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Teatro
y psicoanálisis en conversación abierta
Fernando Peñuela y Eduardo
Aristizábal
Fernando Peñuela: Por contingencias
de nuestro proceso estético con la nueva creación
colectiva en la que estamos embarcados, De caos &
deca caos te llamamos para recibir un aporte desde
tu disciplina, el psicoanálisis, y particularmente
desde la perspectiva teórica del maestro Jacques
Lacan, del cual eres gran estudioso y especialista.
Recuerdo que la primera vez que te acercaste a La
Candelaria fue hace unos años, en uno de los
tantos momentos de nuestras difíciles relaciones
intergrupales. En esa época nos hiciste una
charla sobre la falacia y fantasía del concepto
grupo y sobre el asunto del "cartel" desde
la óptica teórica de Lacan. Yo no podría
ahora decirte si eso sirvió o no. Lo que sí
considero es que siempre ha sido bueno para el grupo
nutrirse de otra gente, de otras visiones, desde otras
disciplinas.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: He tenido
ocasión de observar las distintas improvisaciones
que vienen haciendo para el montaje de una obra crítica
muy interesante y compleja a la vez. He podido apreciar
la producción que han hecho y los impasses
que se les han presentado, así como lo que
esto ha significado para algunos en torno al propósito,
o al lugar que ocupan como actores en un nuevo contexto
teatral y político. Pero sí, he podido
apreciar las inquietudes y creo que son inquietudes
en torno a cómo miran su propio trabajo, cómo
lo valoran. Oía que algunos de ustedes, por
ejemplo, consideran que la obra que más les
gusta es Maravilla Estar, por la naturaleza del trabajo
involucrado, por el proceso de construcción
de la obra y, también, por el cambio que significa
en la manera de hacer teatro, en la manera de concebir
la actividad teatral misma. Eso me parece interesante,
porque en cierta forma creo que se alcanza a visualizar
allí un cambio de sentido, el teatro no se
mueve en el campo de la representación solamente.
Es apreciable cómo la relación
con la representación de una obra no es una
relación pasiva de reproducción de un
texto creado por otro, con un sentido y un mensaje
preciso, con una historia acabada, sino que existe
la oportunidad de jugársela más en cuanto
al mismo cuestionamiento del actor, del papel del
actor construyendo la representación.
FERNANDO PEÑUELA: Me parece
interesantísima tu última apreciación
y tengo que decirte que casualmente se conecta con
algunos aspectos del arte de la actuación que
he estado estudiando. Quiero decir, todo ese embrollo
del actor como individuo en relación al personaje,
en el ámbito del sentimiento y de la emoción
del uno y el otro, de la distancia o la identificación,
de la creencia o la simple demostración, etc.
Con respecto a eso hay algo que yo quiero preguntarte.
Como psicoanalista, ¿cómo ves la profesión
del teatro?, ¿qué opinas del actor como
individuo en este oficio?
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Esa es
una pregunta que en algún momento yo también
me he hecho, ¿quién es ese sujeto que
está detrás del actor? O, ¿por
qué alguien decide que su vida coja por el
carril de la actuación, ocupando ese lugar
del actor? Es difícil responderla en términos
generales. Pienso que cada actor la puede responder
individualmente. De todas maneras, hay una cosa que
sí se puede decir: el actor es una persona
que no es seria -como se dice de alguien que es serio,
porque siempre es el mismo.
En la actuación hay una cierta
labilidad de la identidad en el sentido de que se
tiene la oportunidad de confundirse con la multiplicidad
de personajes; si el actor no tuviera esa cualidad
difícilmente podría actuar. Esa es una
cualidad muy interesante, la flexibilidad de la identidad,
poder salirse de ese yo personal que deviene en la
cotidianidad y poder desalojarse de sí mismo
y ser tomado por otros personajes. Yo mejor te preguntaría
a ti, ¿cómo puede una persona devenir
de esa manera, vivir de esa manera, llevado por esta
actividad casi todo el tiempo?
FERNANDO PEÑUELA: No sé.
Para mí particularmente como actor también
me resulta complejo y difícil pensar en eso
en términos racionales. Porque en mi caso,
-no sé cómo será el de otros-,
no fue algo programado ni pensado, fue algo más
bien fortuito, casual. Lo del teatro apareció
en mi vida de pronto, siendo yo muy joven, terminando
el bachillerato. Claro que actualmente, cuando he
tenido la oportunidad de trabajar con jóvenes
en diversos talleres, también he visto que
inusitadamente algunos de ellos quedan agarrados y
deciden simplemente, así porque sí,
que lo que ellos quieren hacer en su vida es teatro.
