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Teresa Berganza
en Cuba
Ahmed Piñeiro Fernández
El 15 de abril
de 1838 quedó oficialmente inaugurado
el Gran Teatro de Tacón —que a
lo largo de su historia ha llevado también,
entre otros nombres, los de Gran Teatro Nacional,
Teatro Estrada Palma, Teatro García Lorca....
Con la sucesión de sus temporadas, la
reputación del hoy Gran Teatro de La
Hababa, actualmente considerado el teatro en
activo más antiguo de América,
fue en constante y creciente aumento, lo que
propició que se convirtiera en el corazón
artístico y símbolo cultural de
la ciudad.
Este año, el coliseo
de Prado y San Rafael arriba a su aniversario
165. Una historia como la suya, que enorgullece,
inspira y alienta, hay que conmemorarla en grande.
Y en grande se celebrará, cuando el lunes
próximo se presente en el Gran Teatro
de La Habana, por primera vez en Cuba y en recital
único, Teresa Berganza.
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Estoy hablando de un mito del arte
lírico, y por tanto, todo lo que de ella se
exprese habrá de ser valorado desde esta perspectiva.
La Berganza, una de las personalidades vocales más
fascinantes de la escena lírica en las últimas
cuatro décadas, pertenece a la prosapia de
grandes cantantes españoles y, más concretamente,
al extraordinario linaje de las mejores voces de su
cuerda en el siglo XX.
Su privilegiada voz de mezzosoprano
—ágil, dúctil, hermosa y cálida,
con una línea de canto de emisión legítima,
elegante y aristocrática, una incisiva manera
de decir y una extensión lo suficientemente
amplia como para poder asumir algunos papeles de soprano:
Luisa Fernanda, en la zarzuela homónima, y
Sagrario, en La rosa del azafrán, por ejemplo—
es bien conocida y valorada por los melómanos
cubanos, quienes la hemos podido disfrutar, principalmente,
por medio de las grabaciones transmitidas en los espacios
líricos de CMBF, Radio Musical Nacional, y
del histórico filme de Joseph Losey, Don Giovanni,
en el que la mezzo española asumió el
personaje de Zerlina.
Teresa Berganza nació en Madrid,
el 16 de marzo de 1935 y, el mismo día en que
festejaba sus 68 años de edad, arribó
por primera vez a La Habana. Cuando la vi personalmente,
confieso que me impresionó, sobre todo, su
naturalidad. No encontré en ella nada parecido
a una diva sofisticada y caprichosa, y sí a
una mujer inteligente y modesta, en la que coexiste
una rara mezcla de sabiduría y sencillez.
A los 20 años, debutó
profesionalmente en el Ateneo de su ciudad natal con
Frauenliebe und Leben, de Robert Schumann, y obras
de Max Reger y Xavier Montsalvatge. En 1957, con el
éxito alcanzado tras sus interpretaciones de
Dorabella, en Così fan tutte, y Cherubino —uno
de sus papeles “fetiches”—, en Las
bodas de fígaro, ambas óperas de Mozart,
se inició su carrera internacional, que la
ha llevado a cantar en todos los escenarios sagrados
(el Metropolitan Opera House, de Nueva York; La Scala,
de Milán; la Ópera de París,
la Ópera de Roma, el Covent Garden, de Londres...)
y bajo la batuta de los mejores maestros (Karajan,
Solti, Giulini, Barenboim, Abbado, Maazel, Muti, Bonynge...).
En este sentido, memorables fueron sus actuaciones
como Neris en las representaciones de Medea, de Cherubini,
junto a Maria Callas, en la Ópera de Dallas,
en 1958, lo que le valió el reconocimiento
de la crítica y el público y la amistad
de la venerable soprano.
Considerada una gran estilista y dueña
de una sólida técnica de canto, el amplio
repertorio de esta auténtica prima donna, que
en el año 1995 fue nombrada, por unanimidad,
Académica de Número de la Real Academia
de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, siendo
la primera mujer y la primera cantante que ingresa
en esa prestigiosa institución; abarca desde
Monteverdi, Gluck y Cavalli hasta la vanguardia española.
Sin embargo Berganza ha sido especialmente reconocida
como una notable intérprete de la música
de Rossini; de esta manera, sus caracterizaciones
de Rosina, en El barbero de Sevilla; Angelina, en
La cenicienta, o Isabella, en La italiana en Argel
han merecido elogiosos comentarios y son consideradas
“de referencia”. A esos personajes se
suma, además, el rol titular de Carmen, de
Georges Bizet, papel que asumió por primera
vez en 1977 y le permitió proyectar su temperamento
y carisma dramáticos.
Con su concepción escénica,
Berganza contribuyó a darle otro sentido a
la cigarrera de Merimée. Al respecto me comentó:
“El concepto de la gitana desgreñada
es falso, por lo menos en cuanto a las gitanas españolas.
Por otro lado, detesto la idea de interpretar a Carmen
como un ser vulgar, meciéndose sobre sus talones,
con un cigarrillo en la boca y aire de prostituta.
A Carmen le debo mi libertad de espíritu. Una
vez, en plena actuación, mientras cantaba ‘¡la
liberté!’, me dio tal fuerza que decidí
en ese mismo instante romper con mi primer matrimonio.
Gracias a Carmen, con su honestidad y su absoluto
rechazo a la mentira, encontré el coraje para
separarme.”
Teresa Berganza se considera una mujer
plenamente realizada. Confesó su predilección
por el champán, “ideal para grandes ocasiones”
e inmediatamente recordó las disputas entre
Callas y Tebaldi, así como la anécdota
en que se le atribuye a la diva griega una declaración
aplastante: “Yo soy el champán, ella
es la gaseosa”. Su presencia en Cuba la hace
sentir “dichosa y feliz”, y ha expresado
que su debut en La Habana, además de ser algo
mágico, constituye “la realización
de un sueño”. Dichosos nosotros, que
tendremos el privilegio de “brindar” con
su voz, por los 165 años del Gran Teatro de
La Habana, institución que podrá añadir
ahora a sus páginas de lujo la presencia de
esta personalidad indiscutible del mundo de la lírica.
Abril
2003
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