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No hay paladar negro que valga
Olga Cosentino

Top Dogs trata el desempleo entre los altos ejecutivos. Buenas actuaciones y eficaz puesta de Cristian Drut.

Desde siempre, cualquiera puede ser "echado como un perro" del trabajo y condenado a "sufrir como un perro" los efectos materiales y morales del desempleo. Cualquiera, también, puede completar la secuencia "muriéndose como un perro".

Pero hasta hace poco, los gerentes de grandes corporaciones —en la jerga, top dogs ("perros de presa" o "perros de arriba")— se sentían a salvo del destino de "los de abajo". Adictos al trabajo y capaces de hincar los colmillos donde la estrategia empresaria lo aconseje, hoy los top dogs terminaron siendo, sin embargo, no más que una categoría —alta, sin duda— de bestia al servicio de un modelo que utiliza o descarta según su funcionalidad.

Bien elegida la referencia cani na para aludir al deshumanizado paisaje global, la denominación de top dogs sirvió al dramaturgo suizo Urs Widmer (1938) para titular la obra sobre siete ex gerentes enviados, por la empresa que los "desvinculó", a una compañía líder en outplacement (traducido: "en reciclar y/o readaptar desempleados jerárquicos").

Con un humor corrosivo que roza la caricatura, la obra desarrolla una sesión de psicoterapia post laboral en la imaginaria New Challenger Company. En torno a una mesa "de directorio", los ex ejecutivos disponen de sus celulares y otros objetos simbólicos del status perdido, mientras se revelan incapaces de reflexionar sobre lo que les pasa sin apelar a la retórica vacía del mundo de las finanzas, cargada de vocablos en inglés. Excepcionalmente, aflora en alguno la angustia por haber dejado de pertenecer o los conflictos familiares derivados de la nueva situación. Todos esperan su reinserción laboral que, si llega, será desventajosa pero conservará la apariencia relevante, tan valorada en ese mundo ficticio.

Ciertamente filoso en la ridiculización de esa fauna social que vive, se reproduce o muere según los designios del mercado, el texto de Widmer no profundiza: se queda en lo meramente descriptivo. En este sentido, ya en 1949 Arthur Miller había denunciado, en La muerte de un viajante, el desastre humanitario que provoca la codicia del capitalismo. Y la inevitable evocación de aquel monumento dramático resalta la modestia de esta revisión del tema que, aunque más cruel y más obsceno, sigue siendo el mismo.

En cuanto a la puesta en escena, Cristian Drut encontró el modo de subrayar la mentira sobre la que se sostiene el orden económico que manipula a los personajes. Más que teatro dentro del teatro, el director apeló al teatro sobre el teatro. Una suerte de sobreimpresión, a la manera de las transparencias que, superpuestas, arman una imagen que no existe en ninguna. La música, los recursos multimedia, el vestuario, la luz y la escenografía construyen el simulacro de eficiencia y asepsia requerido. En el programa de mano, diseñado como un organigrama empresario, la supuesta New Challenger Co. aparece auspiciando el espectáculo; y los personajes llevan los apellidos de los actores.

La señora Garibaldi y la señora Gagliano, así como los señores Acuña, Bril, Fagnani, Milsztein y Rodríguez comunican acabadamente la fatua estupidez de quienes creen de veras que la autoridad y la cuenta bancaria son tan inalienables como el ADN. Los actores se expresan y gesticulan con la impostada frialdad de los técnicos que encarnan. Se sientan, chequean sus agendas y se mueven con la esa hiperkinesia controlada que incorporaron a su comportamiento antes de ser eyectados de sus cargos.

Impecablemente traducido por Silvia Fehrmann, el texto se habría beneficiado con algún corte sobre situaciones reiterativas. A pesar de lo cual, los aciertos de la puesta y las actuaciones redondean una comedia oscura que ilumina con luz cruda el frágil pedestal donde se envalentonan los top dogs antes de la caída.

Elclarin.com
Abril 2003

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