¿Por qué? No lo sé. No entiendo
por qué se meten en semejante locura. Algo
tiene que tener de subyugante. Así me pasó
a mí. Yo empecé en La Candelaria muy
joven, con dieciocho años y en esa época
el combo de actores eran mayorcitos, pero a mí
ese mundo me subyugó y ahí quedé
agarrado y tocado en el alma hasta nuestros días.
¿Por qué? No tengo ni idea, ni puedo
explicártelo, lo que ocurrió fue que
esa magia me trastornó y me atrapó.
Ya más allá de eso me tocaría
un psicoanálisis contigo, pero no sé
el costo.
Pero, a estas alturas, después
de haber hecho teatro durante tres décadas,
podría decirte que es tan sólo una manera
de ser y de asumir la vida. Y sí, pensándolo
bien, como tú dices, la personalidad de uno
como individuo, como que se "maleabiliza",
se vuelve como un caucho, o mejor, como una sustancia
moldeable y transformable. No quiero decirte que necesariamente
uno se vuelva un esquizofrénico en su vida
privada; no. Pero sí creo que en algo, no se
cómo, debe influir en uno esa relación
individuo-actor, por el hecho de que te pasas la mitad
o casi tres cuartas partes de tus veinticuatro horas
del día haciendo de otros, trasmutándote
en otras personalidades ficticias, eso debe producir
algo me imagino, algún tipo de comportamiento
particular en la personalidad de uno como actor, ¿cuál?
No tengo ni idea. Pero a ver, pensando en eso, uno
tiene la tendencia, en otros espacios que no son los
de la representación teatral sino sociales,
a estar payaseando, tomando el pelo, jugando, -defecto
o virtud profesional- llamando la atención,
pero básicamente jugando... Porque, ¿sabes
qué? Pensándolo ahora como una verdad
de perogrullo, la esencia del teatro es el juego.
Hace años cuando empezaba mi relación
con mi esposa Claudia y le contaba lo que hacíamos
diariamente en La Candelaria con nuestras improvisaciones,
ella me decía, ustedes se la pasan jugando
todo el día. Y sí, de verdad que es
así. Nos la pasamos muy divertido, sin cinco
pero gozando.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Esa es
una buena expresión, el teatro como juego.
Es el punto de partida de Freud cuando considera la
creación artística como correlativa
de esa capacidad de juego que tienen los niños.
Esa capacidad de jugar y en el juego, de cierta manera,
permitirse la fantasía y no temerle a la realización
del deseo en la fantasía. Es por eso que el
poeta o el creador artístico está todo
el tiempo en ese campo, rescatando lo suyo. En el
juego es donde está la creación, precisamente.
Digamos que el artista y el actor de teatro tienen
también una conciencia de la actuación
que va más allá de su condición;
saben que todos actúan, que el actor no es
solamente el que actúa en un escenario. Él
sabe que, en términos generales, todo el mundo
actúa. Persona en latín significa máscara;
todos llevan una máscara y en ese sentido son
actores pero no se dan cuenta; el actor profesional
es el que se da cuenta que eso es así y por
eso lo puede hacer de modo desenvuelto, aunque con
dificultades, me imagino.
FERNANDO PEÑUELA: Eso me lleva
a pensar en el tratado de Henry Bergson sobre la risa
y en sus conceptos esenciales acerca del automatismo
y la rigidez mecánica en la vida cotidiana
del individuo, como factores que en su transgresión
o deconstrucción provocan necesariamente la
risa en quien observa al sujeto víctima del
ridículo. Yo creo que consciente o inconscientemente,
uno como actor se agarra de ello, en cierta forma,
para encontrar, dramatúrgicamente, el momento
en el que por tal o cual incidente se le pueda develar
la máscara al personaje y presentarlo como
un ser humano en el mar de sus conflictos y contradicciones.
Es decir, bajar la máscara y quedar al desnudo.
Y ¿sabes qué? Eso le pasa a uno como
actor al montarse en el escenario. Uno se siente completamente
empeloto, develado, el centro de las miradas. Y entonces
¿qué hace? Refugiarse en artificios
que lo tapen, lo disimulen, inventarse artilugios
inconscientes para que el yo de uno no sea maltratado,
no quede tan en ridículo, etc. o, la otra opción,
tratar de desnudarse uno tranquilamente, "fresquearse"
y como tú decías, despojarse del yo
personal para ser asumido o prestarse para ser otro,
de ficción. Relajarse y permitir que el yo
pueda hacer lo que sea, lo que se necesite hacer.
