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No hay modo de ignorar la vida
De una conversación con Abilio Estévez
Por Arturo Arango
La publicación de Los palacios distantes (Tusquets, 2002), la segunda novela de Abilio Estévez, ha sido el pretexto para continuar una conversación que ya se extiende por casi tres décadas. Las primeras palabras de este diálogo deben de haberse cruzado en el aula 12 de lo que entonces se llamaba Escuela de Letras y de Artes, donde ambos ingresamos en octubre de 1973, y prosiguieron en su otra casita cercana al Anfiteatro de Marianao, en un balcón ruinoso del edificio de F y Tercera, donde yo me hospedaba, en bares de una Habana donde la cerveza más cara costaba un peso. Luego, en etapas sucesivas y discontinuas, pudo ser en la oficina de la revista Casa de las Américas, en su otra casita de madera de la calle 52, en mi patio de Cojímar, en hoteles de Santo Domingo, en otros bares de La Habana, en el minúsculo espacio que ocupa La Gaceta. Por esta conversación han pasado rencores, remordimientos, reconciliaciones, arduas defensas, y no pocas alegrías. Hemos celebrado juntos premios menores y mayores, la página de una revista, la aparición de un libro, estrenos teatrales.

Abilio Estevez, Dramaturgo y novelista cubano
En especial, no olvido la fiesta que fue el estreno de La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, en la sala Hubert de Blanck, dirigida por Abelardo Estorino, o el Premio “Tirso de Molina”, merecido por La noche, o la lectura de los poemas de Manual de las tentaciones (también premiado en España con el “Luis Cernuda”) y, sobre todo, la publicación de Tuyo es el reino, en 1997. A lo largo de estos veintinueve años hemos hablado de casi todo lo humano y lo divino, lo cual, para Abilio, significa hablar de literatura: su pasión más persistente, a la que ha servido con insobornable fidelidad.
Comencemos por el final. Al presentar Los palacios distantes has tenido palabras amargas para La Habana. Sé que eres un habanero esencial y que has disfrutado, en muchos sentidos, de esta ciudad. ¿De dónde procede esa amargura?

Soy un habanero esencial pero ningún amor es eterno. Nunca me he sentido de otra ciudad, y no te niego que lo he intentado. (Sólo ahora, al cabo de tantos años, descubro esquinas de Barcelona o masías de Palma de Mallorca que empiezan a pertenecerme, es decir, lugares donde de repente podría sorprenderme un fantasma de la infancia, de la adolescencia.) Pero es que en La Habana para mí ha ocurrido todo, lo grande y lo mezquino, y lo más importante ha sido que la he visto desde diferentes puntos de vista, desde el niño que fui y que, en su pequeñez, creía habitar una ciudad gigantesca y maravillosa, hasta el adulto a quien la vida se le puso muy difícil. Sospecho que por esa sensación tan intensa de pertenencia, puedo darme el lujo de decir sobre ella todos los horrores que me plazcan. Pienso que el verdadero amor se manifiesta también con reproches. ¿No dicen “quien más te quiere te hace llorar”? Pero es que La Habana, acaso de quererme también tanto, me ha hecho horrores a su vez. En ella he vivido demasiadas carencias. Si no tienes un “cuarto propio”, no tienes ciudad. Si careces de una butaca, una lámpara, un librero y una ventana, careces de ciudad. Si la ciudad no te ofrece su lado amable, es que te expulsa. Piensa también que una ciudad no son sus catedrales, como dijo una vez Reina María, sino también los seres más o menos humanos que la habitan, y hay algo torvo y turbio en muchos de los habaneros que me rodean. Sé que no son nuevos, y que son los mismos que se burlaron de Lezama, que hicieron silencio sobre El reino de este mundo (ahí están las cartas a Marcelo Pogolotti, que la doctora Graziella ha sacado recientemente a la luz), que atormentaron a Acosta León y le negaron el saludo a Virgilio Piñera. No me comparo con los grandes, no sería tan ridículo, pero cada uno va conociendo el tamaño de la mezquindad de acuerdo con su tamaño. Cuando llegué a La Habana con mi primera novela bajo el brazo, lleno de alegría por las buenas críticas europeas y porque sería traducida a doce idiomas, mis queridos compatriotas, en lugar de leerla seriamente y seriamente enjuiciarla (para bien o para mal), montaron el carnavalito de la calumnia. No se trataba de leer, sino de desacreditar. Por supuesto, ha habido y hay muy buenos amigos, muchas personas maravillosas, honradas, y no los voy a nombrar aunque debiera, pero tan pocas golondrinas no hacen verano. Y frente al caldo de Hécate de los malintencionados se puede poco. Sí, La Habana se ha hecho extraña y fea para mí. Lo lamento más que ella, por supuesto. Sí te puedo asegurar que toda La Habana que necesito ya está conmigo vaya a donde vaya y no creo que vaya muy lejos. La otra, la que no necesito, ya no está en ninguna parte. Seguiré viviendo en La Habana, Arturo, pero sin esperar nada de ella, y será mejor que, como en los idilios difíciles, como dos amantes viejos y hastiados, nos tratemos con cierta cortesía y suficiente indiferencia.

