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La guerra,
en un tono liviano
Camilo Sánchez
Toque de queda, escrita y dirigida
por Carlos Gorostiza, ostenta un humor zumbón
y porteño. Es el debut del autor en el San
Martín.
Carlos Gorostiza, como los buenos
cuentistas o los corredores de fondo, tiene en cuenta
el inicio y el final de una historia, y se pone a
trabajar. Toque de queda se abre con el fantasmal
personaje de Pericles observándolo todo, perdonavidas,
desde mucho antes de su ingreso a la pura acción.
Y el mariscal del silencio, como se hace llamar, el
hombre que oficia de general de la norma, permanece
comandando el escenario —bajo una luz violácea
y feroz— aún después de su caída
y su declive.
El autor señero —que
ya anda por los 82 y que con esta pieza que él
mismo se encargó de dirigir debuta en el Teatro
San Martín—, acaso sugiere que el Mariscal
sea una construcción previa. Una figura temeraria
y errática surgida desde varios frentes por
los prejuicios del novio (Nicolás Mateo) y
la tilinguería de la novia (Micaela Iglesias),
por las manipulaciones de la madre (Lucrecia Capello)
y por un padre (Roly Serrano) excesivamente ausente.
La anécdota central se ubica
una noche de 1945, en que la ciudad está de
festejos porque se le ha puesto fin a la Segunda Guerra
Mundial. El agente (un notable Villanueva Cosse) es
una rara mezcla de militar y espía que irrumpe
en la trama sin vuelo de una familia de Buenos Aires.
Y dispone de cada uno de ellos con suerte diversa.
En ese presente sostenido que es de
alguna manera el desarrollo escénico, Gorostiza
juega a trastocar el tiempo. La pieza está
cruzada por una idea tentadora que, tal vez, proponía
una profundización y golpes de efecto aún
mayores. Los personajes, por alguna razón inexplicable,
echan ancla en lo que va a venir. "Ustedes se
van a casar porque aún no han llegado los hippies
melenudos del amor libre, que recién van a
aparecer en los sesenta", dice, más o
menos, la madre. "Ese pañuelo, ese pañuelo
me recuerda al que usarán las madres reclamando
a sus hijos", se enerva el Mariscal.
En medio de un humor zumbón,
porteño y hasta anodino, Toque de queda se
despabila con algunos tramos indelebles. Uno, la perplejidad
del inicio: el final de la guerra visto con la liviandad
que a veces se escucha, en estos días, en los
bares. En ese caso, el texto parece urgente y metafórico,
escrito con una anterioridad de media hora, no más.
Dos: el hijo, amordazado, adherido a una silla, cruzando
el escenario rabioso: hijoeputa, hijoeputa, hijoeputa,
balbucea su grito mordido. Tres: los mínimos
instantes en que el Mariscal flaquea y le sale una
vocecita corrugada e infantil, amanerada. Cuatro,
la apelación final y la apuesta a la juventud
del novio y a la conciencia de la madre, para comandar
juntos una rebelión que parecía no desatarse
nunca.
En un marco de actuaciones parejas,
la presencia corporal de Villanueva Cosse, el tono
de bronca contenida de Nicolás Mateo y el maniqueísmo
que impone Lucrecia Capello a su Marga resultan llamativos
en el marco de un escenario austero que se sostiene,
sobre todo, en los juegos de luces monitoreados por
Héctor Calmet y Miguel Morales.
El dictador, al final, exiliado y
perdido, permanece igual al acecho en su ausencia.
Acaso el miedo y el desprecio de la familia requieran,
por qué no, de su irrupción violenta.
La contención de lo no dicho pueden convocarlo
y él, entonces, golpeará la puerta.
Una vez más.
Fuente:
Clarin.com
Abril 2003
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