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A la puesta
le falta sensualidad en escena
Especial/El Nuevo Herald
NORMA NIURKA
Con la maestría
que caracteriza su obra dramática, Tennessee
Williams logró exponer nítidamente
los conflictos sociales y humanos que le preocupaban.
En El dulce pájaro de la juventud, estrenada
a fines de la década de 1950 y llevada
posteriormente al cine, reflejó la discriminación
racial, las diferencias de clase, la corrupción
en las altas esferas políticas y la degradación
de unos seres que van cayendo en el vacío.
Todo esto lo ajustó en una pieza que
rezuma sensualidad, decadencia, violencia y
dolor.
El Sur de Estados Unidos le pareció
al dramaturgo escenario ideal para ubicar estos
personajes que se enfrentan unos a |
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otros, en lucha por la preponderancia
y la supervivencia: la actriz envejecida, alcohólica,
manipuladora y venida a menos que se sirve de la juventud
de sus amantes; el joven mediocre aspirante a estrella
que se sirve de las damas mayores para sobrevivir o
escalar en su carrera; el político feroz, cacique
de su círculo, que respalda la segregación
racial; su hijo, buen aprendiz de asesino; la amante
prostituta. Todos corruptos, sin escrúpulos,
menos la joven objeto del amor del actorcillo, la única
que el autor salva de la corrupción y que es
la víctima de la pieza.
Sweet Monkey, compañía
de la actriz Zully Montero, ha estrenado la pieza
en el Teatro Abanico en una producción profesional
con vestuario adecuado a la época y una escenografía
de tres planos escalonados que resuelve tres espacios
diferentes.
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El director Eduardo
Corbé, ausente del teatro por seis años,
opta por hacer una versión donde mezcla
el texto teatral con escenas de la película.
Esto pudiera ser plausible, ya que se ha respetado
la esencia de la obra, pero las escenas ''cinematográficas'',
que intentan ser románticas, resultan
almibaradas e impuestas y rompen la unidad del
montaje.
A Corbé, ducho en el teatro naturalista,
se le escapa la profundidad del tema y parece
preferir la ligereza. Ejemplo de esto es la
recreación del personaje de la amante,
interpretado vivazmente por Marta Picanes, que
se nota fabricado para hacer reír. Tal
vez por ese ingrediente de |
comedia ajeno a la pieza, algunas líneas
(dichas con la intención debida) provocan risas
de un público que no se da cuenta de que está
riendo de algo muy serio (como cuando se trata de razas).
El elenco, de muy buenos actores,
parece estar presa de cierta desorientación
escénica. La sensualidad y la lujuria enfermiza
que debe existir entre la actriz, interpretada por
Zully Montero y el aspirante a actor, interpretado
por Carlos Caballero, es inexistente. Gravitan uno
alrededor del otro como si tuvieran miedo de tocarse
y no hay un solo momento de acercamiento real entrambos.
Esto es grave en una obra donde el sexo es el resorte
que mueve muchas cuestiones.
Carlos logra, sin embargo, un trabajo
interior interesante en la escena donde va intoxicándose
paulatinamente. Alfonso de Luca y Manolo de la Portilla
realizan un buen trabajo en sus personajes; y Jessica
Pacheco, aunque le falta experiencia, posee seguridad.
En el papel del cruel senador, Germán
Barrios convence plenamente con un deliberado cinismo
y un desarrollo lógico del personaje que otorga
a este actor una fuerte presencia escénica.
Para salvar el trabajo de todos los involucrados --que
debe haber sido arduo-- el director tendría
que reconsiderar su puesta en escena y, sobre todo,
recortar drásticamente el primer acto que resulta
aburrido e interminable.
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