Sé de qué y de quiénes hablas, y te comprendo perfectamente bien. Pero te propongo dejar a un lado la vida y limitarnos al campo de la literatura (si es ello posible): esa resistencia, esa oposición ante los triunfos (aunque parta de la ingratitud, o de la envidia), ¿no es de agradecer? ¿No es peligroso el triunfo que no conoce la oposición?

Por supuesto, pero la oposición es una cosa y el intento de desprestigio es otra. Tengo muy buenos amigos que se han sentado a explicarme por qué Tuyo es el reino les ha parecido un intento fallido. Algunos han sido sumamente duros, como Antonio José Ponte, por ejemplo, quien en plena euforia no tuvo reparos en sentarse en el banco de una azotea y decirme: “la novela es mala por esto y por esto...” Incluso creo, como solía decir Moreno Fraginals, que es mejor levantarse de una derrota que de un triunfo. Al menos a mí me pasa. En el fondo (o en la superficie) soy muy beligerante y me hace mucho bien que se me opongan, la resistencia me ha sido siempre muy útil. Recuerda que acompañé a Virgilio Piñera los últimos cuatro años de su vida, y puedo decirte que nadie ha sido nunca tan crítico, tan violentamente crítico como él. Pero una cosa es que te digan que tu novela tiene tales y tales debilidades de estructura, de lenguaje, en la concepción de los personajes, en el punto de vista…, una cosa es que te digan que te equivocaste (toda obra humana está ahí, por supuesto, para ser juzgada) y otra muy diferente que intenten echar por tierra siete años de trabajo con la grotesca historietica de un plagio, bastante ridícula por cierto. No para echar a un lado la vida y entrar en la literatura, cosa imposible puesto que la primera es la segunda mejorada, enriquecida, y mucho más divertida, pero el asunto es cómo La Habana se convirtió para mí en una ciudad de la que me sentí excluido. Y fíjate si al final tienes razón en cuanto a que cualquier oposición se debe agradecer, que toda esa malasangre me sirvió para escribir Los palacios distantes. Y ahora sí estoy como si me hubiera dado un baño en las aguas de la Estigia. Descubro un ambiente pueblerino, del peor provincianismo, o mejor: municipal, en los ambientes literarios habaneros que la verdad no me parece nada estimulante. Incluso se ha puesto de moda la literatura de dimes y diretes: yo hablo de ti y tú hablas de mí, y en ese estira y encoge de revista Hola, la verdadera literatura se va por el aire. Y aunque sé que cada cual escribe lo que quiere y como quiere, y allá cada uno con su obra, hay que tener un talento excepcional para hacer gran literatura de la chismografía. Proust, ya lo sabes, es muchísimo más que eso y no creo que pueda repetirse cada tres o cuatro años. Hasta al propio Truman Capote le salió mal Plegarias atendidas.

Demos ahora un pequeño salto de La Habana al país. Algunas de las mejores lecturas que se hicieron en la Isla de Tuyo es el reino insistían en su cubanía, y presumo que algo similar debe ocurrir con Los palacios... Tu obra, digamos, puede estarse convirtiendo en un paradigma (en otro paradigma) de lo cubano. ¿Cómo te sitúas frente a estos debates o definiciones en torno a la identidad nacional? ¿Crees en lo cubano?

