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Lorca otra vez y siempre
AMADO DEL PINO

En varias ocasiones me he referido a la decisiva influencia de García Lorca en la vida escénica cubana de las últimas siete décadas. Desde los tiempos de las luchas por un teatro de arte a finales de los treinta, las obras lorquianas han funcionado como un sinónimo de ambición creadora, como el mejor aliado para convocar esa poesía levantada del libro que el andaluz vinculó con su concepto de Teatro.

Ahora el actor argentino-español Eduardo Sánchez Torel ha sido el animador de Romance a Federico, a partir de un guión suyo y de Jesús Barreiro. A la concepción dramatúrgica se sumó Nelson Dorr, quien además asume la puesta en escena del espectáculo que podrá verse, luego de una estancia en la sala Covarrubias, del Teatro Nacional, a partir del 10 de abril, en el Gran Teatro de La Habana.

Romance a Federico

Dorr es una figura bastante olvidada por la teatrología cubana de la última década. Con más de un centenar de puestas en escena (cifra rara en un ambiente teatral que suele padecer, desde hace rato, la lentitud), Nelson es un sólido profesional que ha servido de maestro a muchos directores y actores jóvenes. Su nombre se vincula con los mejores años del Teatro Musical de La Habana y con puestas exitosas en diversos géneros. Ahora enfrenta otro proyecto ambicioso que, además de las complejidades técnicas de un elenco amplio y la conjugación de actuación, música y danza, compite en la memoria de los menos jóvenes con el antecedente de formidables espectáculos lorquianos. Por solo mencionar tres clásicos, Yerma y Mariana, según el inolvidable Roberto Blanco, y Bodas de sangre, según la maestra Berta Martínez.

Romance a Federico

El guión hace coincidir una conjetura sobre los últimos días de Lorca y escenas de sus textos en los que, por diversos caminos, Federico hablaba de la muerte. Ahora es ella la que le habla y le propone un pase de cuentas o un examen de conciencia. Los diálogos están basados en una seria investigación, a partir de declaraciones del gran dramaturgo, pero las situaciones padecen cierta rigidez y abunda lo descriptivo sobre lo sensorial.

La puesta que nos ocupa ratifica el talento de Dorr para mover un buen número de intérpretes en el escenario, la alternancia entre lo danzario y lo dramático resulta eficaz y debe hacerse más fluida con la sucesión de funciones. La escenografía y el diseño de vestuario, a cargo del propio Nelson, votan por la síntesis y logran crear una atmósfera sobria y solemne. Como en otros espectáculos de los últimos tiempos en la escena cubana, la presencia de evidentes micrófonos afecta una visualidad que, en este caso, se revela expresiva y hermosa. En el plano sonoro, el montaje apela a

la música en vivo, a cargo de la compañía Ecos, y también a una de resonancias andaluzas. En ambos casos lo musical está utilizado con sabiduría, pero hubiese sido preferible que se resolviera con la frescura de lo inmediato.

Sobresalen en el amplio elenco el impecable decir y la ligereza escénica de Roberto Perdomo. En su regreso a las tablas cubanas, Perdomo nos hace recordar que aprendió bien la lección de Blanco cuando fue uno de los protagonistas de Mariana. El Federico de Frank González ratifica el encanto y la profesionalidad de este intérprete, consagrado en los últimos lustros a la pequeña pantalla. En las escenas lorquianas sobresalen Nieves Riovalles con una Yerma personal y poderosa, Walfrido Serrano en un Leonardo convincente y Susana Alonso sin caer en la trampa de los estereotipos al interpretar a la clásica Bernarda Alba. En la escena de esta última que, además cierra la obra, se hace muy visible el desnivel de las interpretaciones. Por ejemplo, Romance a Federico
a Odette Cruz le falta mucho en cuanto a proyección y oficio para asumir a la rebelde Adela.

Vale este homenaje a Lorca, vigente en su canto sin fronteras al amor, y sus avisos sobre los peligros del odio y la intolerancia. Aplausos también para los que, contra cualquier viento o marea cotidianos, siguen apostando a la esencia colectiva del teatro.

Photos: Pepe Murrieta
Abril 2003

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