Esto dicho así o, mejor, reflexionado de esta
manera, parecería que es fácil, que
es entenderlo y ya es pan comido, pero qué
va, es complicadísimo, te lo juro. Pero bueno,
ahí estamos.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Bueno,
esto que estamos conversando podría decirse
que es la concepción tradicional que ha prevalecido
desde hace mucho tiempo en relación con lo
que sería un actor; alguien que se despoja
de la máscara de su yo y pone de presente la
máscara de todo el mundo. Pero yo, volviendo
sobre este punto inicial de qué lleva a alguien
a ser actor, te preguntaría: ¿cuál
es la ganancia de todo eso? Al final, ¿qué
es lo que se obtiene?
FERNANDO PEÑUELA: (Risas).
Me da mucha risa tu pregunta, mucha risa. Porque ¿qué
carajo se puede obtener de esto? Veamos: ¿dinero?
Para nada, a no ser que sea en la televisión.
¿Fama? También en la televisión
claro, aunque en general efímera. ¿Prestigio?
Puede ser un poquito. ¿Enaltecimiento de tu
ego? También, sí. Que por ahí
de pronto alguna gente destaque tus capacidades histriónicas,
tu destreza para ser farsante, para hacer de otros,
... Pero todo eso, en el fondo, es ridículo
y epidérmico. Entonces, volviendo a tu pregunta,
yo pensaría que lo que uno obtiene o pretendería
obtener individualmente como actor en el trajinar
de este oficio es algo que va mucho más allá
de la destreza para ser farsante y es algo que tiene
que ver con la profunda paradoja entre la verdad y
la mentira, como esencia de este arte, y el actor
con el personaje en el centro de esa paradoja. Porque
aunque todos sabemos que el teatro es una mentira,
yo creo que no se trata tan sólo de representar
fríamente esa mentira, sino de ir más
allá hasta encontrar la profunda verdad de
esa mentira. En realidad, ¿cómo es el
papel que uno como actor juega ahí? Tú
lo decías antes, ¿quién es ese
sujeto que está detrás del representador?
¿Un simple y distanciado oficiante? Yo creo
que no. Me pregunto más bien, ¿qué
punto de sincera conexión existe o existiría
entre ese otro de ficción que se representa
y uno como actor? Porque pensando en que no se trata
tan sólo de farsear, imitar y payasear, ya
que lo que queremos hacer es arte y no sólo
entretenimiento, ¿cómo sería
entonces el cuento del compromiso de uno como individuo
actor con ese otro que se está representando,
o mejor, encarnando? ¿Hasta qué niveles
y por qué caminos debe uno escudriñar
en el fondo del alma del personaje y la de uno para
un encuentro veraz con ese otro? Con el objeto de
que la creación de ese personaje sea una verdad
y no un simple esquema o caricatura.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Has utilizado
una expresión que me parece muy afortunada
para lo que de pronto estamos tratando de despejar,
la verdad de la mentira. Ese es un punto muy importante.
En tiempos de Freud, los médicos rechazaban
el tratamiento de las histéricas con el cuento
de que eran unas mentirosas, que no hacían
sino fingir lo que les pasaba. En realidad, las histéricas
no fingen, son actuadas, que es distinto. Ellas son
los dos personajes a la vez, de modo simultáneo
y contradictorio; son la violada y el violador. En
el caso de un ataque histérico, una mano sube
la falda que la otra trata de bajar. Es que en esas
circunstancias ella está presa de un conflicto
y de lo que se trata es de desentrañar la verdad
que oculta esa actuación. Lacan considera que
la verdad tiene estructura de ficción y, precisamente,
allí donde podemos encontrar ese elemento de
verdad, que puede contener algo, es en la ficción
del ataque histérico, la forma que adopta,
en el caso de este ejemplo. En este sentido podemos
torcer la pregunta sobre cuál es la verdad
de la mentira y hacerla más subjetiva, por
eso te pregunto ahora:
¿Qué espera el actor con la actuación,
con la representación y con el teatro? ¿Qué
se quiere lograr con la representación teatral?
Ya no es que uno tiene el mensaje organizado en la
cabeza y simplemente pone en escena a una serie de
personas que actúen para que sean los emisarios
de ese mensaje que supuestamente tiene un sentido,
una claridad, un propósito deslindado de la
actuación, de esa función aparentemente
objetiva de para qué se hace teatro. Ya no
es posible trabajar el teatro como una simple representación
de un mensaje previo, anticipado. Claro que esto nunca
ha sido así solamente y cuando es así
eso se nota porque el teatro que se hace es muy malo.
Habría que verlo desde otra perspectiva.
