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IMÁGENES
DE TEATRO:
FESTIVALES DEL MUNDO
Omar Valiño | La Habana
Fara Sabina se encuentra a unos cincuenta
kilómetros al norte de Roma. Corona una pequeña
estribación y desde sus quinientos metros de
altura mira el valle de Farfa, aprisionado entre montañas
que dejan espacio a pueblitos minúsculos. Comunidades
crecidas en el medioevo, de nunca más de algunos
centenares de habitantes, fortificadas por sólidas
murallas y atravesadas por caminos escarpados. Hermosos
museos urbanísticos y arquitectónicos
al aire libre.
Es verano y los pobladores repiten,
como cada año, sus fiestas tradicionales. Desde
Fara, regándose por todo el valle, las aprovecha
Teatro Potlach para tejer entre ellas el Festival
del Centro Histórico del Valle de Farfa. Profundo
conocedor de la zona donde lleva enclavado más
de veinticinco años, Potlach irradia desde
su sede en Fara un modelo de trabajo y de organización
cultural.
Como en esos pueblos no hay salas
teatrales, es un encuentro al aire libre. Con mínimos
acondicionamientos en plazuelas y calles, el festival
entra en contacto con la gente, gracias a espacios
didácticos para niños, presentaciones
musicales y el protagonismo del teatro. Propuestas
escénicas orgánicamente capaces de insertarse
en tales estructuras urbanas y de comunicación,
aunque diversas en sus modos. Pero tal vez con el
predominio de un teatro que es la punta del ovillo
de una larga tradición, tan italiana: la del
bufón, el actor popular, el contador de historias,
la commedia dell arte. Efectivos en ella, como Maurizio
Maiorana con su recreación del actor-cuentero
de su Sicilia, el espectáculo titiritero Giufá
y el mar, nacido de la colaboración entre el
actor de Potlach Maurizio Stammati y el Centro R.A.T.
de Cosenza, los humorísticos performances de
Kabarett 02 de Austria, la “recitación”
de Andrómaca por Massimiliano Cívica,
la acrobacia callejera del Teatro Taller de Colombia
en Los cíngaros y los pasacalles con la inclusión
de todos los participantes guiados por el Teatro Potlach
y su director Pino Di Buduo, confirman el entendimiento
del tipo de producciones adecuadas a las características
ya enunciadas del lugar, que es el mérito esencial
de este evento. Otro, su horizontalidad: quiero decir
su capacidad para crear constantes y crecientes relaciones
humanas y profesionales. El alojamiento en casas de
las propias comunidades, las comidas en la sede de
Potlach, la organización y ejecución
del programa a cargo de los mismos teatristas son
claves en ello. Así, el festival se graba en
la memoria como un espacio de teatro, siempre fértil
cuando teje los hilos.
Arhus no es grande, pero sí
toda una ciudad portuaria e industrial, adinerada
y bella, la segunda en importancia de Dinamarca. Aprovecha
el escaso sol de los inicios de septiembre para realizar,
desde hace ya muchos años, su festival. Todas
las artes, todos los sitios de su entramado, gentes
que llegan de todo el mundo. En el 2002 se dedica
al universo lusófono, las extensiones portuguesas
de Porto a Brasil, de Angola a Macao. Excelentes exposiciones,
conciertos de samba o jazz, danza y teatro tradicionales
o vanguardistas, en salas y en la calle.
Preparación y calidad exquisitas.
Alojamiento en cinco estrellas, comidas que ni ellos
pueden pagar para todos en esos hoteles, por eso se
habilita un local cercano y funcional.
Festival aquí es muestra, diversidad,
respuesta a las exigencias de un público sin
rostro. Cumplimiento de uno de los deseos de la ciudad,
patrocinado por dineros municipales, privados y de
fundaciones. Festival nórdico, por supuesto,
pero también, a su manera, fiesta, como lo
indica su etimología.
Ni estando allí uno se lo cree.
