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¿NUEVOS
CAMINOS EN EL TEATRO LATINOAMERICANO?
Magaly Muguercia
Los últimos años han
traído cambios en la realidad social, económica
y política latinoamericana. En los años
setentas, se consolidan en el poder algunas dictaduras
militares en países de la América del
Sur; entre 1973 y 1983 resultan derrocados los regímenes
revolucionarios de Chile y Granada; la vía
de la lucha armada sigue destinos muy diversos. Triunfa
la revolución nicaragüense. Se conforma
un área de crisis en Centroamérica.
Más recientemente, se inician procesos de apertura
democrática en países de América
del Sur y el Caribe. El desarrollo contradictorio
del capitalismo de nuestros países en gran
parte dependiente, produce un intenso crecimiento
de la urbe, y el aceleramiento de la modernización
en la vida cotidiana. Junto a esto se manifiestan
las consecuencias pauperizadoras del intercambio desigual
y se produce el crecimiento monstruoso de la deuda
externa. Nuevas alianzas, que refuerzan la unidad
latinoamericana, están teniendo lugar. Las
vías de la lucha por la transformación
revolucionaria de la sociedad latinoamericana se han
complejizado en razón de estos y otros factores.
A estas alturas de los años ochentas, en la
vida espiritual y material del continente aparecen
rasgos que no se revelaban todavía con claridad
hace quince o diez años.
También transformaciones de
orden político, económico, tecnológico
e ideológico a nivel mundial tienen necesariamente
una repercusión en la realidad latinoamericana.
Los movimientos ideológicos "alternativos",
que cobran auge originariamente en Europa desde finales
de los años sesentas y también en los
Estados Unidos, proponen nuevas formas de participación
social, con fuerte énfasis en la expresión
del individuo y la micro-comunidad; se pone en tela
de juicio la vía de acción de los partidos
políticos tradicionales. Estas corrientes sociales
e ideológicas surgidas fuera del marco latinoamericano,
encuentran un terreno propicio para su influencia,
en virtud de un proceso lógico de aculturación,
acelerado ahora por el vertiginoso avance tecnológico,
la explosión de las comunicaciones y en razón,
además, de aquellos cambios internos que se
han registrado en el panorama continental durante
los últimos quince años.
Es necesario también, para
abordar el análisis que me interesa, no olvidar
las peculiaridades que presenta el desarrollo del
lenguaje teatral en las últimas décadas
a nivel mundial, en una etapa que algunos han denominado
posbrechtiana.
En una rápida síntesis
podría decirse que esta evolución acusa
las siguientes tendencias:
Un interés marcado por el trabajo
del actor, por descubrir nuevas vías para el
desarrollo de sus posibilidades corporales y vocales
y el consiguiente empleo artístico de las mismas.
A este nuevo interés contribuye la expansión
del enfoque semiológico del teatro, que examina
al actor no como mero intérprete pasivo de
intencionalidades del autor y el director, a los cuales
se subordinaría, sino como un productor de
signos y sentidos directamente comprometido en la
"escritura" del texto escénico.
Una tendencia a restringir el uso
de la palabra, opción que tendría su
raíz ideológica en el sentimiento de
devaluación de esta como vehículo de
discursos engañosos y mitificadores.
Un proceso de reconcepción
de la dramaturgia, según el cual esta tiende
cada vez más a aparecer no como realidad autosuficiente,
de naturaleza literaria, a la que la escena tiene
la función de "traducir" a otros
materiales y códigos, sino como una operación
estructurante consustancial a la naturaleza del arte
teatral, no sólo vinculada al uso de los códigos
verbales. En el trabajo con los clásicos se
fortalece y encuentra nuevos campos la opción
de la lectura remodeladora, estimulada también
por el enfoque semiológico.
Una corriente participacional, que
exalta el principio lúdicro, el carácter
ceremonial del acto teatral, que tiende a movilizar
en el espectador procesos eminentemente sensibles,
intuitivos, no operaciones racionales, y que acentúa
la fusión de arte y vida.
Una corriente antropológica
que se orienta hacia el estudio del comportamiento
humano y las formas originarias de su expresión
cultural.
Sería contra este amplio telón
de expectativas ideológicas y estéticas
renovadas y complejizadas, de caminos preñados
de tensiones, que se está llevando a cabo la
práctica teatral latinoamericana de la última
década.
Intentaré ahora caracterizar
algunas tendencias generales que podrían estar
sirviendo de canal al reajuste que hoy tiene lugar
en el teatro del continente. Siendo enorme por su
magnitud geográfica la América Latina,
y muy diversas las realidades nacionales que alberga,
asumo el riesgo de tratar de encontrar, entre esa
heterogeneidad, los puntos que podrían resultar
comunes, salvando muchas otras especificidades.
El viaje a la subjetividad
Quisiera citar aquí un fragmento
de una entrevista reciente a Osvaldo Dragún.
Un periodista le preguntaba al destacado
teatrista argentino qué evolución había
en su trabajo en los últimos años y
él respondía:
No hay una evolución especial
en el trabajo, que yo pueda notar... Salvo, de pronto,
como una necesidad de empezar a sacar conclusiones
hacia atrás, empezar a revivir causas posibles.
