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Ricardo Barber:
el verdugo y la víctima en un solo cuerpo
JOSE ANTONIO EVORA / El Nuevo Herald
NUEVA YORK
El verdugo y la víctima. Un
actor que sea capaz de encarnar ambos personajes en
una misma obra debe tener mucha fibra humana para
no aliarse con uno y caricaturizar al otro.
Ricardo Barber encarna a Rafael Leónidas
Trujillo y a Agustín Cabral en La fiesta del
chivo, la versión teatral hecha por Jorge Alí
Triana de la novela homónima de Mario Vargas
Llosa. De un lado el dictador dominicano, y del otro
uno de sus más fieles ministros, que nunca
entiende --o finge no entender-- por qué ha
perdido la bendición del jefe, a quien hizo
una ofrenda portentosa. ''Las dos caras de una misma
moneda'', cuenta Barber que le dijo Triana al indicarle
cómo asumir los dos personajes.
Estrenada por el grupo neoyorquino
Repertorio Español en febrero en su sede de
la Avenida Lexington y la Calle 27, en Manhattan,
las funciones de la obra fueron interrumpidas para
remodelar el teatro, que reabrió el día
primero de este mes y desde entonces la tiene nuevamente
en cartelera.
''No estaba así en el libreto,
pero luego me encantó la idea de hacer yo mismo
a Trujillo y a Cabral'', dijo Barber a El Nuevo Herald
mientras se preparaba en su camerino. ``El director
me decía que me olvidara de Trujillo; que metiera
en el personaje a todos los dictadores. Para ejercer
su maldad él y Cabral necesitan utilizar a
los demás. He tenido que defender a Cabral
con el argumento de que era la circunstancia la que
lo hacía sentirse obligado a portarse de esa
manera. El cree que así ayuda a su hija; por
eso después está tan arrepentido. Me
los he metido en la cabeza como un mismo personaje
que se quita una piel para ponerse otra''.
En la novela, Urania, la hija de Agustín
Cabral, regresa a Santo Domingo treinta años
después de haberse ido a Nueva York cuando
tenía catorce. Ni ella ni su padre, postrado
en silla de ruedas, tienen razones para alegrarse
por el rencuentro, que pone a los dos de cara a un
pasado demasiado turbio. Los monólogos de Urania
frente a Agustín y las conversaciones con sus
primas y su tía se entrecruzan con las historias
de los cuatro hombres que planearon y ejecutaron el
asesinato de Trujillo, con numerosos episodios de
la vida política y privada del dictador, y
con el recuento de quiénes eran y cómo
actuaban sus más cercanos colaboradores y algunos
miembros de su familia.
Si esto parece abundante material
para una novela, mucho más lo es para una pieza
de teatro. La adaptación escénica de
Verónica y Jorge Alí Triana peca por
exceso en el empeño de ser fiel al libro. No
es una versión teatral del texto de Vargas
Llosa, sino una síntesis dramática del
relato. La diferencia entre versión y síntesis
puede explicarse de la siguiente forma: mientras esta
última se limita a condensar la historia en
función del tiempo promedio que debe durar
un espectáculo, la primera exige reinterpretarla
en busca de un nuevo enfoque que permita contar el
mismo argumento desde un punto de vista escénico.
Cerrar el libro y preguntarse cómo habría
sido La fiesta del chivo si se hubiera concebido originalmente
para teatro.
En el montaje, sin embargo, muchas
soluciones atenúan la densidad que resulta
de la apretada síntesis. Una de ellas es justamente
la que pone a Barber a desdoblarse como raras veces
se ve obligado a hacer un actor.
Aunque Trujillo es todo acción,
y Cabral pasa unas cuantas escenas hundido en el silencio
de la silla de ruedas, cuesta trabajo decir cuál
de los dos es más difícil. De hecho,
Barber separa a Cabral en dos personajes: el de los
tiempos de ministro y el del rencuentro con Urania.
''Si hablamos de un problema técnico,
Trujillo se hace más difícil, porque
como he aprovechado el afán de perfección
del personaje para caracterizarlo, no puedo equivocarme
ni en una palabra, ni en un punto'', explica. ``El
bigote [de Trujillo], que al público quizás
le parezca un recurso fácil, si se me cae no
sé lo que pueda pasar. [Cabral] es emocionalmente
más complicado, más difícil en
el camino de la mente. Pero lo que es disfrutar, gozo
los dos''.
Barber empezó a trabajar en
Repertorio Español apenas tres días
después de haber llegado a Estados Unidos en
marzo de 1981. Su primer papel fue el Clotaldo de
La vida es sueño. Los cuatro años anteriores
estuvo en una compañía española
de comedia con la que recorrió cafés
teatro de toda la península. Su carrera como
actor profesional había comenzado en 1961 en
el Conjunto Dramático Nacional de Cuba, fundado
ese mismo año por Eduardo Manet. Antes de irse
a España pasó por los grupos La Rueda
y Teatro Estudio, del que dice tener muy gratos recuerdos.
'A veces digo: `Ya me quiero retirar',
y surgen cosas como La fiesta del chivo'', confiesa.
``El teatro es bien difícil: requiere el estudio,
la memoria, la concentración. Cuando veo que
tengo una semana llena de funciones, un ensayo y una
audición, ahí es cuando empiezo a decir
que se acabó, o por lo menos que voy a cogerlo
más suave. Pero mentira, termino haciendo lo
contrario. Y cada noche es como si fuera algo nuevo;
siempre me pongo nervioso''.
No podría recordar todos los
montajes de Repertorio Español en los que ha
trabajado. Menciona Prohibido suicidarse en primavera,
de Alejandro Casona; Yo me bajo en la próxima,
de Adolfo Marsillach; El burlador de Sevilla, de Tirso
de Molina; La Nona, de Roberto Cosa; Fresa y chocolate,
otra adaptación del cuento de Senel Paz que
dio origen a la película; Parece blanca, de
Abelardo Estorino; La Gringa, de Carmen Rivera...
''Llevamos haciendo La Gringa seis
o siete años'', comenta Barber. 'A veces digo:
`¡Dios mío, La Gringa!' ''.
La prueba de que no aún no
era el momento de retirarse le llegó hace dos
años, cuando fue invitado por primera vez a
trabajar en una película. Se llama Vote for
Me, producida y dirigida por Nelson Denis, y estrenada
hace un par de meses en el Festival Tribeka, que auspicia
Robert de Niro en el barrio neoyorquino del mismo
nombre.
''Me senté entre el público,
y fue una experiencia que me dio una energía
totalmente diferente'', cuenta Barber. ``Yo decía:
mira qué rico; es menos trabajo que el teatro,
y aquí estoy, riéndome con los demás,
sintiendo esta corriente sabrosa. Ahora me interesa
esa posibilidad del cine''.
Fuente:
El Nuevo Herald
Agosto - 2003
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