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La verdad de los justos
Por Carlos Alvarez Teijeiro*
Para LA NACION

En Los justos , la obra teatral de Albert Camus, un grupo de anarquistas se propone asesinar al gran duque "en nombre de Rusia". Sin embargo, no es al gran duque al que habrán de matar, mera circunstancia encarnada de la muerte perseguida: en él se mata "al despotismo", "a la tiranía". Todo está decidido: el lugar, el momento y los dos ejecutores, Kaliayev y Voinov, cada uno de los cuales debe arrojar una bomba al paso del carruaje ducal, entre el palacio y el teatro. Llega la hora y a Kaliayev le tiemblan las manos: "Yo no sabía... había niños en la carroza del duque".

Había niños: los sobrinos del gran duque, con su mirada triste dirigida al vacío, envueltos en sus pequeños trajes de gala. Pero el otro no acepta pruritos de cobardía. "No hay límites. El día que nos decidamos a olvidar a los niños la revolución triunfará." Annenkov, Dora y Kaliayev se le oponen: "Los hombres no viven sólo de justicia"; "cientos de hermanos nuestros han muerto para que se sepa que no todo está permitido"; "incluso en la destrucción hay un orden y unos límites." Finalmente, el gran duque será asesinado en un nuevo intento, dos días más tarde. Triunfa el argumento expuesto en el acto primero: "Matamos para edificar un mundo donde nadie más matará. Aceptamos convertirnos en criminales para que, al fin, la tierra se pueble de inocentes, pues no somos de este mundo. Somos los justos".

Los Justos, con mayúscula. No los que matan, defendiéndose, por una causa que entienden justa, sino los que en Oriente y Occidente envían a matar y a morir por la causa de la Justicia misma. La divina y la humana. La política y la económica. Los terroristas y los iluminados que bautizaron alguna vez la Justicia Infinita como Infinite Just-US . Frente a tales palabras gravísimas, proclamadas con rictus severo, se levantan los muertos, con su hechura de recuerdos, con sus trajes de polvo y ceniza, con la humilde ausencia cansina de los cuerpos desvencijados, con los nombres de harapo. Los de ahora, los de ayer, los de mañana: cien millones en todas las guerras del siglo "humano", desde 1914 hasta la actualidad. Los muertos militares y los muertos civiles. Los que eran padres o madres, hermanos e hijos. Los religiosos y los agnósticos. Los muertos por ideas propias y por ideas ajenas.

Pero no vemos demasiados muertos. La guerra escenificada, obscenificada al fin, los hurta a nuestras miradas. En lemas como "golpe e intimidación" acampan a sus anchas los armamentos a los que adjudicamos, encandilados, una "inteligencia" que parecen haber perdido hace tiempo los que ordenan usarlos. Vemos luces llenando el cielo y las pantallas, sin sangre ni llantos; escuchamos cómo los medios repiten los eufemismos militares, las operaciones "quirúrgicas" en las que se parapetan las veleidades "demiúrgicas". De las armas de destrucción masiva a las palabras de distracción masiva. Y seguiremos hablando de victorias y derrotas en un mundo que se creía y se cree civilizado porque, incapaz de evitar la sangre. distingue, entre los que matan y los que mueren, culpables e inocentes, ilustrados y fundamentalistas, buenos y malos, santos y réprobos, fieles e infieles, justos e injustos, creyentes y paganos, hombres y bestias.

*El autor es profesor de ética de la comunicación de la Universidad Austral.

Fuente: LaNacion
Abril 2003

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