La última obra que terminé me llevó
mucho tiempo, siete años. Se llama Hijos del
terremoto, y es más que nada eso, tratar de
rescatar imágenes autobiográficas, que
tienen que ver conmigo, con mi generación,con
determinados sucesos que, para nosotros, fueron como
citas heroicas en el tiempo. Tratar de preguntarme
a mí mismo,por qué estoy siempre como
yendo y volviendo. Por qué estoy viviendo en
un lugar donde siento siempre que el piso se me mueve
bajo los pies. Por eso la obra se llama Hijos del
terremoto y pasa en Buenos Aires, donde se supone
que no hay terremotos... Pero es una sensación
muy fuerte, como de precariedad. Todo se vuelve muy
precario, los proyectos, las empresas, las relaciones...
1
Creo que hay un movimiento espiritual
en los teatristas latinoamericanos que está
conduciendo sus búsquedas hacia el interior
del individuo, una necesidad de emprender un viaje
a la subjetividad que pudiera contrastarse con la
concepción épica, dirigida al reflejo
de conjunto de los grandes movimientos sociales, que
presidió gran parte del teatro de los sesentas
y los setentas. Este interés nuevo por apresar
los resortes más profundos de la conducta y
penetrar en el debate interior del individuo, no necesariamente
implica una pérdida de conexión con
la circunstancia histórica, con la experiencia
colectiva, como creo que muy bien se percibe en las
palabras de Dragún cuando describe su situación
personal como creador. Recientemente leí una
obra argentina de una escritora hasta hace un año
inédita, en la que me pareció ver la
expresión extrema de este equilibrio entre
una intensa subjetivización del enfoque y la
aprehensión raigal de un presente muy concreto
y ciudadano. La obra en cuestión, escrita en
1983, vendría a ser un estremecedor testimonio,
fuertemente teatralizado e imaginativo por sus formas,
de la tensión debilidad-dignidad de un individuo
frente a la deshumanización fascista, la represión
y la tortura. Es susceptible, desde luego, como se
dice hoy, de múltiples lecturas, que no excluyen
esta del individuo confrontado en toda su intimidad
con un trozo arrancado a la historia argentina más
reciente. Las peculiares tradiciones, muy ricas, de
la dramaturgia argentina, permitirían desde
luego innumerables apoyos a esta hipótesis.
2 Pero precisamente por eso no me he referido a Griselda
Gambaro, o a Eduardo Pavlovski, sino a Osvaldo Dragún,
autor menos comprometido con una línea introspectiva.
El crítico Yan Michalski, por su parte, destacaba
hace poco como el logro más sólido de
la dramaturgia brasileña de los años
ochentas las obras de Alves Souza, en las que este
"explora los fantasmas de su infancia y juventud".
3 Este probable nuevo interés en el individuo
era notado por una crítica cubana en el Festival
de las Américas celebrado en Canadá
en 1985, cuando señalaba que, frente a la muestra
del Bolívar de Rajatabla, Novedad de la Patria,
de Luis de Tavira y María Antonia de Roberto
Blanco (Venezuela, México y Cuba), donde prevalecía
el despliegue épico, el mayor impacto lo produjo
el magnífico unipersonal argentino Facundina,
de la actriz Graciela Serra, donde se trataba "de
un destino individual inmerso en la historia".4
Una de las corrientes más importantes
del teatro cubano en los últimos años
es, precisamente, la de esta "vuelta al interior",
pero en su vertiente a mi parecer más rica,
la que establece vasos comunicantes con la historia.
De ella provienen las mejores obras de la dramaturgia
reciente: Estorino (el Milanés y Morir del
cuento), Abilio Estévez ( Zenea) y Alberto
Pedro (Week end en Bahía), y hacia ella confluyen
varios de los experimentos escénicos más
significativos vistos en los tres últimos años:
Juegos de la trastienda, Lila la Mariposa, Los gatos,
Historia de un caballo, En el parque y Accidente,
último estreno del grupo Escambray. En este
espectáculo -de un grupo que lidereó
en Cuba el movimiento del "teatro nuevo"
y la creación colectiva, y que sigue hasta
hoy trabajando en esa línea- el protagonista,
un obrero metalúrgico, dialoga con la muerte
y con su propia conciencia en los límites entre
la vigilia y el sueño; el latido de su corazón
y el ritmo de su angustiosa introspección se
expresan en numerosos signos escénicos -visuales,
sonoros, en el juego del actor-.
El teatro cubano, sin dejar de reconocer
su especificidad, dada por la existencia de un régimen
socialista, ¿no estará aquí reflejando,
además de necesidades internas del desarrollo
de la sociedad y el arte cubanos, un entronque con
nuevas tendencias del teatro latinoamericano, del
que hemos sido parte muy activa en los años
sesentas y setentas?
Los "viajes a la subjetividad"
se presentan, como vemos, tanto en el nivel de la
creación dramatúrgica como en el del
lenguaje escénico.
