas en la formación de un
estilo, de un cosmos, que ha sido luego el de las dos novelas.
¿Supiste siempre que tu destino era este género?
¿Qué placeres, o satisfacciones, encuentras
en la escritura de uno u otro?
Sí,
siempre quise escribir novelas y creo que mientras pueda
ya no haré otra cosa. También pienso que cuanto
escribí antes de Tuyo es el reino no era más
que una preparación. Pero no sé si es porque
se ve mejor el camino cuando ya se lleva un tramo recorrido.
Lo cierto es que siempre fui (y soy) un lector de novelas
más que de cualquier otro género. Recuerdo
muchas leídas en mi adolescencia como si las hubiera
acabado de leer ahora. Aquella época irresponsablemente
gloriosa en que leía una novela de una sentada, en
uno o dos días. Esos años en que leí
casi cien novelas de Agatha Cristhie, y sé más
o menos la cantidad porque las iba marcando en un catálogo
de la editorial Molino. Recuerdo que una de las novelas
que más impresionó a mi adolescencia fue La
guerra y la paz, que leí con verdadera pasión,
sin saber que estaba leyendo una versión para jóvenes
totalmente mutilada. O El Quijote, el libro que más
me ha hecho reír. O Las ilusiones perdidas, Orgullo
y prejuicio... Yo quería intentar eso, la creación
de un lugar, de un espacio literario, donde hubiera personajes
que respiraran, que se movieran, que vivieran, como quien
levanta un edificio (iba a escribir “una catedral”,
y me hubiera quedado muy proustiano) y poner a gente de
verdad a vivir allí. Me gusta la novela más
que cualquier otro género. Es que me gusta la digresión
(Tristram Shandy es una de las grandes novelas del mundo),
las descripciones lentas (cualquiera que haya leído
Papá Goriot recuerda la minuciosa descripción
de la pensión Vaucaire), la morosidad, el regodeo
de atmósfera que sólo puede crear una novela,
me gusta el tener que detenerme en los detalles, cómo
camina un personaje, qué tic nervioso tiene, cómo
mueve el paraguas, cómo está iluminada una
calle, o cómo suena la puerta del comedor de Instituto
Internacional Bergohf cuando entra Clawdia Chauchat. Creo
que esas pequeñas satisfacciones que te depara poco
a poco un libro que debes abrir cada día, ir escalándolo,
adaptándote a su ritmo, acostumbrándote a
su modo de contar una historia, los artificios a los que
recurre para que no te percates de sus artificios, creo
que esas pequeñas satisfacciones no las motiva ningún
otro género, y que me perdonen los poetas, los cuentistas
y los dramaturgos. Escribir teatro provoca una gran satisfacción,
cuando ves cómo tus personajes se hacen carne en
el cuerpo, la voz y la inteligencia de un actor, y cuando
oyes la reacción del público, el aire de cosa
dicha desde el púlpito o la tribuna que toma el texto
en voz alta, con música, luces, decorados... Pero
el teatro es un género tiránico. Por más
que quieras innovar, terminas en Aristóteles. O innovas
tanto que ya no es teatro. La novela, en cambio, es un espacio
de libertad total. Ahí sí puedes darte todos
los lujos del mundo. Poetizar, dramatizar, filosofar, siempre
y cuando no te olvides de narrar. Me parece que el único
placer superior a escribir una novela, es leer una buena
novela.
Pienso
que para la novela (quizás también para el
teatro) es imprescindible contar con una idea que parezca
la mejor posible, porque se comprometerán varios
años de la vida en su escritura. ¿No te da
un poco de miedo que alguna vez esa idea genésica
no acuda más a ti? ¿Te sientes ya en posesión
de tus próximas novelas?
Indiscutible
que debes contar con una idea a la que estés dispuesto
a sacrificar no sólo el tiempo, sino también
la intensidad de tu vida. Pero creo que en el caso de la
novela (y como ves no cuento con la llamada novela de tesis)
más que una idea, se trata de algo mucho más
primario, narrar una historia. Y cualquier historia merece
ser contada. Como decía Cortázar, todos los
temas son buenos, lo importante es si están bien
o mal escritos. De la historia de una señora que
barre cada día su calle puede salir una novela extraordinaria.
Así que quizá no sea la idea genésica
la que haga falta, sino la fuerza de convertir una historia
de apariencia trivial en idea genésica. Y en cuanto
a que me falte ese impulso..., no, la verdad, miedo no tengo.
Ahora mismo, en este día en que estamos conversando,
tengo tres novelas planeadas en una libreta de papel color
salmón. Ahora mismo he comenzado a escribir mi posible
tercera novela. Pero el día que ya no tenga deseos,
o ánimos, o simplemente carezca de algo que me parezca
interesante contar, o “nadie escuche mis canciones
ya viejas” haré como en el viejo bolero, sólo
que no moriré sino que me pondré a leer. O
sea, rectificaré el bolero y diré: “detendré
mi camino en un pueblo lejano, y allí leeré”.
