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La balsa náufraga
y perpetua
En 'Mar nuestro', estrenada en Los Ángeles,
Alberto Pedro traza una metáfora de nuestra
incapacidad para ponernos de acuerdo.
por ROSA ILEANA BOUDET, Santa Mónica
Mientras en La
Habana se repone Manteca, otra pieza de Alberto
Pedro, Mar nuestro culmina una temporada en
la Fundación Bilingüe de las Artes,
en Los Ángeles, también representada
en inglés (Our Wide, Wide Sea). Como
en otras ocasiones, su teatro me ha revelado
verdades invisibles y acaso inesperadas.
Sentada frente a esa balsa
a la deriva que conduce a Fe, Esperanza y Caridad
al destino que han elegido, durante la penúltima
función de la puesta de Margarita Galbán,
la obra me dijo muchas cosas. Me preguntaba
si en la constante lucha de las tres mujeres
por sobrevivir —la puesta acentúa
su carácter tragicómico—
en el altercado que el bufo llamó "bronca
de solar", Alberto Pedro no estaría
metaforizando esa incapacidad para ponernos
de acuerdo que aun en situaciones extremas retrata
la condición cubana, cuando en alta mar
y como en Mrozek, se enfrentan unas a las otras
por motivos de sus creencias o de sus actitudes
o de sus historias o de su pasado. Me preguntaba
si esa "balsa" detenida en el mar
de los sargazos no era la Isla en peso en su
fijeza y en su inenarrable |
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angustia, y si la intervención
mágica de la deidad yoruba representada por Ochún
no sería también un fracasado deux ex
maquina, porque ni siquiera las "diosas" con
sus designios pueden revocar nuestros destinos.
Como en Manteca, una triada de personajes
se debate entre su propia suerte y la incertidumbre
del camino elegido. Como en la obra del 93, la atmósfera
es de tensión y había profunda consternación
durante los primeros minutos del espectáculo.
Y como en Delirio habanero, el desvarío se
adueña del espacio escénico y otro trío
vive entre la ilusión, el sueño y la
fantasía. Sólo que esta vez el debate
filosófico es más intenso y los temas
—raza, religión, diáspora, emigración—
de mayor complejidad, sobre todo cuando las orishas
de Pedro no sólo bailan y cantan, sino que
piensan y se sumergen en un satirizado debate filosófico.
Pero más allá de todas
las preguntas que la pieza sugiere y evoca —y
que no han perdido actualidad desde su estreno en
1997—, Mar nuestro se sostiene por la sugerente
y funcional escenografía de Estela Scarlata
y las actuaciones de Ana Alfonso, Marie Curie, Michelle
Gil, Ana Rey y Glenda Torres. Ellas logran interesar
al espectador atento y, a ratos, emocionado. Hay muchos
momentos en los que un hilo invisible se tiende entre
la balsa y los espectadores. Ana Alfonso logra convencernos
con creces y su Caridad emociona, mientras que María
Curie encarna la recta descreída con sobriedad.
En la Fundación Bilingüe
el teatro en español tiene su casa en Los Ángeles.
Celebro la inclusión de la pieza de Pedro,
poco conocida en Estados Unidos, a pesar de que Manteca
se ha traducido al inglés y Alberto Sarraín
la ha montado con el colectivo de La Ma Teodora en
Miami. No es muy frecuente que la obra de dramaturgos
posteriores a Triana, Fornés, Manet, Quintero
y Estorino, se escenifique ni estudie a profundidad.
Sentada en mi butaca, rodeada por
el humo de las alucinaciones y los sargazos del mare
nostrum, ante la balsa náufraga y "perpetua"
que han recreado también Nilo Cruz y las instalaciones
de Kcho, aparecen no sólo los valores del texto
—su polisemia y probada ambigüedad—,
sino la manifestación del concierto de nuestros
acentos en una puesta intercultural. Cuando Otomar
Kreycha escogió a Bertina Acevedo para su Julieta,
nació —al menos en Cuba— el reparto
interracial que nunca nos hizo reparar en cuál
era el color de la piel de Bernarda o María
Antonia. Con Peter Brook y Eugenio Barba, entre tantos,
los actores de diferentes culturas conviven en puestas
donde habitan un tambor africano con las mudras o
el candomblé. En Los Ángeles, las tres
náufragas hablan el español de América
con el acento de República Dominicana, la fonética
puertorriqueña, el dejo de Honduras o el "canto"
de La Habana. Al principio, el espectador tiene que
hacer un esfuerzo de integración por la unidad
del espectáculo, pero finalmente los buenos
textos se abren camino. En Los Ángeles he visto
recuperar los temas punzantes de la dramaturgia de
Pedro y, gracias al trabajo del elenco de Margarita
Galbán, la belleza de nuestros acentos.
Fuente:
Cubaencuentro.com
Abril 2003
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