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Víctor
Varela- El teatro en serio
por JOSE ANTONIO EVORA
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Un
dramaturgo que pone en escena las ideas
El
director teatral Víctor Varela
no cree en el genio abandonado a la contemplación
de sí mismo. El genio verdadero,
dice, es obsesivo con su trabajo. El talento
es una energía sin forma ni contenido
que sólo adquiere fibra cuando
está sometida a una disciplina.
En el caso específico del actor,
afirma, el talento ocupa un lugar insignificante
en relación con el grado de entrega
necesario para consumarlo.
''No
se nace actor'', asegura en su libro El
árbol del pan. ``Me propongo eliminar
de raíz la aureola mística
que envuelve este oficio, contribuyendo
ampliamente al subjetivismo y la superstición.
El dominio de cualquier arte se basa en
principios simples y objetivos que nos
llevan gradualmente al encuentro con el
misterio de lo desconocido, donde está
lo que no puede ser expresado con palabras
y sí por medio de la imagen poética,
de la paradoja, del símbolo''.
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En
1985, Varela fundó en su casa de La Habana
un grupo que dos años después
llamó Teatro Obstáculo. Fue el
estreno en 1988 de la obra La cuarta pared,
escrita y dirigida por él, lo primero
que hizo que su trabajo fuera calificado de
conmoción en las artes escénicas
de la isla y, luego, de aporte al teatro contemporáneo.
Desde
entonces, con la complicidad de Bárbara
María Barrientos, una de las actrices
fundadoras del grupo, ha dado pruebas de una
perseverancia casi religiosa en su empeño
de hacer teatro a la manera en que él
cree que debe hacerse. Hoy Varela y Barrientos
viven en Miami, donde crearon una academia teatral
con cursos para adultos y niños en la
segunda planta del edificio de 180 NE 39 St.,
en el Design District, y cuya matrícula
está abierta en www.teatrobstaculo.com
, o llamando al teléfono (305) 710 4569.
El
nombre del grupo partió de algo que solía
pedirles a sus actores: ante cualquier obstáculo,
resuélvanlo creativamente. Era lo mismo
que había hecho él en 1982 cuando
se vio en El Yarey --un remoto paraje montañoso
del Oriente cubano-- al graduarse de maestro
en la Escuela Nacional de Instructores de Teatro:
aprovechar aquella especie de destierro de su
Habana natal para estudiar, aprender e impartir
todo lo que no le habían enseñado
en la escuela. Fue también lo que hizo
para fundar el grupo y atraer público
a las funciones de La cuarta pared, a razón
de ocho personas por noche, en una de esas raras
apuestas que tienen tanto de audacia como de
éxito.
La
premisa de Teatro Obstáculo ha sido representar
un texto imposible de representar. ¿Cómo?
Varela cree que, en cuanto algo se describe
como imposible en tu campo de acción,
ya te está dando un intersticio de posibilidad,
porque lo verdaderamente imposible ni siquiera
es posible imaginarlo. ''De hecho, el primer
texto imposible de representar era lo que estábamos
viviendo en Cuba'', dice. ``Ahí fue donde
surgió la idea de escribir un texto imposible
de representar''.
¿Quién
no ha oído decir alguna vez que Miami
es una plaza difícil para el teatro?
Varela, quien vivió casi cinco años
en Buenos Aires y ha presentado sus montajes
en Francia, México, Brasil, Japón,
Chile e Italia --donde compartió el Premio
Pirandello con el aclamado Eugenio Barba-- también
lo ha escuchado, pero lo interesante es oír
lo que él dice al respecto.
''No
es sólo aquí: he visto que eso
mismo ocurre en países de tradición
teatral'', asegura. ``El teatro es el último
dinosaurio. Los que hacemos teatro debemos pensar
con mucha responsabilidad de qué manera
vamos a atraer a los pocos espectadores que
no se han dejado arrastrar completamente por
el cine, la televisión y las computadoras.
``Cuando
el autor, el actor y el director trabajan exclusivamente
en función de lo que el espectador quiere
terminan dándole algo muy limitado, porque
el espectador confía en ti y lo que quiere
en realidad es que tú cumplas tu misión;
que sepas qué puede ser lo mejor para
él y te esfuerces por dárselo.