Encuentro, sin embargo, en esta tendencia
a subjetivizar e interiorizar la imagen, otras vertientes
en las que ese individuo tiende a romper los vínculos
con su circunstancia y se encierra en sí mismo,
establece una incomunicación entre el dilema
existencial y la historia. En los casos de plasmación
artística más endeble, esta otra vertiente
suele tener la marca de un hermetismo que se me antoja
cosmopolita, desvaído; un universalismo vago,
sin verdadera sangre. El espectáculo unipersonal
de un inteligente y joven actor peruano que tuve oportunidad
de ver en Cuba me dejó exactamente esa impresión.
Posteriormente leía el comentario de un crítico
sobre otra obra anterior de este mismo artista, presentada
en Perú. El crítico la defendía
como algo difícil, pero fascinador; decía
ver en ella "una lucha de todos contra todos,
sin certezas, ni aspiraciones ni mañana",
a lo que el joven artista replicaba: "porque
no vemos salidas, por lo menos no a nivel real".5
Experiencias en México, Venezuela, en Chile,
en Uruguay, Argentina y Colombia, parecerían
atraídas hacia este otro polo de la subjetivización.
Se trata de fabricar situaciones, personajes y soluciones
escénicas marcadamente crípticas o volcadas
a la autocontemplación. No pocos de estos testimonios
aparecen localizados en Perú, país en
el que ha surgido en estos últimos años
uno de los fermentos teatrales más activos
y contrastados de la América del Sur.
Desde luego, no pienso que todo arte
tenga que ser fácil, accesible, o acusar una
vocación política o didáctica.
Pero sí temo que el ensimismamiento presente
en una zona del teatro latinoamericano, por paradójico
que parezca, a pesar de su refinamiento y sus búsquedas
recónditas, pueda llegar a ser terreno abonado
para la intrascendencia vital y artística.
Metaforización
Con esta posible tendencia de "interiorización"
frente a la concepción épica y el propósito
didáctico que predominó en los sesentas
y los setentas podría asociarse una acentuada
opción de nuestros teatristas por la alusión
oblicua, metafórica, a la realidad, pero no
al modo de las transparentes parábolas brechtianas,
sino por una vía que más se acerca,
unas veces, a la intensa subjetividad de la metáfora
expresionista, con su distorsión torturada
de los contornos; otras, al onirismo. Pienso, de nuevo,
en la línea de la dramaturgia argentina que
se remite a las fuentes del extraordinario grotesco
criollo; pienso en la clarinada del Teatro Abierto,
que se hizo oír entre 1981 y 1983 amparada
en las mediaciones de la metáfora; pienso en
algunas obras de los uruguayos Rosencof y Varela,
en la dramaturgia chilena de estos largos años
de dictadura que tan claramente representan, en esta
línea, Juan Radrigán, David Benavente,
Vodanovic y otros.
En esta operación de un teatro
que se apoya estructuralmente en la metáfora,
hay algo más que una necesidad táctica.
El camino de la alusión indirecta a la realidad,
expresaría una necesidad aún más
esencial, de interiorización poética
del mundo. En obras como La empresa perdona un momento
de locura, del venezolano Santana; Quíntuples,
del boricua Luis Rafael Sánchez; Bolo Francisco
o La cárcel encantada, del dominicano Reinaldo
Dysla, no es una necesidad coyuntural de enmascaramiento
lo que dicta el discurso indirecto, la traslación
de los sentidos a soportes simbólicos.
El símbolo con su abanico de
significaciones lo encontramos en numerosos trabajos
escénicos: en el reciente Encuentro de zorros
de Yuyachkani, en el Juan Moreira del Teatro de la
Libertad, en la Macunaíma de Antunes Filho
y sus trabajos posteriores. En Cuba, podría
remitirse a los experimentos escénicos de Berta
Martínez con la dramaturgia de Lorca; pero
seguiría una larga enumeración que incluye,
desde los maestros Revuelta y Blanco y las controvertidas
puestas en escena de Flora Lauten, hasta novísimos
autores y directores acabados de egresar de las escuelas
de arte. En el trabajo actualizador de los clásicos
del teatro o de la narrativa, encuentran hoy muchos
dramaturgos y directores latinoamericanos materia
propicia para esta referencia oblicua a la realidad.
En el Cono Sur, en Brasil, en el Caribe, en los países
andinos, los clásicos han venido proporcionando
en los últimos años, a veces, una salida
frente a la censura, pues permiten cifrar el lenguaje;
otras, no sólo eso, sino la posibilidad de
ejercer una voluntad reinterpretadora de nuestra historia
y nuestras culturas, el camino de una reflexión
ética, filosófica, referida a la actualidad.
A las libertades de los teatristas
contemporáneos para releer a los clásicos,
en las que se expresan necesidades ideo-estéticas
y de experimentación con el lenguaje teatral,
agrega el teatrista latinoamericano sus propias razones
otras, donde se entremezclan urgencias que van desde
las de la lucha política hasta el estudio de
los códigos de nuestras formas culturales autóctonas.
Cuando el clásico griego ha
sido sometido a la irreverente irrupción de
una cumbia (pienso en los trabajos de la Sociedad
Dramática de Aficionados de Maracaibo, por
ejemplo), o Michael Gilkes, en Barbados, juega con
sus negros héroes shakespeareanos y le introduce
un feerismo caribeño al Sueño de una
noche de verano, el clásico se afirma como
estímulo de una expresión teatral altamente
poetizada y nuestra.
