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Una personalidad
en escena
Jorge Abbondanza
Hace tres décadas que el gran
actor uruguayo saltó de Montevideo a Buenos
Aires, donde prosigue su carrera
El Uruguay se especializa en exportar
talentos. En su momento no supo retener a ejemplares
como Jacobo Langsner, Antonio Frasconi, China Zorrilla,
Washington Barcala, Juan Carlos Onetti, Dinorah Varsi,
Homero Francesch, Raquel Adonaylo, Sara Nieto, Luis
Camnitzer o Cristina Peri Rossi. Atraídos por
centros culturales de mayor volumen o expulsados en
etapas adversas del pasado nacional, esos y otros
uruguayos de primer orden han continuado brillando
en el exterior, privando a esta menuda comarca de
los resplandores que pudo tener. A veces resulta inevitable
que una gran personalidad sea succionada por otro
medio cuya oferta puede ser irresistible, pero también
es cierto que los países —aún
los débiles, pequeños y pobres—
deberían desarrollar recursos capaces de retener
a la gente más valiosa no sólo con posibilidades
laborales, sino también con reconocimientos
y gratificaciones que forman parte de una justicia
cultural no siempre viva.
Villanueva Cosse forma parte de esa
legión que el Uruguay ha perdido. Ya era un
actor consagrado, en la flor de su rendimiento, cuando
lo llamaron de Buenos Aires hace treinta años
para sustituir a Alcón en la monumental puesta
de un Valle Inclán, pero luego la plaza porteña
se las arregló para amarrarlo a su circuito
y así "Villa" no volvió a
cruzar el charco hacia la vereda oriental, aunque
haya hecho esporádicas visitas profesionales.
Allá tuvo oportunidades múltiples, es
cierto, incursionando no sólo en teatro sino
también en cine y televisión, por no
hablar de la docencia que ha ejercido en el campo
de las artes escénicas y de numerosas tareas
como director, que es la otra vertiente de su talento.
Pero un viejo observador montevideano ha podido pensar
más de una vez que ciertas oportunidades de
trabajo en que figuró este actor, no estaban
a la altura de sus antecedentes, su formidable capacidad
o sus preferencias estéticas. Claro que algo
similar puede ocurrir con gente de valor aún
en Londres o Nueva York, pero en definitiva hay derecho
a lamentar no sólo el alejamiento de individuos
excepcionales, sino el hecho de que pasen los años
sin que esos ejemplares encuentren oportunidades mayores
con la frecuencia que sería deseable.
HUMOR. Ahora Cosse puede tener una
de esas oportunidades. Desde el sábado pasado
protagoniza en la subterránea Sala Casacuberta
del complejo del Teatro Municipal General San Martín,
sobre la calle Corrientes, una nueva pieza del dramaturgo
argentino Carlos Gorostiza. La obra se llama Toque
de queda, se ubica en el Buenos Aires de 1945 y cuenta
lo que ocurre cuando un extraño militar invade
la casa de una familia común. Pensado como
una alegoría sobre los abusos de poder, el
texto no elige un camino de solemnidades sino una
vía de humor: es una comedia con algún
ribete guiñolesco, donde lo festejable puede
trenzarse con el ocasional escalofrío. Como
ha señalado la prensa bonaerense, esa figura
protagónica "es una enigmática
mezcla de militar, policía y espía.
Pertenece a una misteriosa organización encargada
de mantener el toque de queda que se ha decretado.
Bajo la sombra del fin de la Segunda Guerra Mundial
y de una Argentina en manos militares, el personaje
encarna la violencia de un poder impune y afecta a
la familia de un modo grotesco".
A los 82 años cumplidos, Gorostiza
no sólo es el autor sino que además
dirige su pieza y no parece casual que haya elegido
a Cosse para capitanear un reparto y apoderarse de
un personaje que puede estar hecho a su medida. Se
trata de la primera vez que el prestigioso dramaturgo
estrena una de sus obras en el San Martín,
hecho insólito considerando no sólo
la vida ya larga de ese complejo teatral sino el dilatado
lustre que Gorostiza tiene como dramaturgo. En su
foja figuran obras como El puente, El pan de la locura,
El acompañamiento, Aeroplanos y El patio de
atrás. Ahora, en Toque de queda, dirige a un
elenco donde junto al uruguayo figuran Lucrecia Capello,
Roly Serrano, Micaela Iglesias y Nicolás Mateo.
La escenografía —minuciosamente evocativa
de un Buenos Aires de hace seis décadas—es
de Jorge Ferrari.
MONTEVIDEANO. Espectadores veteranos
podrán evocar a Villanueva Cosse cuando emergió
en medio de la notable generación masculina
que dio El Galpón (Tenuta, Braidot, Salcedo,
Gentile) afianzando su elevada estampa, su ligero
divismo y su poderoso temperamento hasta triunfar
en un Arturo Ui de Brecht que delataba su plenitud
y que el paso del tiempo no ha conseguido borrar del
recuerdo. De aquellas épocas fueron sus destellos
en Como gustéis o en Antonio y Cleopatra, en
algún Chejov y en piezas de autores nacionales,
mientras se desarrollaba paralelamente su vocación
para la puesta en escena, en la que obtuvo elogios
y premios con un jubiloso Arlequino y un irresistible
Sueño de una noche de verano. Después,
cuando estaba recién aterrizado en Buenos Aires,
fieles admiradores uruguayos pudieron aplaudir su
intensidad en una versión de Espectros dirigida
por José María Paolantonio (con Alejandra
Boero), en una festejada remake de Querido mentiroso
(con China Zorrilla) o en la magia poética
de Príncipe azul (con Jorge Rivera López),
sin ir más lejos.
La prensa porteña ya ha emitido
algunos juicios sobre Toque de queda, en los que se
expresa la "notable" labor de Cosse y se
alude al manejo que el actor hace de su físico
y su voz. Ese y otros elogios no sorprenden a viejos
conocedores del emigrado, y tampoco deben tomar desprevenido
al propio Gorostiza, que sabía lo que hacía
cuando eligió al uruguayo para encarnar al
engendro que comanda el juego de esta comedia negra.
En todo caso, el estreno de la pieza, el marco prestigioso
que otorga el San Martín, el lustre personal
del dramaturgo y el sesgo incisivo del tema, prestan
a Cosse una nueva inyección de reconocimiento
y de impulso artístico para mantenerse activo
y debidamente estimulado en su faena de siempre.
Claro que el observatorio de este
año 2003 no es demasiado alentador para rememorar
al Villanueva Cosse del pasado, porque el teatro montevideano
acaba de perder a Armando Halty, luego de haberse
despedido recientemente de Luis Cerminara y Mario
Branda, con lo cual (y sin contar a los próceres
Candeau, Guarnero, Preve) se evapora un oleaje de
grandes actores que iluminaron la escena nacional
durante los años 60 y 70, con el agravante
de que los últimos tiempos no compensen esas
pérdidas con la aparición de nuevos
talentos de similar calibre. Pero de pronto entre
los espejismos de la ancianidad —y entre los
refugios de una época culturalmente desmayada—
figura el de creer que todo tiempo pasado fue mejor.
Fuente:
Diario El Pais
Abril
2003
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