FERNANDO PEÑUELA: Te voy a responder de manera
sintética y escueta: yo creo que sentir y hacer
sentir. Así sin más. Tú lo decías
antes, el teatro no sólo se mueve en el campo
de la representación, porque entonces el individuo
actor, ¿dónde queda? Justamente en el
último tiempo yo ando con ese tipo de inquietudes,
sobre el sentir de uno como actor ahí, en el
escenario, en una representación. ¿Qué
hace uno con el sentimiento? ¿Lo deja en la
casa o en el camerino, o lo pone a interactuar en
cierto tipo de comunión con el sentimiento
del personaje? Porque como te decía antes,
no creo solamente en la representación como
un manejo virtuoso por parte del actor de su cuerpo
y de su voz. No. Yo creo, acotando al maestro Lee
Strasberg y al gran maestro Stanislavski, que en el
momento escénico de confluencia entre el actor
y el personaje lo que se debe producir es una "llama
interior", una energía que desborde el
escenario y abrace al auditorio. Y esa llama interior
sólo la puede producir el actor, porque en
realidad es lo único vivo ahí en la
escena.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Lo que
a mí se me ocurre es que el actor siempre está
sintiendo. Otra cosa es que se deje exceder por aquello
que siente, es decir, que se convierta en el canal
que deja pasar eso que tú llamas sentimiento
y que podríamos acotar un poco acercándolo
al término "goce", es decir, cómo
se deja afectar por ese goce que lo gobierna en ese
momento a él como sujeto y, también,
en el momento que como actor representa.
FERNANDO PEÑUELA: Claro, o
que el actor no tenga técnica, destreza, o
que se le salga el maldito ego. Recordando a Diderot.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Por una razón;
tú decías con respecto a la obra que
están montando: "estamos tratando de hacer
una representación sobre la clase dirigente
considerándolos también como seres humanos,
no solamente los representantes de una clase".
Yo creo que ese es un punto que habría que
relativizar, porque el propósito no sería
tanto mostrar que todos somos humanos y todos estamos
atravesados por problemas y somos así o asá,
como tú dices. Casi podríamos decir
que ese tipo de abordaje entraría a justificar
muchas cosas que pasan y que son producto de las voluntades
de esas personas que están ocupando esos sitios
de dominación. Creo que no se trata de relativizar
lo que no es relativizable, la responsabilidad que
cabe a todo sujeto que toma decisiones, en este caso,
a los dirigentes cuando toman decisiones injustas
que afectan a la mayoría y que, por supuesto,
cuando así lo hacen, lo hacen a conciencia
y con gran desprecio por los demás. Justamente,
hay una ligazón muy estrecha entre el momento
en que el actor se plantea en ese lugar, y, en cierta
manera, lo que le despierta ese personaje a él
también en su interioridad, en su ser más
íntimo. Eso que le despierta es tal vez lo
que le va a permitir descubrir qué es lo que
mueve la conducta de ese personaje, cuál es
su trasfondo, más acá de los claros
intereses, políticos o económicos, que
puedan estar en juego.
FERNANDO PEÑUELA: Sí,
claro. Encontrar unos puntos de confluencia entre
el profundo sentimiento del personaje y el de uno,
que produzcan una chispa. Es decir, vivenciar el yo
y el otro del personaje, desde el yo y el otro mío
como actor.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Al punto
de aparecer en el horizonte del actor el extrañamiento
de su ser. Esa es una temática que se ha trabajado
en el cine, cómo puede haber esa especie de
"traslapamiento" de sujetos: el caso de
la siquiatra que atiende a una mujer violada y de
pronto descubre ella también que en el fondo
de su ser hay una satisfacción en la violación.
Ahí ya pierde la condición de la profesional
que valora objetivamente el caso de la mujer violada
y descubre que durante esa situación en ella
también habita un goce que no conocía.
Un extrañamiento del sujeto muy grande en el
que se pueden llegar a rozar esos momentos de desprendimiento
y de confusión de sí.
Creo que esto puede ser más
acusado cuando la producción se hace como producción
colectiva, es decir, cuando no hay un texto previo
a representar sino que se construye en el proceso
mismo de elaboración de la obra.
Y creo que es una oportunidad mayor
de encontrarse con ese tipo de situaciones, a cuando
se tiene el texto de la obra y lo único que
hace la persona es aprenderse los libretos y recitarlos
en el escenario. No es que allí no se presente,
se puede llegar a presentar, pero para el caso específico
de elaboración de esta obra en torno a la clase
dirigente, el que se esté produciendo en términos
colectivos, en que se está
permanentemente construyendo el personaje y no se
tiene una idea previa de eso que se está construyendo,
las aportaciones individuales entregadas a la espontaneidad,
pueden rozar situaciones como estas. Esa es una posibilidad
en un momento de crisis que a mi manera de ver puede
entregarles muchas sorpresas y muchas oportunidades,
es decir, allí sí cabe volver sobre
la relación que hacías de la verdad
y la mentira.