Pero al releer muy libremente los
grandes textos, no sólo acuden nuestros teatristas
a los clásicos europeos del teatro, sino a
clásicos modernos del teatro nuestro y, sobre
todo, a los grandes de la narrativa latinoamericana
de este siglo. La conmoción causada por la
Macunaíma de Antunes Filho, según la
novela de Mario de Andrade -y a la que han seguido
otros espectáculos del mismo director hasta
el más reciente Hora y momento de Augusto Matraga,
también derivado de un gran relato, esta vez
de Guimaraes Rosa- podríamos agregar las varias
puestas en escena inspiradas en García Márquez
y, muy especialmente, en su Cándida Eréndira,
que ya cuenta con varias versiones en distintos países
del continente. Este y otros espectáculos inspirados
en la novela latinoamericana, como Traje de etiqueta
en Venezuela, El beso de la mujer araña y Doña
Flor y sus dos maridos, en Brasil -pronto veremos
la versión de Casas muertas, de Otero Silva,
que está preparando Rajatabla- aparecen por
lo general signadas por la exuberancia metafórica,
por una fantasía provocadora que integra lo
surrealista y lo grotesco. Parecería que una
escena de lo real maravilloso, del realismo mágico,
también quisiera abrirse paso entre otras búsquedas
que se alejan del realismo tradicional y el naturalismo;
algunos artistas convocan un tipo de poesía
escénica que bien pudiera ser el eco de una
sensibilidad dueña ya de sus propios espacios
en otras manifestaciones del arte latinoamericano,
como son la narrativa o la plástica.
Principio lúdicro.
El teatro callejero
Esta idea de un teatro latinoamericano
del realismo mágico, me conduce a considerar
algo que podría ser un amplio rubro caracterizador
de los nuevos derroteros que toma nuestra creación
dramática en estos años. Se trata de
una búsqueda nueva de delicia, de regodeo sensual
en la expresión teatral. Muy frecuentes resultan
en la crítica teatral latinoamericana de los
años ochentas, las manifestaciones contra la
intelectualización excesiva, contra la falta
de "fuego divino" en la comunicación
teatral. En tiempos recientes el colombiano Carlos
José Reyes alertaba contra una tendencia a
la "inversión de Brecht" que producía,
según él, "recitativos sentenciosos,
donde el sentimiento y la imaginación, la creatividad
y la poesía, ceden el terreno a un tipo doctoral
de racionalidad" 6 La justa prevención
contra la dogmatización de Brecht, presente
en numerosos trabajos de los últimos años,
sería una de las formas de expresión
de esa creciente demanda de espontaneidad y frescura
en la creación teatral.
Hay quizás en el aire un reclamo
de festejo, de aventura sensual, de asociaciones sorprendentes,
que igual moviliza a los iconoclastas brasileños
del Ornitorrinco que al dominicano Dysla, cuando hace
irrumpir en una sangrienta cárcel caribeña
a un Arlequín con sus artificios circenses.
Esta reacción contra una razón
demasiado rigurosa pudiera ser una de las causas que
han llevado a muchos teatristas latinoamericanos en
los años ochentas a exaltar el teatro como
celebración, el teatro fiesta de la comunidad,
el teatro callejero.
De Argentina llegan noticias de Enrique
Dacal y su Teatro de la Libertad, fundado en 1983.
En el ir y venir de la plaza bonaerense, Dacal despliega
su circo criollo. Dice que quiere "rendir culto
a la memoria y al futuro comunitario". "Debemos
-dice Dacal- celebrar nuestras vida y problemas, nuestra
condición, nuestra tradición, nuestra
historia y nuestros sueños." Todo es cómico
y circense, pero al personaje de Moreira -nos aclara-
le reservó el rango trágico, porque,
a través de él habla del "accionar
antipopular de las tiranías de mi país".7
En Puerto Rico teatristas, músicos y plásticos
fraguan desfiles carnavalescos contra la agresión
a Nicaragua y la carrera armamentista.
Colombia, de 1980 a esta parte, ha
producido una avalancha de mentores del teatro callejero.
En calles y plazas busca su ámbito una vitalidad
que quiere expresarse de modo espontáneo, con
pocas mediaciones racionales, sin inhibiciones ni
convencionalismos.