Te confieso que no entiendo muy bien esos debates. No entiendo cómo se puede escribir pensando en una nacionalidad, en un sexo, en una religión. Es como el que se pone a pensar que respira (y entonces se ahoga). Creo que tan cubano es el Cucalambé cantando a los míticos Hatuey y Guarina, como Luaces escribiendo sobre Aristodemo o Julián del Casal con versos sobre el camino de Damasco o la cólera de un infante. Insisto en este ejemplo: Casal, exquisito, afrancesado, es por eso mismo más cubano que el Agustín Acosta de “Las carretas en la noche”. En cuanto a mí, creo que jamás me he propuesto “ser” cubano. Es algo que inevitablemente sucede, puesto que uno se sienta a escribir con una cantidad de presupuestos, con una biografía, la famosa circunstancia de Ortega, que no es posible evadir. Sí, es probable que crea en lo cubano, en un modo de ser cubano, en una sensibilidad del cubano, que por suerte nada tiene que ver con lo dicho por cuantos ensayos se han preocupado por el tema. Tampoco con los tópicos del “patriotismo”: banderas, himnos y próceres no explican un país. Mucho menos las maracas, las rumbas y groserías de cierta literatura mala (que no debe ser confundida con el realismo sucio). Quienes de mejor modo se han acercado a una definición de esa rara materia evanescente de la que estamos hablando son, por supuesto (y como siempre), los artistas: un paisaje de Chartrand, esa maravillosa siesta de Collazo, el altanero descreimiento blasfemo de Electra Garrigó, las naturalezas muertas de Amelia, el árbol de la condena de Foción, el ciclón maravilloso de El Siglo de las Luces, las conmovedoras escenas de La casa vieja, de Estorino... Podría poner miles de ejemplos, y no alcanzaría a definir nada. Es como el tiempo para San Agustín, aquello de que si no me lo preguntas lo sé, y si me lo preguntas no lo sé. Estás en una playa un poco sucia y vacía, te comes un tamal bajo las uvas caletas, bebes un poco de cerveza y de pronto tienes la revelación de que ahí hay una calidad, una atmósfera, una cierta cadencia del tiempo que no encontrarás en otro sitio. Estás en un lugar público y las miradas de los desconocidos parecen de conocidos. Un simple gesto puede ahorrar un discurso. Es una sensación que te acompaña desde que te levantas, de que perteneces a algo, a un sistema, que eres un mecanismo de un sinnúmero de mecanismos. Pero también esto puede ser un modo de hacer literatura. Ese afán mitologizante (y perdona lo feo de la palabra). En resumidas cuenta, citaré al maestro Estorino que suele decir para zanjar la discusión: “Soy cubano, no creo que tenga nada que explicar”.

Insisto en esa diversidad de lo cubano. Admitamos que, a pesar del singular con que lo definimos, lo más preciso sería hablar de una pluralidad donde supongo estirpes diversas. Me parece que tu tradición es la de Piñera, que Ponte ha definido como la del discurso de la negación, pero, a la vez, tu negación la percibo como menos rotunda, como más amable. Hay siempre una nostalgia que mediatiza. Perdona, cometo ese insoportable error que consiste en afirmar, en lugar de preguntar, pero aspiraría a provocarte.