El Cairo es un sueño, cumplido ya, que debería
agradecer y agradezco al teatro, lástima que
el Festival Internacional de Teatro Experimental de
El Cairo sea lo que es. Mero pretexto, al parecer,
de una directiva de estado: la de presentar a Egipto
como un país abierto al mundo, alejado de fundamentalismos.
Eso no lo sabe uno al principio. Comienza
a descubrirlo cuando palpa contradicciones tan flagrantes
como estar en una inútil suite, con opípara
mesa incluida, de un Sheraton, al tiempo que no hay
programas de mano para los espectáculos ni
traductores especializados en el evento teórico,
o te encuentras salas en pésimas condiciones
junto a otras primermundistas.
Para los (des)organizadores, en el
mejor de los casos, cada participante es una cifra
que tras de sí esconde un país que quedará
como un dato en el informe de los funcionarios de
turno. Tal vez por eso la selección no importe
y más o menos el grupo que pueda llegar es
aceptado.
Y eso es lo peor. Las noches se van
entre muchos espectáculos sin que apenas uno
pueda recordarse, aunque no pude verlos todos porque
el festival es de estos de programación gigantesca
e indiscriminada. Pero vi muchos, no baso mi apreciación
en la superficialidad o la escasa suerte. Montajes
de ínfimo nivel, escolares, aficionados sin
el más mínimo concepto experimental,
término que es solo un rótulo de cartel.
Se duele uno de que espacio con tantas
potencialidades sea desaprovechado. Al evento teórico
llegaron estudiosos y profesores de todo el mundo,
en particular del mundo árabe, con los que
hubiera deseado, como todos, compartir con amplitud,
mas habían cursado tantas invitaciones que
las ponencias fueron restringidas a lecturas apuradas
de diez minutos en cada caso.
El Cairo es imán, sobra explicarlo,
pero sin criterios estéticos, organizativos
y políticos sólidos, no puede haber
construcción alguna.
El teatro ha logrado que uno haga
suyo a Camagüey ciudad en la cual casi todo parece
dispuesto para facilitar, cada dos años, el
repaso de lo esencial del teatro cubano. Al paso allí
de cada festival de la última década
he escrito sobre conceptos, virtudes y limitaciones
del evento en sí, distinguiendo siempre ese
espacio tan pertinente que brinda para observar la
realidad de la escena nacional. La recién concluida
novena edición mantuvo las bases y los méritos
ya plenamente expuestos en la reunión precedente,
que en su perfección sacó ventaja organizativa,
si bien en detalles, sobre esta. Por tanto, considero
inútil volver sobre estas verdades sabidas,
que resumiría así: el Festival Nacional
de Teatro de Camagüey es hoy nuestro evento teatral
más importante, si bien pudieran explotarse
mejor otras potencialidades. Prefiero entonces, esta
vez, detenerme, al menos de manera muy sintética,
a los espectáculos presentados, sin otro orden
que en el dispuesto allí por la programación.
No había comprendido hasta
la función realizada en esa ciudad, el sentido
de La edad de la ciruela de Teatro Ddos. Creo que
el teatro en singular tiene derecho a hablarnos sobre
la experiencia de la vida, desligándose un
tanto de lo social. Aunque se mantengan obsesiones
del director Julio César Ramírez: la
casa, la familia, la infancia, el espectáculo
aparece atravesado de otro prisma, tal vez por la
naturaleza de la obra de Arístides Vargas.
A través de estas dos actrices que encarnan
mujeres de la casa dejada atrás en el tiempo,
asistimos a una limpia confrontación teatral:
escuetos, sencillos presupuestos, transparentes en
su planteo escénico, atados por Yaquelín
Yera y Deysi Sánchez, plenas de una emoción
que trasmiten.
