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El
costumbrismo viaja de regreso
AMADO DEL PINO
Recuerdo que andábamos por
el Festival de Teatro Camagüey 2000 cuando llegó
la excelente noticia. Julio Cid, poco conocido hasta
entonces como dramaturgo, pero muy respetado y querido
como profesor o guionista, acababa de ganar el Premio
Tirso de Molina, para muchos el más importante
concurso de habla hispana para textos teatrales. Cabaiguán-La
Habana-Madrid, la obra afortunada que puede verse
todo agosto en la sala Hubert de Blanck, retoma el
reflejo de las costumbres, se apoya en el habla popular
y —como advierte el autor en las notas al programa—
pone sobre el tapete, entre broma y broma, asuntos
muy serios de nuestra contemporaneidad.
Estamos ante una comedia realista
muy detallada en cuanto al manejo de las situaciones.
Cid dialoga con fluidez y no se limita en el decir
de los personajes. La abundancia del verbo no desemboca
en fastidio o aburrimiento por la vitalidad de los
personajes y la eficacia del argumento. La puesta
en escena de María Elena Soteras respetó
esa vocación extensa y, al parecer, confió
en que el público agradecería las más
de dos horas de representación con tal de reír,
mientras espera por el sorpresivo final. En la función
a la que asistí los espectadores aceptaron
de buena gana la ya inusual duración, pero
el espectáculo hubiese ganado en solidez con
una síntesis de las transiciones, demasiado
cercanas al tiempo real. También hubiese agradecido
cierta poda o mayor teatralización de los monólogos-confesiones
de los personajes, interesantes en las ideas que exponen,
pero con una fuerte vocación descriptiva.
El ámbito escénico,
firmado por Oscar Bringas y la propia directora, asume
sin temor una reproducción naturalista. La
escenografía está resuelta con equilibrio
y buen gusto, aunque se hace redundante en los letreros.
La formidable banda sonora de Adrián Torres
se acerca a convertirse en un melancólico personaje,
pero también puede ser sintetizada. Soteras
logra gracia y naturalidad en el diseño del
movimiento escénico, aunque deberá pensar
si es pertinente en todos los casos el reiterado uso
del giratorio de la Hubert de Blanck.
Míriam Learra con su oficio
y singular gracia es la principal defensora del ritmo
de la puesta. A lo largo de la temporada, la virtuosa
Míriam deberá ganar en seguridad al
decir sus numerosos parlamentos. Pedro Regueiferos
nos hace recordar su larga carrera y sus incursiones
en la comedia musical. Pedro resulta simpático
y fluido, sabe sorprender con el diálogo o
el gesto que rompe el equilibrio. Sin embargo, desaprovecha
los momentos dramáticos, el contraste casi
tragicómico que propone Cid. Como actriz, Soteras
(la incansable Chiquitina) sostiene la dinámica
de su rol y entabla un frenético duelo con
Míriam. Deberá trabajar más la
vida interior de su personaje en los momentos en que
permanece en silencio.
Mención aparte merece Pancho
García. El consagrado actor asume ahora un
papel pequeño, aunque decisivo. Entra y sale
de la caricatura, juega con la situación, le
da a la comedia un tono juguetón que debió
explotarse más a lo largo de la puesta.
Defiendo el derecho y hasta la necesidad
de que se asuma el costumbrismo como variante. En
cada regreso del género se suceden las salas
repletas y los debates de la crítica. Ambas
cosas son saludables para nuestra escena. Este comentarista
sueña con largas temporadas y espectáculos
populares que se defiendan, cada vez más, con
la solidez y la coherencia.
Agosto
- 2003
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