No, está bien que afirmes, y además me estás provocando. Yo creo que en efecto hay algo que me separa radicalmente de Piñera, y es quizá que esa negación la rechazo en el fondo, no soy lo suficientemente fuerte (o poderoso), y me llena de nostalgia negar. Ahora tengo a Virgilio muy vivo, pues he estudiado todo su teatro (he releído también gran parte de su narrativa) para las clases en el Instituto del Teatro de Barcelona. Pienso que Virgilio tenía un terrible rubor a mostrar su lado tierno y extremadamente bondadoso. Por otra parte, pretendía ser absolutamente fiel a su concepción del hombre, el hombre frente al vacío, a la nada, la frialdad e inutilidad de los actos humanos, los puros hechos sin consecuencias (“la vida no premia ni castiga, no condena ni salva”) el hombre atrapado entre máscaras, terriblemente miedoso y al propio tiempo enfrentándose con valentía a esa nada que lo rodea. En ese sentido era un hombre muy coherente, “sistemático” por decirlo así. Él resultaba bastante despiadado con sus personajes, que a veces simulan un poco abstracciones para expresar una idea, por lo demás moralizante, porque Virgilio es uno de nuestros grandes moralistas, estaba en una tradición muy imbuida por Montaigne y los moralistas franceses. Por moralista es que resulta tan negador, y al fin mucho más “útil” (y uso esta palabra con todo cuidado). Sólo un gran moralista podía escribir “La isla en peso”. Mucho más sana, higiénica para la nación, que otros muchos poemas cargados de amor a la patria. Mientras Lo cubano en la poesía parte de un sí que quiere armar una estructura, un orden, en donde situar la nación mediante lo poético, Virgilio quiere dejar constancia del desorden, es un no que lo sacará todo de sus puestos relativamente estables para demostrar precisamente la falta de orden y todo el horror, la frustración de una república fracasada. Ahora bien, observa que a sus personajes casi no se les ve, no se sabe muy bien cómo son, dónde viven, qué particularidades tienen. Son hechos, son acciones, son raptos, son conflictos, y muy pocos de ellos seres de carne y hueso. Esto no es un reproche a su deslumbrante literatura, sino una simple observación al margen. Como cuando una noche le hice notar un problema de punto de vista que creía haber descubierto en Proust, me miró con sorna y me respondió: “Sí, ¿y qué?”. Acaso a mí me suceda que niego desde un principio de aceptación. Cuando empiezo a trabajar en un personaje lo “veo” muy bien, con mucha nitidez, y me importa menos la idea que pueda encarnar ese personaje, que el personaje mismo. Lo veo sobarse los pies, sudar, pasar sed, tomar pastillas para dormir, mirarse al espejo y sentir lástima por sí mismo. Veo muy bien dónde vive, quiénes son sus vecinos. Cuáles son sus apetitos y angustias. Yo no sé escribir con ideas, lo confieso, sino con algo que se acerca más al sentimiento. Piñera quería contar una historia porque tenía una tesis que ilustrar, yo sólo quiero contar una historia. Nada sé de tesis. Es ahí por donde debe filtrarse esa amabilidad que, según tú, quiebra la negación, porque ahí, como autor, me dejo ganar por una vulnerabilidad que aquel espartano de la literatura, Virgilio, nunca se hubiera permitido. Recuerdo que me repetía una y otra vez: “Tienes que endurecerte”. E incluso en su mayéutica, aquel socrático concertó una cita para que yo visitara la morgue. Nunca fui, no pude. Y es una lástima porque sé que lo defraudé, y para mí ha sido una asignatura pendiente. Para ver si puedo resumir cuanto te he querido decir, porque en el calor de estas respuestas pierdo el rumbo como la paloma de Alberti. Estoy por la negación, creo que un autor debe estar para el tersitismo (que diría Lezama), para el no, para la violencia, para mostrar el lado terrible y, en resumidas cuentas, todos los grandes cubanos lo han hecho de un modo u otro, pero es en la carne de esa negación, en la creación de la criatura y su historia, en el dibujo de su “realidad” donde los métodos varían. ¿O es que vamos a cometer le ingenuidad de creer que “En la calzada de Jesús del Monte” es un poema de afirmación y complacencia?

En algún momento de Los palacios distantes, don Fuco descubre tres iconos que, de alguna manera, definen vértices de esa diversidad: Martí, Casal y Piñera. Esos tres paradigmas de Don Fuco, ¿son tuyos también? Porque me llama la atención que no hayas mencionado hasta ahora al primero de ellos.

Comparto con don Fuco esos tres iconos y algunos más. En realidad casi todos los puntos de la cultura cubana que en la novela se emplean como puntos cardinales son míos. Los que no me “orientan” a mí me he cuidado de no ponerlos, aun cuando no aparezcan algunos que sí me sirvan de guía, pero obviamente tampoco se trataba de agobiar en exceso al lector. El icono Martí que descubres en Los palacios distantes, ya estaba en Tuyo es el reino. Precisamente un busto de Martí está junto al aula de la señorita Berta. O sea, que entre todas esas referencias de estatuas y bustos que sirven para no perderse en la arboleda que es la Isla, como el Discóbolo, la Diana, la Victoria de Samotracia, está el busto de Martí. Es el único, con el de Greta Garbo, que no remite a la tradición clásica. Al busto martiano de Tuyo es el reino, se le ponen flores, así como frutas, lo cual escandaliza siempre al tío Rolo. Pero hay más, precisamente por el lado del busto de Martí desaparece Tingo-no-entiendo cuando se pierde en el primer viaje (esta vez equivocado, puesto que no es él el elegido, sino Sebastián) hacia la literatura. Cuando comienzan a desaparecer las guías del patio, junto con las palmas reales, el busto de Martí es uno de los que desaparece. O sea, que el busto de José Martí ya estaba en el espacio de Tuyo es el reino, y con idéntico sentido salvador.

Te confieso que me encanta el uso que Salma da al busto de bronce de Martí, y me parece excelente que estén esas dos visiones: la imagen de su muerte en la adoración de don Fuco, y el busto que es utilizado como un arma por la muchacha.

También a mí me gustó cuando la vi limpiar el busto de bronce para que brillara. Y me pareció muy gracioso y hasta inteligente que Salma invirtiera la frase y dijera que trincheras de piedras valen más que trincheras de ideas. Creo que la verdadera grandeza de ese hombre empecinado y con un concepto muy claro de quién era, no es tomarlo al pie de la letra, sino entrar en diálogo con él, provocarlo, ponerlo a titubear. Es tan grande, que se contradice y duda. ¿Te acuerdas de ese poema enorme llamado “Isla famosa”? Los santos son imágenes en madera (o yeso, en el peor de los casos), y uno se arrodilla ante ellos. Pero los poetas son mucho más que los santos.

