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ABDALA
Omar Valiño | La Habana
Solemos muchos críticos cubanos
abandonar a su suerte valiosos espectáculos
teatrales. Después de asistir a su estreno,
y acaso valorarlos públicamente en ese momento,
la trayectoria de estos se difumina a los ojos de
una exégesis en perspectiva, capaz de ubicarlos
en su intrínseco desarrollo y en su diálogo
con el contexto.
Es mi caso, entre otros, con Abdala,
de los actores titiriteros Armando Morales y Sahímell
Cordero, del Teatro Nacional de Guiñol y el
Teatro de Muñecos El Trujamán (Juglaresca
Habana), respectivamente. Pero he recordado la deuda
a propósito del sesquicentenario del natalicio
del Apóstol.
Es conocido que Abdala es la iniciación
dramatúrgica del joven José Martí,
quien apenas contaba rozaba los 16 años; se
recalca menos, sin embargo, que con esta obra inicia,
virtualmente, su “gran carrera literaria”,
demostrando la particular significación peleadora,
beligerante que le otorgaba el teatro. El instante
de escritura y publicación de Abdala se producía
a la par de los sucesos de Villanueva, directamente
derivados e incentivados ambos por el 10 de octubre
del 68, fundiéndose así en aquellos
días, como apostillara Albio Paz, “el
teatro cubano y el deber patriótico”;
concurrencia histórica que vendría a
signar desde entonces la tradición escénica
insular. Martí, tal como ha señalado
Fina García Marruz, coloca al héroe
de su pieza en África no solo para “alejar”
el conflicto del contexto cubano, sino tal vez, para
resignificarlo en la figura del negro, cuya liberación
constituía uno de los claros motivos de la
lucha anticolonial e independentista. Esa hermosa
fusión liberadora cumplida por Abdala, drama
y personaje, como aspiración inscrita en la
voz teatral del casi adolescente José Martí
– renovada en sus escritos sobre teatro –
sigue siendo hoy un desafío para la escena
cubana ante una próxima era.
Y ese fue el reto esencial de sus
creadores para este montaje; cómo asumir Abdala
en medio de un panorama nacional y mundial donde no
está, en absoluto, de moda un cántico
por el amor y deber patrios. Riesgo subrayado, en
tal sentido, por el manifiesto carácter en
esta dirección de la obra, así como
por la ingenua sencillez y simplicidad de su elaboración
dramatúrgica, sin obviar, además, los
frecuentes maltratos de que ha sido objeto en sucesivos
intentos de escenificación escolares. Se trataba,
en definitiva, de encontrar un nuevo vehículo
de emisión de ese texto, con capacidad para
generar la atracción del espectador cubano
de hoy y de situar su orden ideológico en concordancia
con el presente. Ese vehículo lo vieron Morales
y Cordero en una representación con muñecos,
asumiendo la pieza por primera vez así y salvando
de facto el gran obstáculo para su actualización.
Por supuesto, nunca una elección
estética es suficiente en sí misma,
aun cuando porte tanto valor. Faltaba objetivarla
en su aventura escénica. Los cuatro muñecos
fueron, entonces, esculturados bajo la visión
de la fina y resistente corporalidad modélica
africana, recogida en su plástica y en sus
artesanías populares. En cada uno sobresale
un rasgo tipificador asociado al carácter del
personaje: la fortaleza y decisión metálicas
de Abdala se sustantivan en la corona que porta; los
largos y blancos cabellos del anciano senador señalan
su sabiduría tanto como la experiencia y el
respeto del que es acreedor; el tocado rojo en la
cabeza de Elmira, la hermana de Abdala, acrecientan
su voluptuosidad, aquí relacionada al sueño
transgresor de su tradicional reducto femenino; los
senos destacados de la madre subrayan su excesiva
maternidad y el sitio simbólico de su dolor.
Como títeres, dada la estatura, arquitectura
corporal y mecanismos de funcionamiento de cada uno
de ellos, obedecen a la influencia del bunraku japonés
y los puppies sicilianos, pero no buscan ser ni son
ninguno de ellos. Sin embargo, tampoco en esta electividad
consciente hacia dos técnicas tradicionales,
subyace una arbitrariedad o un afán esteticista,
más bien el diseño es la cara visible
de dos poéticas del teatro de títeres
profundamente enraizadas al carácter épico
de las narraciones que las ocupan. De ahí su
potencial correspondencia con el espíritu de
Abdala y las búsquedas del proceso de montaje.
