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Itzik Galili,
“Mi obra exige siete pianos afinados a la vez”
Laura KUMIN
| Itzik Galili es un
ejemplo claro de un talento que ha encontrado
tierra fértil en Holanda, un país
tradicionalmente generoso a la hora de acoger
artistas internacionales y con un sensato sistema
de apoyo a los creadores tristemente ausente en
España. En los doce años que este
creador israelí lleva en Holanda, se ha
establecido como uno de los coreógrafos
más respetados del país. Además
de dominar un amplio vocabulario coreográfico
con gran maestría, Galili es contundente
a la hora de tratar temas de crítica social
o de asumir grandes riesgos artísticos.
En Chronocracy, la obra que representará
en el Teatro de Madrid, el espacio escénico
está dominado por un enorme colchón
y siete pianos. La reposición de esta coreografía,
estrenada en 1996, vuelve a enfrentar a los catorce
bailarines con una superficie que cambia radicalmente
sus posibilidades físicas, mientras les
obliga a convertirse en músicos. |
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–¿Cómo surgió
Chronocray?
–Confieso que al principio me lo planteé
como una misión imposible, algo para divertirme.
Gene Carl, el compositor, y yo jugábamos a
cambiar el mundo de nuestros bailarines como si fuéramos
dioses. Primero me pregunté si los bailarines
serían capaces de hacerlo. Además encontré
en Carl un compositor dispuesto a arriesgarse así
con su música.
–Dispone un colchón que
cubre la totalidad del escenario ¿Cuál
fue su mayor reto a la hora de crear una coreografía
dentro de un contexto que rompe los parámetros
físicos de los bailarines?
–Al principio los bailarines sólo querían
saltar y divertirse con el colchón. El reto
para todos fue cómo crear una coreografía
en estas circunstancias. Poco a poco se establecieron
unas reglas básicas pero no antes de rompernos
alguna costilla. Es una obra muy inocente pero las
complicaciones técnicas son tremendas. Siete
pianos tienen que estar afinados conjuntamente, hay
catorce bailarines, un contratenor y un violinista.
–No todas sus piezas son tan
lúdicas. En For Heaven´s Sake hacía
un duro y poético alegato contra la violencia.
¿Qué responsibilidad tienen los creadores
dentro de una sociedad en conflicto?
–Los artistas nos sentimos impulsados a vomitar
nuestras entrañas y queremos que los espectadores
vengan a vernos, a amarnos y a decirnos que vamos
a cambiar el mundo. Es una metáfora y así
lo puedes interpretar. Pero creo que la pregunta más
importante que nos tenemos que hacer es ¿para
quién estamos haciendo lo que hacemos?
–¿En qué sentido
ha afectado a su trabajo vivir en Holanda?
–Todo el mundo señala mi origen israelí,
pero para mí es simplemente el lugar donde
yo pasé mi juventud. Mi obra es lo que es ni
nada más ni nada menos.
Foto:
Karel Zwaneveld
Fuente: El Cultural
Abril 2003
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