Cuando la crítica española se ocupó de Tuyo es el reino te asociaron con otros grandes escritores cubanos. Pero sabemos que no siempre las admiraciones suponen familiaridad: admiras a Lezama, pero no eres lezamiano (al menos, no de una manera demasiado obvia, aunque tu Isla rozara el mismo abismo por donde pasaban los mulos de Lezama). Esa crítica, en cambio, ignoró a José Soler Puig, cuya voz, me parece, es perceptible en el “tono”, en el “color” de aquella novela. Por otra parte, la menguada crítica cubana tampoco te ha asociado con Soler, quizás porque atiende mejor las biografías que los textos. ¿Supongo mal, o es verdadera esa deuda tuya con El pan dormido?

Creo tener una deuda enorme con El pan dormido. Pienso que es una de las grandes novelas de la literatura cubana, olvidada por alguna razón que desconozco. El éxito literario es un asunto misterioso. Sobre Santiago de Cuba no hay otra que pueda estar ni a diez años de distancia. Esa novela me provocó una fuerte impresión. No tanto por la historia como por el punto de vista, la voz del narrador. Esa historia que parece irse desenvolviendo contada por un niño, aunque nunca estamos seguros del todo de quién sea, ni de si es un niño, me ofreció el tono en el que yo intentaría Tuyo es el reino. Los amigos se percataron enseguida. Miguel Mejides fue el primero en hacerme notar la filiación. Luego fueron López Sacha y algunos otros. Sacha precisó más, y con toda justicia, el pasaje de Pedro Chiquito fue el que siempre quedó más iluminado para mí. La crítica fuera de Cuba no hizo la referencia porque no saben quién es Soler. La crítica de Cuba no la hizo porque en Cuba no hay crítica. Hay dos tipos de críticos cubanos, los perezosos y los narcisistas. Estos últimos sólo se leen a sí mismos, son ellos objeto y sujeto de su crítica, y alaban cualquier horror con tal de escandalizar. Los primeros, siempre se van por el lado más cómodo, la pereza mental, que es la hamaca de muchos de nuestros críticos: bueno sí, él debe admirar a Virgilio Piñera, y es piñeriano y lezamiano y punto. Y uno, en tanto, va muriéndose poco a poco de la risa.

De la misma manera que ningún personaje coincide estrictamente con el autor, éste también se suele prodigar en varios personajes. Además de esa iconografía que compartes con don Fuco, ¿escribirías en el tanque de agua de tu casa la frase de Bergson (“Pero la sociedad no sólo quiere vivir. Aspira a vivir bien”) que Victorio inscribió en el suyo?

Como los personajes no son idénticos a sus creadores, y ese personaje está hecho con retazos de muchas personas (entre ellas yo, claro está) así como de retazos de muchos inventos, yo no tenía esa frase de Bergson en el tanque del agua. La que tenía escrita era otra, de Valery: “Todo puede nacer de una espera infinita”. Pero en mi imaginario particular, las dos significan más o menos lo mismo.

Sin embargo, francamente te asocio mejor con la de Bergson. Hasta donde te conozco, es muy cercana a ti esa idea de que la felicidad hay que tenerla y disfrutarla aquí y ahora, en este mundo; no en otro, ni en un futuro que a la larga también será ajeno. Es, en definitiva, lo que piensa Victorio, y lo que está motivando su abandono, su ruptura, su marginalidad. ¿Hasta qué punto te seduce, en lo personal, ese mundo marginal, a un tiempo arriesgado y libérrimo, donde los personajes de Los palacios distantes parecen encontrar la felicidad que la vida les había negado? ¿Cómo proteger el alma de los desastres de la penuria? ¿Cómo hacerse inmune a la miseria que ese mundo supone? ¿No están tus personajes intentando un imposible?