Ghetto de corderos es la confirmación
de Teatro del Espacio Interior, un grupo en el cual
he confiado. Mario Junquera logra una estructura activa
y atractiva a la vez, una suerte de fracturas sobre
nuestra realidad, atenazada en este caso por el agobio
de una asfixiante cotidianidad, muy bien explorada
por la textura del montaje, en particular por Evelyn
Viamontes, quien consigue en el plano actoral un excelente
desempeño dentro de códigos que habitualmente
no reconocemos.
El Guiñol de Santa Clara no
falta a su oficio titiritero, lástima que con
Los polluelos, dirigida por Allán Alfonso,
parta de una situación dramática casi
nula y sin desarrollo posible, resultando un esfuerzo
poco interesante. Los mismos méritos y defectos
de Los ibeyis y el diablo, de Mario Guerrero con el
Guiñol de Camagüey, en el cual el repetido
texto de René Fernández acusa corrección
y oficio, mas también monocordia y carencia
de interés. Otra cosa es Osobuco Soberbio a
la parrilla, de Armando Morales con Sahímell
Cordero. Una propuesta que valoriza al receptor infantil
y, por qué no, adulto partiendo de temas como
la opresión, la falta de libertad y la muerte.
El park nuestro de cada día,
del Conjunto Dramático de Camagüey, dirigido
por Jesús Rueda, en su intento por cubanizar
el texto destruye su perfecto entramado, resultando
una puesta pobre con un juego innecesario de teatro
dentro del teatro.
La hermosa función de Bacantes,
de Raquel Carrió y Flora Lauten, probó
la mayor aprehensión por parte de los nuevos
actores de Buendía de una partitura/estructura
de sentido que, a diferencia de montajes anteriores,
descansa más “fuera” de la creación
actoral, demostrando el extraordinario talento y conocimiento
del dueto esencial del grupo. Espectáculo siempre
abierto a nuevas lecturas e interrogantes ideológicas
y teatrales.
El metodólogo, de Rafael González
y Carlos Pérez Peña moviliza resortes
permanentes de la tradición de Teatro Escambray.
La crítica aguda al tejido social de la nación
a través de una puesta difícil por el
riesgoso lenguaje utilizado en ella, filo de la navaja
entre el mal gusto como elemento distanciador y la
precariedad de su asentamiento en el montaje mismo.
Un clásico como La mandrágora,
asumido también por el Conjunto Dramático
de Camagüey, naufraga al vulnerarse su sentido
profundo, vivo e inalterable, mas escondido entre
las peripecias, que parece ser lo único “captable”
para el elenco al mando de Lourdes Gómez. Por
su parte, Calibán Teatro en Jacques Hippolite
y su tambor se mueve entre la representación
y la narración oral, proponiendo Norah Hamze
a partir de un texto de Cos Causse, un espectáculo
de agradable y sencilla factura, toda una invocación
del Caribe que somos.
Pelusín y los pájaros
es perfecto, ni más ni menos. Y asumo la responsabilidad,
yo que no gusto de perfecciones en arte. Rubén
Darío Salazar, Zenén Calero y su Teatro
de las Estaciones reconstruyen, juegan, citan, rinden
tributo a la tradición de la cual, entre los
jóvenes, son sus mejores herederos. El títere-niño
de Dora Alonso y Pepe Camejo sorprende espléndido
tras el retablo, con gracia, inteligencia, animación,
gusto y vida infinitas.
La vuelta al ruedo de Ariel Bouza
con La cucarachita Martina y el ratoncito Pérez
retorna a Pálpito con inusitada fuerza. Simpático,
eficaz, titiritero, el montaje, a partir de la dramaturgia
de Abelardo Estorino, hace gozar al público
con las caracterizaciones de Maikel Chávez
y el propio Ariel.
Si un grupo es consecuente entre nosotros
con su estética ese es Estudio Teatral de Santa
Clara, pero con Soledades, aun cuando mantienen sus
habituales virtudes, no desarrollan las perspectivas
abiertas en sus más recientes montajes. La
puesta de Joel Sáez cautiva en su espacialidad
y despliegue de objetos, mas resulta demasiado abstracta
en sus referentes y planteos.