Esta múltiple cercanía
entre la sustancia martiana y la filtrada épica
teatral de estas manifestaciones, y de ellas a su
vez con la visión contemporaneizada de un Brecht
sobre esta categoría, le confieren una continua
cualidad extrañada al espectáculo, sintetizada
en el propio muñeco como vector extrañante
por naturaleza. Ese mecanismo provoca en el espectador
la sensación de que el poema dramático
de Martí, más que representado, es homenajeado
desde la situación de enunciación y
la singular teatralidad del discurso. Tal distanciación
opera como un aparente viaje al pasado, ganancia que
se traduce en una permisiva asimilación por
parte del receptor del lenguaje, el tono y la formalización
de las ideas que de otra manera resultarían
desacostumbrados o hasta tal vez vencidos por el tiempo.
Así, a través del homenaje al “pasado”,
Armando y Sahímell han logrado un diálogo
del público con su historia y su presente.
Seguramente por ello, Abdala conmueve.
Y sobre todo, porque el discurso de imágenes
análogas en forma constante, y acentuadamente
subliminal, el espesor de la metáfora martiana
a las circunstancias actuales de la nación.
Alejados de toda intencionalidad ilustrativa o retórica,
sus hacedores, indagando en una producción
de sentido compleja, alcanzan una revalorización
efectiva del universo ideológico de la pieza.
En medio del despojamiento absoluto
de la escena, Armando lee, libro de Martí en
mano: “escrito expresamente para La Patria”,
afirmando la encomienda que llega a ellos y a todos;
el príncipe nubio (la) recibe del senador,
que en el montaje es más un griot, en encargo
de partir a la guerra, de donde Abdala se entrena
para emprenderla a través de una cadena de
ejercicios físicos que, gracias a la riesgosa
y delicada manipulación entre ambos titiriteros,
resalta la figura del héroe. Durante ese cuadro
el personaje expone sus altas motivaciones, reafirmándose
éticamente, lo cual es subrayado por el tono
muscular que pareciera exhalar el muñeco debido
al esfuerzo físico. Tal combinación
crea una tensión capaz de “visualizar”
cómo esta imagen prefigura el conflicto de
Martí con su salud, puesta continuamente a
prueba en su vida, amén de la validez equivalente
entre trincheras de ideas y trincheras de piedras.
Del mismo modo quedará explicitado
más adelante el sufrimiento por la incomprensión
maternal. Aquí la expresión de Abdala
se mueve entre la meditación y las hondas preocupaciones
que lo recorren. El campo visual creado rehúye
el melodrama con el cual limita. A continuación
la madre quedará sola, su voz recuerda el arrullo
a la criatura. Se queja de la muerte del hijo, posibilidad
más cierta en la guerra. Los titiriteros explican
su dolor acercándonos sus posiciones corporales
a las de un parto. Como el autor, no recriminan a
la madre, la comprenden. Pero, siguiendo a Martí,
no reducen el dolor al carácter femenino; Elmira
vendrá en apoyo de su hermano; su imagen y
comportamiento la acercan a una joven actual transgresora
de reglas, conservadurismos y tabúes sociales
impuestos a la mujer.
Y viene Abdala a morir en brazos de
su madre que es aquí seno, tierra, isla, nación.
Tal vez por eso los titiriteros cubran los cuerpos
con la túnica roja que ha sido dotada de varias
funciones. Los cuerpos vuelven al polvo, el sacrificio
ha horadado la tierra para, desde ese acto fundante,
vivificarla.
Con sus trajes negros de trabajo,
sus muñecos, una animación imperfecta
por riesgosa, una poderosa inversión de tiempo,
creatividad e inteligencia, auxiliándose del
libro como referencia obligada y recurso escénico,
construyendo una presencia hierática e invisible,
apelando a una eufonía cercana a la declamación
y el homenaje, activando las posibilidades de las
figuras animadas para crear planos, imágenes,
relaciones, espesores, Morales y Cordero devuelven
la vida al poema dramático martiano y lo colocan
en las puertas, ya cotidianas, de un siglo XXI cuajado
de desafíos para el hombre común; el
habitado, no sin contradicciones, por Abdalas, el
exigente espectador cuyo universo social puede ser
tocado en el arte solo si sé es capaz de una
artisticidad verdadera, y cuyo presente no obnubila
los vestigios del pasado; ese mismo hombre capaz de
sentir en Abdala un espectáculo sacro de la
patria.
Fuente:
lajiribilla.cu
Abril
2003
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