Lo que pasa con las dos frases, es que la de Bergson, en efecto, refleja más lo que yo le exijo a la vida, lo que ingenuamente le he exigido a la vida, mientras que la de Valery refleja más lo que he aprendido a querer de la vida: no hay que hacerse ilusiones, y armarse de una gran paciencia. Al cabo de tantos años (a veces me siento muy viejo, te lo confieso) ya sé que esa felicidad que yo he soñado (una felicidad que une el confort con la espiritualidad), esa felicidad del ocio productivo que decía Alfonso Reyes, y de todos los sentidos despiertos, es una falacia (y lo será cada día más, por otra parte). Sí, mis personajes están tentando un imposible que yo nunca intentaría. Y lo digo con pena. Si ellos lo intentan es por una libertad personal de la que yo carezco. Ese mundo libérrimo es el de un hipotético deseo mío, algo que me tienta como me puede tentar el mal, por ejemplo, y hacia el que nunca me lanzaría. O sea que es algo que se cumple para mí (y perdona el tópico) en el reino de la literatura, y por eso la realidad me resulta tan pedestre, porque es la zona donde mis verdaderos deseos tropiezan con el señor comedido que hay dentro de mí. En ese sentido, cuanto he escrito es el testimonio de un fracaso personal. No, Arturo, no hay modo de proteger el alma de los desastres de la penuria. No existe el modo de hacerse inmune a la miseria que este mundo supone. O por lo menos yo no conozco nada de salvaciones como no sea la de sentarse a escribir (y es lo que pienso ahora). Victorio despreció su cuarto, despreció tener que seguir añorando un cuarto, y se lanzó a la calle, prefirió la intemperie, algo que yo nunca haría. Y aquí cabría la vulgaridad esperada: ellos hicieron por mí lo que yo no he sido capaz. Y así es, vulgaridad o no, porque en definitiva hay cosas muy simples que no vale la pena complicar. Pero en efecto, yo creo que hay muchas injusticias en la vida, en el mundo que hemos diseñado, pero una de las mayores es que no nos esté permitido gozar de tantas cosas pequeñas y grandes que deberíamos tener entre las vividas cuando nos hayamos muerto. Esto que hacemos cada día por mantenernos vivos es demasiado fatigoso. Y te puedo asegurar que no creo en otras vidas, creo estar seguro de que un buen día sobrevendrá un vacío que ya no acabará nunca.

¿Y la belleza? ¿No sientes que en el disfrute de la belleza, en la creación de la belleza, hay también una forma de vida, un hallazgo de formas de felicidad otras, y a veces muy satisfactorias?

Por supuesto, en el disfrute de la belleza, en la creación de la belleza, hay una forma de vida muy gozosa, y si no fuera por eso... A veces, con toda la ingenuidad del mundo, me pregunto cómo alguien puede vivir sin la literatura, quiero decir no sin escribir (que es una compulsión mayor), sino simplemente sin leer. No me lo explico, no entiendo cómo se puede ir viviendo solamente con los colores a veces tan pobres de la realidad. En Los palacios distantes había una nota-prólogo, desaparecida luego en las sucesivas versiones, que terminaba con una frase de Pessoa (emparentada con aquella otra de Flaubert, la de la orgía perpetua) que siempre me ha parecido maravillosa: “La literatura es el modo más divertido de ignorar la vida”. A semejante frase se le nota la ironía, la boutade, y se le nota también la soberbia de ese señor que no sólo quiso crear poesía, sino que también quiso ¡crear personas! Y se le nota además un fondo de desaliento, creo yo, porque claro, es mentira, no hay modo de ignorar la vida. Y por otra parte, aun cuando escribir es una de las empresas más divertidas a las que uno pueda dedicarse, hay también un fondo de insatisfacción, un cierto abatimiento que quiere levantar la cabeza, puesto que cuando terminas un libro, por muy bien que los demás te digan que haya quedado, tú sabes cuánto te faltó del ideal que tenías, cuánto te quedaste por debajo de lo que realmente te habías propuesto. Pero nada, todo eso está en el orden natural de las cosas, para rematar con una tontería. En resumen, si lo que quieres es hacerme decir que se puede ser feliz viviendo, leyendo, escribiendo y viviendo, hallando otras formas de felicidad, como dices, pues sí, es cierto, y de hecho hasta ciertos modos de sufrimiento resultan gozosos, y esto lo dice alguien que está muy lejos del marqués de Sade.

No trates de provocarme tú a mí. No quiero hacerte decir nada más que lo que piensas y quieres decir. Pero admitamos que hay una forma de felicidad en la literatura (un poco mayor, quizás, cuando es inevitable ese estado de compulsión que nos hace escribir). A tu bibliografía pertenecen varias obras de teatro, dos libros de cuentos, uno de poemas... Cuando leí Tuyo es el reino tuve la impresión de que todo lo anterior eran como ejercicios para llegar a la novela. No resto valor a esas obras (sabes muy bien cuánto las aprecio), pero ellas son como etapas en la formación de un estilo, de un cosmos, que ha sido luego el de las dos novelas. ¿Supiste siempre que tu destino era este género? ¿Qué placeres, o satisfacciones, encuentras en la escritura de uno u otro?