Lo contrario de La divina moneda,
un proyecto del Centro Promotor del Humor bajo la
dirección de Osvaldo Doimeadiós. Especie
de neovernáculo, aboga por un ejercicio humorístico
superador del chiste o el cuadro aislado. No rehúye
de ningún tópico, mas el tratamiento
de ellos dada su propia naturaleza lo convierte en
un espectáculo valioso y comunicativo a un
mismo tiempo.
De algún modo, Cuenteros, papalotes
y piratas, del Guiñol Santiago, se salva por
la gracia de Lilian Calá y Enrique Paredes,
porque el espectáculo de José Saavedra
es vivo ejemplo de esa dramaturgia para niños
a la que cuesta trabajo concentrarse en una historia
y se dilata, tornándose lenta y aburrida para
el espectador.
La puesta en escena de El diario de
Anna Frank, de Tony Díaz con la Compañía
Rita Montaner, posee valores en cuanto a construcción
espacial, diseño de luces, imágenes
grupales, los cuales le confieren un digno resultado,
que podría ser mejor de trabajarse la concentración
y síntesis de esas características presentes
en el lenguaje.
Para Argos Teatro, de Carlos Celdrán,
La señorita Julia, de Strindberg, representa
una escala en un lenguaje que exploran intensamente:
el del arte del actor con todas sus verdades. Al valioso
montaje, sin embargo, le falta algo, tal vez algunas
conexiones con nuevos referentes porque los que hallamos
en él no me bastan.
El Guiñol de Holguín
“salta” con La calle de los fantasmas,
la pieza clásica de Villafañe, asumida
por el grupo dejando atrás los títeres
de guante para los cuales fue concebida. Mezclando
técnicas, explorando el diseño y la
manipulación obtienen un resultado, sobre todo
en el plano formal cuyos límites deben vigilar
bien. También El sueño inmóvi,l
de Teatro Alas y Fernando Muñoz le otorga visibilidad
a este grupo, pero tendrán que seguir entrenando
todas las armas para poder asumir el lenguaje que
ellos buscan a través de las exigencias del
texto de Carlos María Alsina.
Teatro de la Luna prosigue su cadena
piñeriana con Electra Garrigó, de Raúl
Martín. Aunque el montaje se ha ajustado, no
logra desembarazarse de una lectura demasiado paródica
de una tragedia paródica, por lo cual pierde
la densidad, la agonía del discurso de Virgilio
Piñera. Amarilys Núñez sobresale
en su Clitemnestra Plá, pero los actores no
se mueven en similares códigos.
Pájaros de la playa demuestra
que el teatro experimental no puede ser un denominativo.
Del estreno a Camagüey el montaje se ha revisado
de verdad, buscando su respiración, encontrando
la filigrana del excepcional desempeño de sus
actores. Riesgo puro entre lo narrativo proveniente
de Severo Sarduy y lo representacional, exploración
en el borde del dolor, la enfermedad y la muerte.
Nancy Campos y Dagoberto Gaíza
recurren a su extensa experiencia y su intensa tradición
popular para ofrecernos una imagen piñeriana
de Dos viejos pánicos. Ramiro Herrero, como
director, refuerza el miedo interior de los personajes,
a la vejez, a la muerte en vida, sin soslayar el juego,
la parodia. A veces se agotan un poco los recursos,
pero la representación no se olvida.
En Los músicos de Bremen, de
Antonio Liuvar García con El Retablo encontramos
el defecto de una puesta que, pretenciosa, lo quiere
tener todo sin dosificar niveles, elementos. Por eso
es densa, pesada a veces, alejándose de las
referencias de los niños.
Albio Paz sigue empeñado en
el teatro popular callejero y Juan Candela es su mejor
resultado hasta aquí al frente de El Mirón
Cubano. Solo habrá que insistir en seguir hallando
las claves dramatúrgicas que exige el espacio
abierto, aquí aun más complicadas por
la proveniencia narrativa de los cuentos originales
de Onelio Jorge Cardoso.