El principio lúdicro, que ya
estaba propuesto en el escenario que se adentra en
lo real maravilloso, se potencia en los espacios de
la vida cotidiana, donde el público es invitado
a participar de la poesía y de la magia, a
hacerlas él mismo. Hay muchos principios generosos,
humanos, democráticos, en la empresa del teatro
callejero: el teatro se abre a aquellos que no tienen
con qué comprar una entrada, se conjura el
arte elitista, y esto a menudo viene acompañado
por el estudio serio de los códigos culturales
arraigados en una comunidad. El teatro callejero mejor,
asume una función de defensa de nuestra identidad
cultural y muchos no vacilan -como en los ejemplos
mencionados- en combinar la ritualidad con el mítin
político. Ahora bien, de las múltiples
plataformas teóricas que ha generado en los
últimos cinco años el teatro callejero
latinoamericano -pronto se celebrará un festival
internacional de teatro callejero en Colombia- en
no pocas de ellas salta a la vista, entremezclada
con valores positivos, una tendencia mitificadora
de lo celebrativo y participacional. Aparece un verdadero
culto a la espontaneidad, una sacralización
de la función liberadora. Y de pronto, parece
como si el ideólogo del teatro callejero no
viviera en este continente. Como si esta realidad
nuestra -intrincada y, para algunos, desilusionante-
no tuviera ya más sus centros vitales conectados
con la lucha de los que han sido desposeídos
de toda libertad por una injusticia que es, en su
base, muy concreta y de orden económico. Fuertemente
atraída, en días recientes, por la lectura
de una inspirada poética del teatro callejero
que debemos al colombiano Juan Carlos Moyano, sentía
que los apolíneos, en verdad, no tienen derecho
a tender un manto pacificador sobre estas trepidantes
apoteosis dionisíacas que algunos artistas
se representan; que ellas tienen cabida -y que de
hecho se están ganando su espacio- en nuestras
necesidades de expresión de hoy. Pero no podía
menos de discrepar y polemizar, cuando llego, arrastrada
por un torrente de prosa imaginativa y centelleante
-no desprovista de algunos momentos de análisis
muy justos y lúcidos sobre problemas de la
cultura actual latinoamericana- a estas dos frases:
"La enemistad irreconciliable es entre las fuerzas
de la vida y los gobiernos, entre la alegría
y los ejércitos."8 Me parece, de nuevo,
un reclamo demasiado abstracto; tengo convicciones,
comunes a gran número de hombres de la cultura
latinoamericana, que me obligan a establecer una radical
diferencia entre los ejércitos que agreden
y sojuzgan y los ejércitos que, junto a los
pueblos, defienden causas liberadoras. De ellos hay
muchos en la historia latinoamericana.
En otra plataforma estética,
redactada este verano, un teatrista, también
colombiano, definía así lo él
llama "El Teatro de las Nuevas Tendencias":
El Teatro de las Nuevas Tendencias
[es], el teatro de grupo, el alternativo, el teatro
experimental, el de vanguardia, el teatro del futuro,
lo que importa es la fiesta, el rito, la ceremonia
que creamos cuando nos encontramos en un espacio común...8
Y más tarde hace un llamado
a "un teatro independiente, lejos de cualquier
manipulación ideológica", que no
esté al servicio "de ningún regente
partidista". Yo respeto otras ideologías
y sé que en la voz grande de nuestro continente
confluyen muy variados registros, pero quiero hacer
una observación: es justo reconocer que este
manifiesto del Teatro Taller de Colombia llama una
y otra vez a la unidad y a la pluralidad estética;
pero yo diría que, en sus líneas generales,
hace un énfasis excesivo, casi mitificador,
en la fiesta, el rito y la ceremonia. ¿No podrían
después, involuntariamente, derivarse de aquí
las justificaciones para oponer como cosas irreconciliables
la fiesta y la tribuna, la celebración y la
asamblea, la política y la vida? Es una observación
que les haría con todo respeto. Me parece imprescindible
reconocer los caminos fecundos que puede abrir en
nuestro teatro una incorporación del principio
lúdicro que recogería inquietudes muy
profundas del hombre contemporáneo, no sólo
explicables en Europa o los Estados Unidos. No es
sólo el camino derechamente didáctico
y concientizador el que puede dar estatura a nuestro
teatro y permitirnos trasladar a la creación
nuestros estremecimientos de hombres y mujeres de
este continente. Pero algunas absolutizaciones podrían,
sin quererlo, cerrar o confundir los caminos a nuestras
utopías de liberación humana.
El "tercer Teatro"
y su influencia en la América Latina
A lo largo de los diez últimos
años, las ideas y los experimentos generados
por Eugenio Barba y su equipo de colaboradores, han
sido un importante foco que ganó un ascendiente
cada vez mayor sobre la creación teatral latinoamericana.
Hace un año, en la Argentina,
Enrique Buenaventura hacía un balance del teatro
en su país:
En Colombia se están dando
dos fenómenos. Por un lado, un regreso, en
el peor de los sentidos, al teatro de compañía,
al teatro de director, etc., por otro, un vanguardismo
bastante anárquico, bastante desorganizado
que se canaliza sobre todo a través de las
propuestas de Eugenio Barba y el tercer teatro.9
La cultura de grupo y la preocupación
antropológica están vinculadas con esos
movimientos ideológicos "alternativos"
a los que ya había hecho referencia al inicio
de este trabajo. Ambos elementos se vinculan con nuevas
formas de expresión social que se han desarrollado
en tiempos relativamente recientes en el mundo, y
que también en el teatro han encontrado un
campo de aplicación. Estas preocupaciones hacen
irrupción en el teatro latinoamericano a mediados
de los años setentas. El Encuentro de Teatros
de Grupo celebrado en Ayacucho, Perú, en 1978,
bajo los auspicios de la UNESCO, podría señalar
un hito. Diez años después de Ayacucho,
aquella ola barbiana que se iniciaba entonces ha hecho
evidentes progresos. Dentro de unos días se
celebrará en Bahía Blanca, Argentina,
el Primer Encuentro Internacional de Teatro Antropológico,
realizado bajo la advocación del "tercer
teatro" y cuyo Coordinador General será,
precisamente, Eugenio Barba, quien insiste en su interés
por tomar a Latinoamérica como sede de sus
experiencias.