Si a ti se te rompe el auto y se lo llevas al
mecánico, tú no le explicas cómo
quieres que te lo arregle: tú esperas
que él sepa cómo hacerlo y que
haga lo mejor. En el teatro sucede igual. No
puedes reducir tu trabajo a divertir al público:
hay que inspirarlo''.
¿Y
cómo se distingue un teatro capaz de
inspirar al espectador de otro que no lo inspire?
''Es
difícil responder, porque yo puedo hablar
sólo por mí, aunque creo que eso
es lo que tiene que hacer todo artista'', contesta.
``Para mí el entretenimiento es el goce
estético. Lo bello es lo bello, y funciona
de manera inmediata; no hay que intelectualizarlo.
Si uno ve algo bello e interesante sale contento,
arriba, con deseos de no se qué, pero
inspirado. Con tanto estrés por el exceso
de trabajo, es cada vez más difícil
hablar de lo sublime, así que una pequeña
inspiración de vez en cuando no viene
mal, sobre todo si después esa inspiración
repercute amablemente en la vida cotidiana de
la gente.
''Lo
que no inspira es la cosa fácil; todo
lo que no apele a la capacidad de asombro del
espectador'', subraya Varela. ``Cuando el público
se confronta con lo conocido quizás se
divierta, pero todo ocurre dentro de un margen
probable, sin que el pensamiento se mueva hacia
zonas insospechadas. En la rutina diaria el
hombre se ausenta demasiado de sí mismo,
y establece una relación cada vez menor
con lo que no sea práctico o funcional,
que es lo que es la obra de arte. Así,
de tanto darle lo que le gusta, el espectador
entra en crisis, porque se queda atrás
con respecto a la obra de arte. Su idea de lo
conocido es tan elemental, tan pobre, que el
artista no está dispuesto a trabajar
para él y se aísla cada vez más.
Hubo épocas en que el espectador estuvo
más cerca de la necesidad del artista;
podía entenderlo mejor''.
A
la pregunta de qué podría ejemplificar
esa especie de demanda atrofiada, menciona los
reality shows de la televisión.
''El
éxito de esos programas me recuerda el
circo romano, que según la historia del
arte clásico fue lo que acabó
con el teatro según lo entendían
los griegos'', responde. ``Se acabó la
ficción: ya no hay que ser actor. Hay
que ser un personaje real en una situación
real; el hombre contra el león''.
A
pesar de todo, no cree que la obra de arte,
el teatro en este caso, pueda tener una función
educativa.
''Si
dijéramos que la función de la
obra de arte es educar a la gente nos equivocaríamos'',
manifiesta Varela. ``La idea es que si el espectador
tiene tiempo de sentarse a ver una obra de teatro
--es decir, si encuentra tiempo `para hacer
algo inútil'-- vive una experiencia estética,
lo cual significa que sus sentidos se deleitaron,
y que esa noche dormirá mejor, porque
va a llegar a su casa recuperado espiritualmente.
Así, la experiencia estética ensancha
el concepto de lo que puede serle útil''.
Por
eso, insiste, hay que darle al espectador lo
que no conoce. De lo contrario, se prolongará
la crisis no sólo del teatro, sino de
todos los lenguajes.
''Hace
tiempo venimos repitiéndonos, y creo
que es consecuencia de la manera como estamos
enfrentando la creación'', asevera. ``Hoy
más que nunca el artista piensa en mercadear
su obra antes que en ser auténtico, y
es eso lo que está produciendo una crisis.
El artista tiene que pensar en la verdad, en
la esencia, en si realmente encontró
el medio apropiado para expresar lo que quería
expresar. Hay que estudiar cómo van evolucionando
la moral, las ciencias, la política,
y a partir de ahí crear un fenómeno
estético que toque las fibras sensibles
del público restaurando su asombro. No
es posible conseguir eso con los clichés,
porque el propio espectador se da cuenta''.
¿No
será que la inspiración está
más del lado de las ciencias aplicadas,
produciendo todas esas maravillas de la técnica
digital, por ejemplo?
``¿Y
por qué la inspiración tiene que
estar de un solo lado?''.
Agosto
2002
Teatro en Miami
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