|
De estatura
poética
AMADO DEL PINO
Abilio Estévez
(1954) es uno de los nombres esenciales de la
dramaturgia cubana en los últimos tres
lustros. Desde el estreno en 1987 de La verdadera
culpa de Juan Clemente Zenea se impuso por el
equilibrio entre lo poderoso de su verbo y la
teatralidad de situaciones o personajes. En
Perla Marina rindió homenaje a la lírica
nacional y lo hizo con notable sabiduría
escénica. En 1994 obtuvo, con La noche,
el codiciado Premio Tirso de Molina.
Ahora, en la flamante sala Llauradó,
de 11 y E en el Vedado, se presenta El enano
en la botella, puesta en escena de Raúl
Martín con su Teatro de La Luna. Con
Santa Cecilia (llevada a las tablas con mucho
éxito por la actriz Vivian Acosta), Abilio
demostró su capacidad para ofrecer todo
un mundo poético, sensorial y filosófico
a través de un solo personaje. |

El actor cubano Mario Guerra en "El Enano
en la Botella" Cuba |
Resulta coherente que Martín
haya asumido este texto. Estamos ante el director
que con mayor insistencia y acierto ha asumido, en
los últimos años, el legado de nuestro
clásico Virgilio Piñera. Abilio considera
a Piñera su maestro y colaboró con Raúl
en la puesta en escena de La boda, un título
piñeriano que la crítica había
subestimado. Además, a una obra como El enano...,
de gran riqueza conceptual, venía bien un director
que se caracteriza por el culto al movimiento y la
influencia de lo coreográfico.
El teatrólogo y ensayista Osvaldo
Cano ha destacado en este unipersonal "toda una
voluptuosidad cultural, un juego desenfadado y cubanísimo
con la literatura, la música o la filosofía".
Martín acentúa ese carácter de
juego y, sin restar valor a las palabras, lo adentra
en el terreno espectacular. La escenografía
y el vestuario —a cargo del propio director—
funcionan coherentemente, aunque hubiese preferido
menos letras en las paredes del escenario. Tal vez
si los letreros, con conceptos básicos del
texto, se hubiesen escrito con tipografías
diferentes, se hubiese conjurado el peligro de la
monotonía en la visualidad.
Mario Guerra se ratifica como uno
de los intérpretes más versátiles
y completos de su generación. La puesta le
facilita una inteligente alternancia entre la frontalidad
y un movimiento bien justificado en círculos.
La relación con los objetos en el escenario
apunta también a lo impecable. La banda sonora
—incluyendo la ingeniosa canción de Bárbara
Llanes— establece un adecuado contrapunteo.
Solo en algunos momentos el afán de resultar
agradable y la vocación de mantener un ritmo
alto, empaña los matices de la rica caracterización
del enano. Con todo, conmovedora resulta la capacidad
de Guerra para lo tragicómico, su singular
sentido de lo grotesco, lo depurado de su entrenamiento.
El enano en la botella nos recuerda
que con la variante del actor en solitario también
puede lograrse un espectáculo de calidad. Más
aún cuando se parte de un texto repleto de
contrastes y resonancias
Foto-
Pepe Murrieta
Agosto
- 2003
|