Pienso que las búsquedas de
Barba pueden resultar enriquecedoras para el teatro
latinoamericano si son asimiladas con creatividad,
sin mimetismo.
En primer lugar, porque el acercamiento
antropológico posee un signo científico
que podría ayudar a profundizar en el conocimiento
de la realidad latinoamericana, tanto en el terreno
de las manifestaciones originarias de nuestras culturas,
que están en el sustrato de nuestra identidad
cultural, como en el de otras esferas del comportamiento
humano que atañen de manera central al hombre
moderno latinoamericano. ¿Qué mejor
objeto de estudio antropológico, por ejemplo,
que ese migrante trasplantado a las urbes, desarraigado,
menesteroso y entremezclado con el mundo de los videos
y las computadoras personales? Una excelente experiencia
en este orden, de muy meritorio alcance artístico,
es representada por el grupo peruano Maguey, con sus
trabajos sobre los migrantes de la región de
Piura, o la Facundina argentina, basada en una investigación
sobre una india chiriguana. Son muchos los intentos
de este tipo que podrían citarse en estos últimos
años en distintos países del continente.
Los resultados artísticos y las potencialidades
culturales de muchas de estas empresas profundamente
humanas y latinoamericanas, no me dejan dudas sobre
las posibilidades del aporte antropológico
al teatro. En segundo lugar, el trabajo con el grupo
humano como célula cultural, que está
en el centro de las indagaciones del teatro antropológico,
tiene todo un campo abierto en Latinoamérica,
donde en los últimos diez o quince años
movimientos sociales de base, como el proyecto de
la Educación Popular, se han extendido por
todo el continente y están haciendo una contribución
a la tarea concientizadora y a la expansión
del mundo espiritual de las mayorías humildes
en barrios, comunidades, parroquias. Tarea sujeta,
desde luego, a los riesgos y las contradicciones que
plantea el ejercicio de una voluntad transformadora
no en- marcada en las formas tradicionales de la lucha
política. El movimiento de teatros de base
hoy en día se hace fuerte en Chile, en la Argentina,
en Colombia, en Brasil, en países del Caribe.
Sobre la posibilidad de una asimilación creadora
y no mimética del barbianismo me hacía
reflexionar un artículo chileno. Se aludía
en él a la actividad de cincuenta teatros de
base que ya funcionan vinculados a barrios e instituciones
culturales en ese país. La autora subraya el
valor de uno de esos grupos como centro de "terapia
grupal". "El pueblo llora, ríe, discute,
en una verdadera catarsis"; los temas pueden
ser la droga o la cesantía. A otro de estos
grupos, llamado Teatro Q, la autora lo catalogaba
de "instrumento de ejercitación para la
democracia". Un miembro del Teatro Q declaraba:
"Nuestro trabajo consigue sacar a la gente de
sus casas, integrarlas a su propia comunidad. Hay
una especie de fermentación, de comunicación,
una motivación para hacer cosas, para participar."10
El criterio antropológico de
propiciar una "catarsis de grupo" pudiera
preocupar a algunos en el sentido de si es esta la
mejor vía de activar las conciencias. Pero
no cabe duda de que, por el momento, muchas más
razones para preocuparse con la idea de un teatro
que fortalece la célula grupal y estimula una
expresión hacia el exterior, tiene el represivo
aparato estatal chileno; desde su óptica, no
pueden resultar tranquilizadores estos intentos de
hacer tomar conciencia al individuo sobre su pertenencia
a una comunidad, sobre sus carencias y sus posibilidades
participativas.
Me parece de igual manera innegable
el interés que poseen los estudios emprendidos
por Eugenio Barba en torno al comportamiento teatral
en diferentes culturas, principalmente orientales,
lo que le ha permitido establecer algunas hipótesis
sobre posibles leyes de la gestualidad y el movimiento
humanos en situaciones de representación. De
aquí se han derivado aplicaciones al terreno
de la técnica del actor, que en la actualidad
intentan teatristas de las más diversas latitudes.
Otra búsqueda de base antropológica
que, independientemente de su tendencia estética,
ha realizado aportes en el orden técnico, la
lleva a cabo desde hace años el Roy Hart Theatre,
que centra sus indagaciones en la voz humana y su
empleo teatral.
Ahora bien, creo que se trata de una
corriente que debe ser enfrentada con una visión
crítica, por varias razones.
En primer lugar, existe el riesgo
de asumir la óptica antropológica despojándola
del imprescindible prisma histórico. Por ahí
penetran las nostalgias arcaizantes o el mitificador
"viaje a los orígenes" que ya una
vez debilitó al teatro chicano. Recuerdo que
cuando el director chicano Luis Valdés hizo
su "viraje hacia el interior", a mediados
de los años setentas, figuras como Enrique
Buenaventura y Augusto Boal advirtieron al Teatro
Campesino sobre el peligro de convertir la búsqueda
de las raíces en una "ficción ahistórica",
según expresión de Boal. Buenaventura,
en una carta abierta a Valdés, le decía
en aquel entonces:
El opresor quiere que la identidad
se pierda en el pasado (mientras más remoto
sea el pasado, mejor) para que prevalezcan los mitos...
