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EL TEATRO
Y LA GUERRA
Norma Niurka
Los teatristas siempre han sido abanderados
de las utopías y las misiones imposibles, de
manera que no es extraño que estén dispuestos
a mantener la llama viva en el escenario aún
en las peores condiciones.
Durante la guerra civil en Sarajevo,
un grupo de actores que representaba Esperando a Godot,
de Samuel Beckett, continuó trabajando mientras
estallaban las bombas, sin jamás detener una
función, hasta que el teatro quedó prácticamente
en ruinas.
Pero no hay que ir tan lejos para
comprobar esta pasión de artistas: el Festival
Iberoamericano de Teatro de Bogotá --uno de
los mejores de Latinoamérica-- se ha realizado
por décadas en condiciones realmente duras,
con la amenaza constante del terrorismo que no admite
divertimentos en masa.
Se inauguró en 1988 durante
una de las épocas más activas del terrorismo
en Bogotá, donde caminar por las calles era
un riesgo para periodistas y artistas visitantes.
Todos los días pensábamos que suspenderían
el evento y todas las noches volvía a abrirse
el telón.
Una noche, hubo un fuerte estallido
en el escenario del Teatro Nacional, durante una representación.
Era una bomba colocada en el baño que daba
al fondo del escenario. Un conserje resultó
herido y el público abandonó el teatro
organizadamente. Al otro día, libre de escombros
y reconstruida la pared del escenario, se presentó
la obra nuevamente.
En 1990 el festival se hizo en medio
de una grave crisis de energía eléctrica
que hacía una proeza caminar por las calles.
También en Israel el pueblo
se ha acostumbrado a la rutina del terror, y los teatristas
saben continuar su labor en medio del caos. Hace dos
años, mientras visitaba ese país junto
a un grupo de periodistas culturales de Latinoamérica
con el objetivo de presenciar todo tipo de actividades
artísticas, se desató una impresionante
oleada de ataques suicidas que iban sucediendo muy
cerca de nosotros. Sin embargo, hasta asistimos a
un importante festival de danza-teatro que no suspendió
funciones ni una sola noche.
En Bagdad los teatros continuaron
sus funciones hasta unos días después
de que Estados Unidos e Inglaterra declararan la guerra
a Irak (que hoy cumple 16 días).
El pasado 3 de marzo, como anticipo
a la celebración del Día Internacional
del Teatro (27 de marzo), teatristas de diversos países
celebraron lecturas simultáneas de una obra
creada en el 411 antes de nuestra era: Lisístrata,
de Aristófanes.
Se trata de una sátira antibélica
donde una matrona ateniense presenta un plan a las
mujeres para detener las guerras del Peloponeso. Todas
se parapetan en el Acrópolis y se niegan a
tener sexo con sus maridos hasta que éstos
depongan las armas y hagan la paz con Esparta.
La convocatoria logró efectuar
1,029 lecturas en 59 países (entre ellos, Australia,
Alemania, Suiza, Francia, Rusia, China, Islandia,
México, Venezuela, Argentina y los Estados
Unidos), superando el cálculo de los neoyorquinos
que tuvieron la iniciativa.
Todos evocaron al unísono a
uno de los dramaturgos más grandes de la antigüedad.
Aristófanes era un conservador que detestaba
la renovación de ideas en el terreno político,
social o artístico. Actualmente, por su Lisístrata
a voces, lo llamarán avanzado.
Fuente:
El Nuevo Herald
Abril
2003
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