Este es Camagüey, según
lo vi y disfruté. Porque las mesas redondas
apenas trajeron nada nuevo, acaso solo el dedicado
al teatro de calle; el consenso sobre la eliminación
de los Encuentros con la Crítica apuntó
a recuperarlos, si bien en un espacio adecuado, fértil
e inteligente, como el que también exige el
Boletín que, no obstante, mejoró. Necesarios
homenajes y condecoraciones ya fueron reseñados
en los espacios correspondientes, cuestionamientos
aparecerán con justicia en otras publicaciones.
Quise no eludir mi responsabilidad profesional como
crítico, sin contrapuntear con señalamientos
de jurados, evidenciados en los premios, ni de otros
colegas. Es esto lo que creo de cada puesta, esa célula
mínima y máxima a un tiempo, sobre la
que estamos obligados a emitir opiniones huyendo de
generalidades inútiles, como las mismas mías
de otros tiempos.
Cádiz fue tal vez la primera
ciudad de Europa. Fundada por los fenicios, puerta
al Atlántico, es hoy hermosa, hecha a la medida
de los seres humanos, con el mar rodeándola.
Desde casi dos décadas atrás es la capital
del teatro latinoamericano en España, país
que, increíblemente, mira cada vez menos más
allá del mar. Sin embargo, el equipo gaditano
del Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz,
con Pepe Bablé al frente, persiste y me parece
que logra conservar el sentido y espíritu originales
del evento. Siguen reuniéndose allí
hacia la segunda mitad de octubre teatristas, estudiosos,
directivos, editores, críticos, marchantes...
todos los que hacen el teatro en esta región
del mundo.
El festival es muy concentrado, apenas
tres o cuatro espacios fundamentales para las funciones,
solo algunas actividades paralelas, un foro crítico,
una villa adecuada, modesta y suficiente para casi
todo, traslados por tu cuenta. Los organizadores enfrentan
la eterna lucha por los financiamientos y logran escoger
producciones que dan la medida de cómo va la
creación escénica en el continente.
Si por razones de espacio tuviera
que quedarme con un único espectáculo
de su diecisiete edición, no dudo en mencionarles
La muerte de Marguerite Duras, un unipersonal escrito
y actuado por Eduardo Pavlovsky y dirigido por Daniel
Veronese, que es uno de esos testimonios teatrales
que sobrepasan las fronteras del arte para convertirse
en recuerdo eterno sobre nuestras experiencias todas.
Guanare es caliente todo el año,
queda en los llanos, al suroeste de Caracas unos setecientos
kilómetros. Ciudad pequeña, casi pueblo,
el Festival de Teatro de Occidente la ha ido colocando
en la geografía, primero de Venezuela, luego
del continente y más tarde del mundo, en la
medida que el evento, ya en su vigésimo encuentro,
ha ido trayendo hasta allí grupos y personalidades
de todas partes.
Lo más interesante es que la
humildad del festival no empaña para nada sus
objetivos, diría incluso que los incentiva
al compartir cotidianamente todos los espacios, propiciando
el diálogo, el conocimiento y la confrontación.
Una oportunidad especial para observar buena parte
del teatro venezolano, cosa que cuento en detalle
en un próximo número de Conjunto.
Cuestionados con razón porque
han sido ganados por los males de la grandilocuencia
y los objetivos extraculturales, los festivales son,
sin embargo, imprescindibles para conocer el teatro
de cualquier parte del planeta y también para
mostrar lo nuestro. No siempre, como hemos visto,
obedecen a presupuestos torcidos. Las ciudades que
los acogen se convierten así en parte de una
geografía del teatro y las imágenes
de edificios y espectáculos se montan en mi
mente al mismo tiempo.
Fuente:
La Jiribilla
Abril
2003
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