Espero para entonces tener una jubilación.
Desde
mediados de los 90 la literatura y el arte cubanos se han
difundido mucho más en otros ámbitos. La crisis
económica, la nueva moda en que nos hemos convertido
y, last but not least, el valor propiamente artístico
de las obras cubanas han permitido numerosas coproducciones
cinematográficas, discos editados por casas europeas
y norteamericanas, y libros publicados en España,
principalmente, aunque también en Italia, Francia,
los Estados Unidos, México... Esa mezcla de intereses
ha provocado, acá y allá, no pocas suspicacias.
Hay quienes ven manipulaciones, nuevos intentos colonizadores,
presiones para obtener cierto tipo de obras o concesiones
al mercado. ¿Cómo ha sido tu experiencia?
Cualquier
autor de la más remota provincia del mundo aspira
a que se le publique en los grandes centros editoriales.
Y eso no creo que sea nuevo, o por lo menos no muy nuevo
desde el Romanticismo para acá. No tiene por qué
despertar suspicacias que un país con tradición
y poder editorial quiera publicar buenos autores de todo
el mundo, mucho menos ahora que vivimos eso que se llama
“globalización” y que nos hace a todos
tan próximos de todos. Las suspicacias me parecen
resultado de varias cosas, entre las que se pueden contar
las paranoias y las frustraciones personales, entre otras
muchas angustias. La “moda cubana” en este momento
no es demasiado fuerte. Pasa por un período de afortunado
agotamiento. Sin embargo, ahí están los grandes
músicos, los grandes pintores, y muchos escritores
conquistando su espacio. ¿Por qué no se piensa
en que poseen una cierta calidad? ¿O alguien va a
decir que en las canciones de Pablo Milanés o los
discos de Ibrahím Ferrer hay rasgos de cantantes
colonizados? Concesiones al mercado las hace quien quiera
entrar en el mercado. Y claro que el mercado es muy fuerte,
pero no me negarás que las razones por las que Paradiso
se ha publicado, y se sigue publicando, en tantos idiomas
no son lo que se dice razones mercantiles. A nadie se le
ocurre hablar de colonización porque la Feria de
La Habana se dedique a Francia. Supongo que el hecho de
que una hipotética feria francesa se dedique a Cuba,
sí podría considerarse colonialista. Luego
hay algo turbio, no muy sano en esas consideraciones. No
creo justo estar vinculando al autor con los problemas políticos
de su país, al menos en ese sentido. Ahora mismo
acaba de aparecer el primer tomo de las memorias de García
Márquez, y Mondadori ha lanzado un millón
de ejemplares al mercado. ¿Quién colonizó
a quién? Por otra parte, ése no es un triunfo
del señor Uribe, presidente de Colombia, ni de Bolívar,
ni de Nariño, ni del pueblo colombiano, es un triunfo
muy personal y muy merecido del señor García
Márquez que escribe como los ángeles. En cuanto
a mi pequeña experiencia personal, nadie me ha presionado
desde ningún punto de vista. Beatriz de Moura (directora
de Tusquets Editores) jamás me ha puesto plazo para
terminar un libro, ni me ha insinuado tema, por no hablar
de ningún tipo de provocación. El asunto de
que los derechos de Tuyo es el reino se vendieran con cierta
generosidad en la Feria de Francfort, y que en español
se vendiera también con cierta abundancia, es algo
que sorprendió a la propia editorial. No todos los
editores van en busca de escándalos ni de best-sellers.
Por suerte, los hay que aún apuestan por la literatura.
Aquellos que ven manipulaciones, hacen a su modo sus propias
manipulaciones.
Estamos
en días de Nobel. Al leer los datos biográficos
que se ofrecen de Imre Kertesz, ¿no te parece que
todavía has sufrido poco?
Siempre
he sabido que tienes un lado terrible (iba a escribir “perverso”
pero me contuve). Si me comparas con un hombre que ha estado
en Auschwitz, claro que he vivido como esa famosa Carmelina
que no sé quién es pero que de seguro vivió
en la gloria. Los que sufrieron los campos de concentración
de Hitler o de Stalin, merecen el gesto aquel grandilocuente,
melodramático y al propio tiempo conmovedor de Raskólnikov
cuando se arrodilló a los pies de Sonia y le dijo:
“No me arrodillo ante ti, sino ante todo el dolor
humano”. Pero uno va viviendo su vida, como puede,
y la compara con lo que ha ideado para ella, la realidad
y el deseo, como dijo aquel grande.
Si
te dieran el Premio Nobel, ¿irías a recibirlo
en frac, o en guayabera?
Ni una
cosa ni la otra. De frac, me sentiría la persona
equivocada. La guayabera (prenda que detesto) es demasiado
fresca para Estocolmo. Me envolvería en la bandera
cubana y me pondría un gorro frigio.
Fuente:
La Gaceta de Cuba
Diciembre 2002