No le agrada que la identidad surja de las raíces
y los retoños representados en figuras como
Zapata, Sandino, Martí... Esta identidad continua
y vital es peligrosa para el sistema, es demasiado
lógica, demasiado concreta.11
Esto ocurría una década
atrás. Cuando hoy leo las teorizaciones de
algunos grupos latinoamericanos, siento que también
en ellas, bajo las banderas explícitas o no
del "tercer teatro" barbiano, se introduce
esa nostalgia, mitificadora, por los orígenes.
Voy a remitirme, a manera de ejemplo, a un activo
y fervoroso grupo teatral, el Itaca, radicado en México.
Sigo con mucho interés sus experiencias que,
lamentablemente, sólo conozco a través
de las declaraciones y reflexiones de su director
y algunos comentarios de la prensa mexicana. En un
tríptico inspirado en el medioevo que acaba
de culminar, Itaca ha dirigido su interés hacia
las fuentes de la "occidentalidad", cuyos
términos se definieron en esa etapa de la historia
europea. El grupo, con estos trabajos, trata de establecer
aquellas premisas de comunicación que tendrían
validez humana general, o, por lo menos, "occidental":
"el sentido de la trasgresión, de la muerte,
de las culpas, del erotismo, de la fiesta, del amor,
del fanatismo, de la represión..." "¿Hay
algo más universal que todo esto?", se
preguntan.12 Sin haber visto La noche del año
mil y los otros espectáculos "medievales"
que la precedieron, me atrevería a afirmar
que falta, por lo menos a nivel teórico, algo
de ubicación histórico-concreta y latinoamericana
en el conjunto de las reflexiones de estos amigos.
Sus tesis me remiten a un universalismo cuyos puntos
de contacto con la circunstancia latinoamericana no
alcanzo a ver.
Ellos, por otra parte, aspiran a obtener,
con su trabajo grupal, "una independencia en
relación con los polos de poder de su sociedad",
quieren ser un "espacio autónomo".13
Las precisiones que realizan en este sentido, si las
comprendo bien, sugieren una cercanía al concepto
de "tercer teatro" introducido por Barba.
¿En qué sentido puede un grupo teatral
latinoamericano aspirar a convertirse en una "isla
flotante"? El teatro latinoamericano no tendría
"islas flotantes" suficientes para dar refugio
a sus marginados. Este es un continente de marginados;
que los son, en primer lugar, en razón de un
orden económico injusto. Los latinoamericanos
también, como Barba, podemos reconocer "que
la libertad no es sólo justicia económica"
(esto lo declaraba él en 1978, en una entrevista
que le fue realizada durante el encuentro de Ayacucho).
Pero interponiéndose entre nosotros y la utopía,
de este lado del mundo, en la América Latina,
hay carencias brutales, faltas de "plenitud humana"
mucho más pavorosas que no poder "ser
diferentes", en el seno de un orden social que
oprime a "los más sensibles".14
Esta manera de plantear la cuestión
de la libertad resultaría irreal, trasladada
de modo mecánico al drama de nuestras naciones.
Está en manos de los teatristas
latinoamericanos no fabricar artificialmente una brecha
entre lo político y lo antropológico.
Esta tarea la podemos dejar a otros, que tienen mejores
razones culturales e históricas que nosotros
para desconfiar de toda vía política.
Está en manos de los teatristas
latinoamericanos lograr que nuestra representación
de la salvación humana, de la utopía,
tenga rostro propio, sin que por esto nos neguemos
al intercambio con un mundo en el que nuestra voz
puede ser un elemento enriquecedor, capaz de sonar
con paridad de derechos.
Al reflexionar sobre posibles corrientes
nuevas de la creación teatral en la América
Latina, he tratado de llamar la atención sobre
los siguientes aspectos:
- Rasgos nuevos en la práctica
teatral parecen indicar que, en los años ochentas,
se abre un nuevo ciclo en el desarrollo del teatro
latinoamericano, en relación con un período
anterior que abarcaría las décadas de
los sesentas y los setentas.
- En esta etapa de hoy, parece reforzarse
una tendencia a la mayor interiorización o
subjetivización de las imágenes teatrales,
frente a la concepción épica y el propósito
didáctico más directo que predominó
en las dos décadas anteriores.
- Muy relacionado con lo anterior,
en una zona de la creación teatral latinoamericana
de hoy, aparece una insistente apelación a
la fantasía, al despliegue sensual, a la liberación
de la espontaneidad y la intuición, en contraste
con el auge alcanzado en las dos décadas anteriores
por una creación fundada eminentemente en el
principio razonador, en la actitud cognoscitiva.
- El principio didáctico ha
encontrado, por su parte, nuevas formas de expresión
en los teatros de la comunidad, que surgen vinculados
a los movimientos sociales de base en barrios, comunidades
rurales y otras agrupaciones; en estas formas nuevas
de expresión del individuo en el seno de su
comunidad, el teatro está llamado a desempeñar
funciones importantes, de las que se derivarían
nuevos contenidos y lenguajes.