FERNANDO PEÑUELA: En el proceso
de nuestras creaciones colectivas encontramos que
cada actor, paso a paso, ha creado personajes auténticos
y verosímiles porque parten de su esencia misma.
Pero sobre todo, es en esos procesos donde se da,
quién sabe de qué extrañas maneras
esa alquimia entre los sentimientos del actor y los
del personaje. Ahora, en el caso de nuestras obras
con texto previo, la cosa es diferente. Indudablemente
porque el personaje ya viene más o menos bocetado
o prefijado por el autor, pero en la creación
colectiva está la tarea del actor para crear
ese personaje auténtico propio, desde las entrañas
del actor y no desde las prefiguraciones del autor
o el director.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Y en esas
situaciones donde hay un libreto preestablecido, porque
se tiene más o menos definido cuál podría
ser la forma peculiar del personaje, ¿te has
visto cogido por la sorpresa? ¿Tú mismo
te has visto excedido en algún momento y llevado
a pensar algo que no estaba previsto y verte en la
necesidad de acomodarlo, de justificarlo previamente
por el texto en los momentos de la representación?
FERNANDO PEÑUELA: Sí
claro, seguramente me ha pasado varias veces, ahora
no lo puedo recordar muy bien, y ahí le toca
a uno como actor sorteársela de la mejor manera
y continuar en la acción y en la situación
prefigurada por el montaje. Pero lo que pasa es que
en el momento de la representación uno ya debe
tener como asidero tres o cuatro elementos o rieles
que son el sostén del actor en la escena, partituras
que son fijas, sujetas también al riesgo de
lo imprevisible. Estos rieles o partituras son: el
texto verbal, el guión de acciones físicas
en concomitancia o disociación con el verbo,
el guión de la línea del pensamiento
del personaje, imbricado con los dos anteriores niveles.
Y, en cuarto lugar (tal vez el más complejo),
el nivel del sentimiento del personaje en relación
al sentimiento del actor. Este es el mapa o partitura
de nuestros rieles, sobre los cuales debemos jugar
para que la representación pueda tener vivacidad,
verosimilitud y llama interna. Creo que ese es nuestro
reto.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: ¿Eso
mismo sucede en la creación colectiva cuando
no tienen una prefiguración del personaje y
el texto?
FERNANDO PEÑUELA: Claro, igualmente.
En esos casos es cuando uno más debe afinar,
seleccionar y fijar ese mapa de partituras para poder
salir a flote con cierto éxito o brillo. Si
tú no tienes clara la complejidad de tu partitura
en la interacción con la de los otros personajes
y actores, te ahogas y de paso llevas la nave a su
naufragio. Porque, entre otras, lo interesante de
nuestro caso como "candelarios", es que
no viajamos en este proyecto sólo buscando
la afirmación o reconocimiento individual del
actor o actriz como estrella, no. Buscamos la afirmación
de nuestro proyecto estético como combo, que
se da el lujo de divertirse diariamente en escena
durante dos años para inventar la obra de teatro
que nos da la gana hacer. Como en el caso de la que
estamos creando actualmente y que tú has tenido
oportunidad de seguir de cerca.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Sí,
es interesante porque en esos momentos puede haber
lugar a un desplazamiento del sujeto que pulsa en
cada uno de los actores. Cuando yo tuve ocasión
de ver las improvisaciones y hablar con ustedes se
me ocurrió que esta obra es de una alta sensibilidad
en el sentido de que están demasiado confrontados
con su propio pasado, como actores y como teatro La
Candelaria. Es un momento de cuestionamiento y de
cambio.
Me ha parecido, por lo que he visto
hasta ahora, que algo de ese pasado se refleja y de
alguna manera se resiste a ser transformado y eso
en cierta medida se ve en la selección de algunas
escenas que aparecen de pronto, que se suceden unas
detrás de otras, dependiendo de la naturaleza
de lo que se está representando. Por ejemplo,
proponen algo preciso, ¿saben realmente qué
hay detrás de esa propuesta que están
haciendo?, ¿saben exactamente qué es
lo que están proponiendo? ¿Cómo
justifican determinadas propuestas que aparecen en
el proceso de construcción?
FERNANDO PEÑUELA: ¿Que
si sabemos lo que estamos haciendo? (Risas). Hombre...
yo qué te diría... Que sí y que
no. Hoy justamente discutíamos sobre esto.
Algunos tenían la inquietud de si, en realidad,
con el material escénico que tenemos estamos
o no hablando de la clase dirigente, que fue el punto
de partida de este proyecto. Personalmente pienso
que esta es una de las obras más raras en la
que nos hemos embarcado, en la cual, para uno como
actor, creador colectivo, es muy difícil extrapolarse
del riquísimo material que tenemos como para
poder acercarse a una mínima visión
del conjunto. Pero, claro que sabemos lo que estamos
haciendo y de qué manera estamos experimentando.