Sí, siempre quise escribir novelas y creo que mientras pueda ya no haré otra cosa. También pienso que cuanto escribí antes de Tuyo es el reino no era más que una preparación. Pero no sé si es porque se ve mejor el camino cuando ya se lleva un tramo recorrido. Lo cierto es que siempre fui (y soy) un lector de novelas más que de cualquier otro género. Recuerdo muchas leídas en mi adolescencia como si las hubiera acabado de leer ahora. Aquella época irresponsablemente gloriosa en que leía una novela de una sentada, en uno o dos días. Esos años en que leí casi cien novelas de Agatha Cristhie, y sé más o menos la cantidad porque las iba marcando en un catálogo de la editorial Molino. Recuerdo que una de las novelas que más impresionó a mi adolescencia fue La guerra y la paz, que leí con verdadera pasión, sin saber que estaba leyendo una versión para jóvenes totalmente mutilada. O El Quijote, el libro que más me ha hecho reír. O Las ilusiones perdidas, Orgullo y prejuicio... Yo quería intentar eso, la creación de un lugar, de un espacio literario, donde hubiera personajes que respiraran, que se movieran, que vivieran, como quien levanta un edificio (iba a escribir “una catedral”, y me hubiera quedado muy proustiano) y poner a gente de verdad a vivir allí. Me gusta la novela más que cualquier otro género. Es que me gusta la digresión (Tristram Shandy es una de las grandes novelas del mundo), las descripciones lentas (cualquiera que haya leído Papá Goriot recuerda la minuciosa descripción de la pensión Vaucaire), la morosidad, el regodeo de atmósfera que sólo puede crear una novela, me gusta el tener que detenerme en los detalles, cómo camina un personaje, qué tic nervioso tiene, cómo mueve el paraguas, cómo está iluminada una calle, o cómo suena la puerta del comedor de Instituto Internacional Bergohf cuando entra Clawdia Chauchat. Creo que esas pequeñas satisfacciones que te depara poco a poco un libro que debes abrir cada día, ir escalándolo, adaptándote a su ritmo, acostumbrándote a su modo de contar una historia, los artificios a los que recurre para que no te percates de sus artificios, creo que esas pequeñas satisfacciones no las motiva ningún otro género, y que me perdonen los poetas, los cuentistas y los dramaturgos. Escribir teatro provoca una gran satisfacción, cuando ves cómo tus personajes se hacen carne en el cuerpo, la voz y la inteligencia de un actor, y cuando oyes la reacción del público, el aire de cosa dicha desde el púlpito o la tribuna que toma el texto en voz alta, con música, luces, decorados... Pero el teatro es un género tiránico. Por más que quieras innovar, terminas en Aristóteles. O innovas tanto que ya no es teatro. La novela, en cambio, es un espacio de libertad total. Ahí sí puedes darte todos los lujos del mundo. Poetizar, dramatizar, filosofar, siempre y cuando no te olvides de narrar. Me parece que el único placer superior a escribir una novela, es leer una buena novela.

Pienso que para la novela (quizás también para el teatro) es imprescindible contar con una idea que parezca la mejor posible, porque se comprometerán varios años de la vida en su escritura. ¿No te da un poco de miedo que alguna vez esa idea genésica no acuda más a ti? ¿Te sientes ya en posesión de tus próximas novelas?

Indiscutible que debes contar con una idea a la que estés dispuesto a sacrificar no sólo el tiempo, sino también la intensidad de tu vida. Pero creo que en el caso de la novela (y como ves no cuento con la llamada novela de tesis) más que una idea, se trata de algo mucho más primario, narrar una historia. Y cualquier historia merece ser contada. Como decía Cortázar, todos los temas son buenos, lo importante es si están bien o mal escritos. De la historia de una señora que barre cada día su calle puede salir una novela extraordinaria. Así que quizá no sea la idea genésica la que haga falta, sino la fuerza de convertir una historia de apariencia trivial en idea genésica. Y en cuanto a que me falte ese impulso..., no, la verdad, miedo no tengo. Ahora mismo, en este día en que estamos conversando, tengo tres novelas planeadas en una libreta de papel color salmón. Ahora mismo he comenzado a escribir mi posible tercera novela. Pero el día que ya no tenga deseos, o ánimos, o simplemente carezca de algo que me parezca interesante contar, o “nadie escuche mis canciones ya viejas” haré como en el viejo bolero, sólo que no moriré sino que me pondré a leer. O sea, rectificaré el bolero y diré: “detendré mi camino en un pueblo lejano, y allí leeré”. Espero para entonces tener una jubilación.