- El teatro callejero, modalidad que
ha incrementado su peso en el teatro latinoamericano
en los años más recientes, se presenta
en dos vertientes: una, integradora de lo lúdicro
y de un definido compromiso con las tareas concretas
de la transformación social; y otra, que ve
al teatro como acto liberador en sí mismo y
tiende a una absolutización del principio lúdicro,
que pudiera incomunicar al teatro de los centros mismos
de esa "vitalidad" latinoamericana que pretende
exaltar.
- Las búsquedas del llamado
teatro antropológico, teatro grupal o tercer
teatro, lideradas por Eugenio Barba, tienen una influencia
significativa hoy en día en el teatro latinoamericano.
Esta corriente del teatro mundial contemporáneo
puede y debe encontrar en la América Latina
una repercusión creadora. En ella existen componentes
científicos, experimentales, técnicos
e ideológicos capaces de fecundar nuestras
búsquedas. Pero es necesario mantenerse alerta
contra su incorporación mimética. El
universalismo abstracto, la mitificación ahistórica
de lo originario y ancestral, la oposición
de arte y política y el concepto, a mi modo
de ver generoso y sincero, pero también abstracto
de la liberación humana que subyace en las
búsquedas del tercer teatro, expresa una reacción
a un contexto social, histórico y cultural
en muchos puntos esencialmente distinto al contexto
nuestro, a las realidades presentes y a las más
poderosas tradiciones de la cultura latinoamericana.
- Esta diversidad de tendencias que
coexisten, y la novedad de algunas de ellas, aconsejan
un esfuerzo mayor de intercomunicación entre
los teatristas del continente, por medio del ejercicio
crítico y teórico y el alistamiento
de canales informativos de alcance continental, como
pueden ser los centros de información y documentación
y las publicaciones especializadas.
- El teatro latinoamericano, que no
presenta signos de agotamiento sino, por el contrario,
de apreciable vitalidad, tiene su vía de desarrollo
en esta variedad de caminos de creación que
reflejan la existencia de realidades cambiantes, muy
dinámicas y cada vez más complejas en
todas las esferas de la vida latinoamericana.
En la medida en que este polifonismo
sea enfrentado sin prejuicios ni diletantismos, podrá
la creación teatral del continente, en esta
nueva etapa que parece iniciarse, seguir realizando
una contribución sólida a la cultura
latinoamericana toda, entendida en su sentido más
ancho; podremos, los hombres y mujeres de teatro de
este lado del mundo, encontrar vías propias
de expresión, capaces de recoger las esencias
verdaderas de una identidad cultural que nos marca
y de la que, al mismo tiempo, somos creadores.
marzo
de 1987
NOTAS
1 Osvaldo Dragún.
Reportaje de Mona Moncalvillo, en revista Humor, n.164,
diciembre de 1985, p. 44. La obra de referencia se
estrenó bajo el título de Arriba corazón
(publicada en Conjunto,n. 77, julio-sept, 1988.
2 Me refiero a la obra
008 se va con la murga, de María José
Campoamor, Conjunto, n.72, abril-junio 1987.
3 Yan Michalski : "El
teatro brasileño en los ochenta", Conjunto,
n.72, abril-junio 1987, p. 13.
4 Rosa Ileana Boudet:
"Montreal-Toronto: una enriquecedora jornada",
Conjunto, n.67, enero-marzo 1986, p. 110.
5 Carlos Espinosa:
"Teatro peruano actual: ensayar nuevas utopías",
Conjunto, n.69, julio-septiembre 1986, p. 70.
6 Carlos José
Reyes : "Presencia de Brecht en la América
Latina", Conjunto, n.71, enero-marzo 1987, p.
23.
7 Enrique Dacal: "Una
concepción estética y un espacio escénico
que nos representen", Conjunto, n.66, octubre-diciembre
1985, p.92,94 y 96.
8 Juan Carlos Moyano:
"La circunstancia estética del teatro
callejero", Conjunto, n.69, julio-sept, 1986,
p.7.
9 Jorge Vargas Echeverry:
El Teatro de las nuevas tendencias; algunas consideraciones,
Bogotá, junio 19 de 1986 (mimeografiado.)
10 Conjunto, n.72,
abril-junio, "Entreactos", p.129
11 Ana María
Foxley: "Inquietud y vitalidad en el teatro chileno",
Conjunto, n.64, abril-junio 1985, p. 15.
12 Enrique Buenaventura:
"Carta abierta a Luis Valdés", Si
se puede, agosto 15 de 1975, p.9 Apud Ivonne Yarbro-Bejarano:
"Del acto al mito: una valoración crítica
del Teatro Campesino", Conjunto, n.65, julio-septiembre
1985, p. 33.
13 Sonia Páramos:
"Grupo Teatral Itaca: provocación y ruptura",
entrevista a Bruno Bert, Conjunto, n.66, octubre-diciembre
1985, p.50. Una respuesta de Bruno Bert a mis consideraciones
fue publicada en Conjunto n.76, pp. 18-23 bajo el
título "En defensa del Tercer Teatro".
14 Ibid. p. 46-47
15 Ana María
Portugal: "Teatro y política", entrevista
a Eugenio Barba, Conjunto, n.68, abril-junio 1986.
Magaly
Muguercia
Teatróloga cubana
Especialista en teatro cubano y latinoamericano
Investigaciones sobre performance y sociedad
Abril
2003
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