Lo que pasa es que, por lo pronto, la visión
hacia el resultado final es muy difícil de
capturar, yo creo que aun para el mismo Santiago,
que ha podido, como director, estar bastante distanciado
de lo que nosotros hemos inventado para esta obra.
De cualquier manera, nosotros sentimos intuitivamente
que en esas escenas independientes que hemos escogido
hay unas pulsiones muy fuertes. Creemos que ahí
hay algo, que luego combinado con los couplies o enlaces
que estamos inventando, se puede volver algo muy interesante,
que quién sabe qué es lo que vaya a
querer decir al espectador.1 Eso sí ni idea.
Y hasta el momento no nos queremos preocupar por eso.
Queremos que lo que hemos ido inventando tenga también
vida propia como materia estética y que ella
misma nos vaya dictaminando o señalando los
posibles derroteros. Ese es todo el cuento del sutil
manejo o relación que debe existir entre el
creador y la obra.
Al recordar ahora etapas previas al
estreno de anteriores creaciones colectivas como El
paso o En la raya, yo como actor me sentía
profundamente tocado con lo que estábamos haciendo.
No sé cómo explicarte, pero era una
especie de intensa pulsión interna que me emocionaba
muchísimo y me llevaba a pensar que nuestra
creación tenía algo de importante, y
podría ser trascendente para el espectador
de nuestro momento. Te aclaro que no en términos
ideológicos ni con actitud mesiánica
de nuestra parte, no, pero sí intuyendo que
toda esa materia escénica significante podría
crear un interesante diálogo con el público
en torno a nuestra realidad. Tocar al espectador y
llevarlo a pensar un poco más allá de
la chata realidad, y que la apariencia de la imagen
escénica que proponíamos, lo pudiera
conducir a la creación de su propia imagen
acerca de los asuntos temáticos propuestos.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Ese punto
es el que a mí me parece, de toda esta conversación,
el más interesante. Precisamente cuando el
mensaje está demasiado estereotipado hay algo
que no pasa, algo que los frena a ustedes mismos,
les frena la virtualidad y las potencialidades de
la propuesta que están construyendo. Eso que
indicas... el término pulsión y el término
significante.
La tesis psicoanalítica es
que cuando alguien habla dice más de lo que
cree estar diciendo. Esto se hace evidente de manera
muy precisa cuando se presentan fallos en el lenguaje,
en los lapsus, por ejemplo. Cuando sucede eso es cuando
surge el verdadero sujeto, el sujeto del significante
del inconsciente freudiano. Sin embargo, hay algo
que también excede al lenguaje en sí
mismo, esto es la pulsión. La pulsión
es aquello que es inasible, aquello que, no obstante
el sujeto no poder asir, comanda en él el hecho
de hablar. Yo diría que el público,
además de las palabras, oye otra cosa, y esa
otra cosa es, en el fondo, el motor del actor. Está
en él que sea capaz de transmitir esa otra
cosa más allá de lo que dice con las
palabras. Y para el proceso, lo más interesante
para mí es esa parte en la que están
ahora de construcción colectiva, de cuestionamiento
a fondo de lo que están haciendo como actores
y como grupo La Candelaria, articulado a la problemática
que ha sido la preocupación de ustedes, de
que al aludir a la clase dirigente, siguen preguntándose
por la problemática del país y la sociedad.
Así, en algunas improvisaciones
se les impone una cierta mirada, un cierto estereotipo
para juzgar esa clase dirigente que les afecta las
propuestas que hacen de construcción, de pasajes,
de pequeñas escenas. Y no sé si se han
preguntado en qué momento eso les pasa. No
es gratuito que se haga una propuesta de un personaje
o de una escena seguida de otra que está muy
tipificada, muy cogida por una cierta imagen que se
tiene de ese sujeto como alguien que está involucrado
en los centros de poder y es visto como el causante
directo del mal que se le ha hecho al país.
Y de pronto, viene otra escena que prácticamente
es una respuesta automática a esa que se está
proponiendo, y cae en la tentación de acusar
y de llamar como al... ¿me entiendes lo que
estoy tratando de decir?
FERNANDO PEÑUELA: Sí,
claro... Bueno, en realidad no sé muy bien...