Desde mediados de los 90 la literatura y el arte cubanos se han difundido mucho más en otros ámbitos. La crisis económica, la nueva moda en que nos hemos convertido y, last but not least, el valor propiamente artístico de las obras cubanas han permitido numerosas coproducciones cinematográficas, discos editados por casas europeas y norteamericanas, y libros publicados en España, principalmente, aunque también en Italia, Francia, los Estados Unidos, México... Esa mezcla de intereses ha provocado, acá y allá, no pocas suspicacias. Hay quienes ven manipulaciones, nuevos intentos colonizadores, presiones para obtener cierto tipo de obras o concesiones al mercado. ¿Cómo ha sido tu experiencia?

Cualquier autor de la más remota provincia del mundo aspira a que se le publique en los grandes centros editoriales. Y eso no creo que sea nuevo, o por lo menos no muy nuevo desde el Romanticismo para acá. No tiene por qué despertar suspicacias que un país con tradición y poder editorial quiera publicar buenos autores de todo el mundo, mucho menos ahora que vivimos eso que se llama “globalización” y que nos hace a todos tan próximos de todos. Las suspicacias me parecen resultado de varias cosas, entre las que se pueden contar las paranoias y las frustraciones personales, entre otras muchas angustias. La “moda cubana” en este momento no es demasiado fuerte. Pasa por un período de afortunado agotamiento. Sin embargo, ahí están los grandes músicos, los grandes pintores, y muchos escritores conquistando su espacio. ¿Por qué no se piensa en que poseen una cierta calidad? ¿O alguien va a decir que en las canciones de Pablo Milanés o los discos de Ibrahím Ferrer hay rasgos de cantantes colonizados? Concesiones al mercado las hace quien quiera entrar en el mercado. Y claro que el mercado es muy fuerte, pero no me negarás que las razones por las que Paradiso se ha publicado, y se sigue publicando, en tantos idiomas no son lo que se dice razones mercantiles. A nadie se le ocurre hablar de colonización porque la Feria de La Habana se dedique a Francia. Supongo que el hecho de que una hipotética feria francesa se dedique a Cuba, sí podría considerarse colonialista. Luego hay algo turbio, no muy sano en esas consideraciones. No creo justo estar vinculando al autor con los problemas políticos de su país, al menos en ese sentido. Ahora mismo acaba de aparecer el primer tomo de las memorias de García Márquez, y Mondadori ha lanzado un millón de ejemplares al mercado. ¿Quién colonizó a quién? Por otra parte, ése no es un triunfo del señor Uribe, presidente de Colombia, ni de Bolívar, ni de Nariño, ni del pueblo colombiano, es un triunfo muy personal y muy merecido del señor García Márquez que escribe como los ángeles. En cuanto a mi pequeña experiencia personal, nadie me ha presionado desde ningún punto de vista. Beatriz de Moura (directora de Tusquets Editores) jamás me ha puesto plazo para terminar un libro, ni me ha insinuado tema, por no hablar de ningún tipo de provocación. El asunto de que los derechos de Tuyo es el reino se vendieran con cierta generosidad en la Feria de Francfort, y que en español se vendiera también con cierta abundancia, es algo que sorprendió a la propia editorial. No todos los editores van en busca de escándalos ni de best-sellers. Por suerte, los hay que aún apuestan por la literatura. Aquellos que ven manipulaciones, hacen a su modo sus propias manipulaciones.

Estamos en días de Nobel. Al leer los datos biográficos que se ofrecen de Imre Kertesz, ¿no te parece que todavía has sufrido poco?

Siempre he sabido que tienes un lado terrible (iba a escribir “perverso” pero me contuve). Si me comparas con un hombre que ha estado en Auschwitz, claro que he vivido como esa famosa Carmelina que no sé quién es pero que de seguro vivió en la gloria. Los que sufrieron los campos de concentración de Hitler o de Stalin, merecen el gesto aquel grandilocuente, melodramático y al propio tiempo conmovedor de Raskólnikov cuando se arrodilló a los pies de Sonia y le dijo: “No me arrodillo ante ti, sino ante todo el dolor humano”. Pero uno va viviendo su vida, como puede, y la compara con lo que ha ideado para ella, la realidad y el deseo, como dijo aquel grande.

Si te dieran el Premio Nobel, ¿irías a recibirlo en frac, o en guayabera?

Ni una cosa ni la otra. De frac, me sentiría la persona equivocada. La guayabera (prenda que detesto) es demasiado fresca para Estocolmo. Me envolvería en la bandera cubana y me pondría un gorro frigio.

Fuente: La Gaceta de Cuba
Diciembre 2002

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