Esa es tu visión. Lo que pasa es que para uno
desde dentro es jodidísimo ver eso; pero te
aseguro que es algo con lo cual estamos luchando,
para que nuestra obra no sea boba, obvia, directa,
ideologizante ni "pancartuda". Ahora, estamos
y no estamos en el punto de qué es lo que queremos
decir en realidad con esta propuesta. Te digo que
no lo sabemos ni lo queremos saber a priori de manera
obvia y evidente. No. No sabemos, pero ahí
vamos con mucho entusiasmo. Seguramente algo tendrá
qué decir y quién sabe de qué
manera. Por eso, tal vez, estamos tan ocupados con
el asunto de las formas y los significantes, es decir,
con nuestra materia prima como teatreros. En esta
obra, en el juego con los vectores de selección
y continuidad, estamos trabajando fundamentalmente
sobre el eje de selección, referido a los paradigmas
significantes que conducen a la función poética,
sobre los cuales desconocemos su significado.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Pero fíjate
que eso es, digamos, lo más positivo de lo
que tienen y de la propuesta que están haciendo,
a propósito de la asociación libre:
lo que debe prevalecer, es decir, que no haya control
del sentido, digamos. Tratar de levantar la represión
que está controlando el sentido. Freud, haciendo
una comparación entre el analista y el escritor,
decía: el analista es como el escritor cuando
escribe, aquel que es capaz de suspender el juicio;
el escritor es aquel que tiene lo que él llama,
en el caso del analista, atención flotante.
Yo pienso que el actor también, en cierta manera,
está condicionado por eso; debe estar abierto
a no controlar el sentido de lo que dice. Si llega
a suceder así, es cuando, en cierta forma,
también el actor, más que hablar es
hablado.
¿Hablado por qué? En
este caso que se produce un texto de elaboración
colectiva, es permitir también que hable la
propia condición subjetiva del actor. Tal vez
es allí donde puede que aparezcan esos momentos
que tú dices, y también momentos del
discurso bobo, la tendencia a reprimir lo nuevo para
evitar la sorpresa. En las preliminares, mejor dejar
salir lo que salga y analizarlo luego; ver cuál
es el fantasma que ronda la escena, para decirlo de
alguna manera.
FERNANDO PEÑUELA: Sí
claro, por eso es que esta primera pasada general
que vamos a tener en unos días nos tiene inquietos
y emocionados. Va a ser un primer termómetro
de cómo está la cosa, de cómo
se ve o podría llegar a verse todo eso. Ahí
ya es la visión del maestro como director quien
puede empezar a detectar qué es lo que pasa
con toda esa materia escénica.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Antes
de llegar a ese punto de conclusión sería
oportuno que comentaras qué ha animado esencialmente
la construcción de esta obra. Ustedes hablaban
de algo, de dejar el concepto de la totalidad, de
construir una idea o un manejo distinto del espacio,
de encontrar elementos que articulen las escenas y
que rompan con ciertas maneras tradicionales de pasar
de un cuadro a otro. ¿Por qué no conversar
un poco sobre eso?
FERNANDO PEÑUELA: Mira, en
las primeras etapas de improvisaciones encontrábamos
que el espectro inicial se nos presentaba como fragmentado
en su forma de narración, es decir, no estábamos
apuntalando al estilo tradicional de un relato unitario
con sus núcleos de planteamiento, nudo y desenlace,
no, de ninguna manera. Eran cuentos y cuentos, o escenas
y escenas unitarias que no tenían nada que
ver la una con la otra en términos de narración.
Ahí empezamos a hablar y entonces surgieron
carretas de los nuevos pensadores, de filósofos
postmodernistas, en torno al cuento, ya no de la fragmentación,
sino del concepto de lo fractal, del caos, de la incertidumbre,
etc. Y encontrábamos entonces que las teorías
de ese pensamiento moderno coincidían de alguna
manera con nuestras iniciales intuiciones. También
nos alimentábamos indirectamente del estilo
narrativo de las últimas y más interesantes
películas del cine underground norteamericano,
latino y europeo, encontrando coincidencias, y así,
sin proponernos hacer una obra basada en teorías
o en copiar estilos, sí nos fuimos dejando
ir por el camino de nuestras intuiciones, pulsiones
y recursos teóricos ganados al arte y a la
filosofía. Pero libremente, te subrayo, porque
una obra de arte no se hace con teorías. Y
el resultado es este monstruo que por lo pronto tenemos
como engendro
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Pero eso no es producto
de una sola persona, en este caso Santiago García,
sino de la percepción que muchos de ustedes
tienen de que el momento no se deja agarrar sino desde
lo fragmentario. Es como algo que se impone en la
sensibilidad de la época. Creo que es algo
que se siente -tú lo has dicho-, y que en distintos
lenguajes se está manifestando. El cine mismo
entra en el azar y en el... digamos, el propósito
es cómo situarse en esta fragmentación
y cómo desde la fragmentación generar
o producir algún sentido sobre lo que se hace.
Y creo que eso mismo se presenta a muchos niveles;
quien mejor refleja esa adaptación es el arte
en su conjunto, en sus distintas manifestaciones,
en la pintura, el teatro, la música, el cine.
Todos confluyen en esta visión de la realidad
como algo que perdió su centro, perdió
su unidad, perdió su sentido y estamos sumergidos
en el mundo de la fragmentación. Me recuerda
mucho a las nuevas concepciones que son fuertes en
este momento de la corriente psicoanalítica,
la problemática del goce como aquello que refiere
a lo parcial del objeto.
FERNANDO PEÑUELA: Sí,
con esta obra y producto, tal como ella misma nos
ha ido resultando, nos hemos planteado y cuestionado
el concepto de unidad tanto en su esencia como en
la forma, y en esas estamos.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Es muy
interesante que insistan en dar un punto de vista
adecuado sobre la clase dirigente, que conserven esa
preocupación y, sin embargo, lo traten de hacer
desde una nueva visión teatral. Yo puedo pensar
el problema político y preguntarme: esta realidad
en la que han desaparecido los referentes, ¿desde
dónde poder pensarla? Casi como decir: bueno,
estamos haciendo teatro, seguimos haciendo teatro,
tratando de indagar -como tú dices- en la realidad
actual sin visiones esquemáticas simplistas.
Bien, volvemos al principio: siendo actores, yo pregunto:
¿cómo, desde esta profesión interpretar
la realidad, dada la pérdida de las coordenadas
de pensamiento que suponían unidad de sentido,
allí donde la fractalidad de los hechos la
desmiente?
FERNANDO PEÑUELA: Es decir,
¿cómo expresarnos como grupo y como
individuos actores de La Candelaria frente a esta
realidad, de otra manera y con otras formas?
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Exactamente.
En ese sentido, ¿qué es lo que esperan
entregarle al público con esta obra?, ¿qué
esperarían del público cuando ya esté
apreciando este producto terminado?
FERNANDO PEÑUELA: Yo, particularmente,
pienso en primer lugar conmoverlo, tratar de desencajarle
sus acomodadas y esquemáticas visiones frente
al hecho teatral mismo y frente a la realidad, llevarlo
al umbral mágico de nuevas e insospechadas
pulsiones.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: ¿No
fue eso, o no ha sido esa, la inquietud permanente?
¿Qué va a ser lo nuevo en esta obra?
FERNANDO PEÑUELA: No sé,
tal vez muchas cosas, tal vez pocas o ninguna, no
sé. Por lo pronto te diría que lo nuevo
es la manera en que estamos armando esta obra y cómo
la hemos ido creando.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Ahí
está el reto precisamente, que puedan decir:
esto no es La Candelaria pero sigue siendo La Candelaria.
FERNANDO PEÑUELA: Pero sigue
siendo La Candelaria, claro. No por volvernos vanguardistas
y ser diferentes. Pero ante esta realidad hay que
encontrar nuevas formas de expresarla.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Si eso
se logra es un gran logro. Es un logro despertar en
cada quien al sujeto que hay en los individuos, de
forma tal que todo individuo pueda ser tocado por
esa parte de responsabilidad que le corresponde de
todo esto. Es algo que apunta a tratar de encontrar
lo que, tal vez, de cierta manera, se puede estar
diluyendo en lo que llaman postmodernidad en tiempos
de la globalización. Es que hay algo a lo que
se le quiere sacar el cuerpo, entonces la persona
-y la clase colombiana dirigente ha sido maestra en
esto-, desgraciadamente no se pregunta, como sujeto,
qué parte de responsabilidad tiene en lo que
está pasando. ¿Cómo mostrar esto
y ser diferentes en la selección de esquemas?
¿Cómo moverle el piso a la gente y que
se sienta tocada, no masificada por el señalamiento
y la denuncia, sino tocada cada uno en su ser más
íntimo? De alguna manera, eso tiene que ver
con la preocupación de ustedes.
FERNANDO PEÑUELA: Es claro
y tú lo has dicho, tú que has estado
viendo desde afuera.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Pero es
una responsabilidad que no llama al señalamiento
precisamente. Es, por ejemplo, que hay un punto de
encuentro en la actuación que excede al actor,
y a eso le llamaste pulsión. La pulsión
es una forma de mostrar que lo que nos es más
extranjero, es también lo más íntimo,
que la pulsión es algo que excede al sujeto
pero que igualmente le pertenece. Ese es el punto
de confluencia en que el actor podría tal vez...
FERNANDO PEÑUELA: ...darse
con el espectador.
EDUARDO ARISTIZÁBAL: Sí.
Notas
1. El término viene del inglés
coupling, que significa acopladura, ajuste, ensamblaje,
empalmadura, junta, unión, conexión.
(N. de la R.)
Revista
Conjunto - Cuba
Agosto - 2003
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