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Norge
Espinosa analiza en un ensayo los hallazgos y aportes
de la personal estética teatral de Carlos Díaz.
CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami
En la breve nota con la cual
presenta Carlos Díaz: Teatro El Público:
la trilogía interminable (Casa Editora
Abril, La Habana, 2002), Norge Espinosa Mendoza
(Villa Clara, 1971) declara ser un sincero cómplice
del teatrista cuya trayectoria repasa en esas
páginas. Para redactarlas acudió
a su memoria como espectador de los montajes
de un creador que, como él bien recuerda,
en el verano de 1990 estremeció el ambiente
escénico habanero con una trilogía
de obras norteamericanas (Zoológico de
cristal, Té y simpatía, Un tranvía
llamado deseo) en la que proponía un
transgresor diálogo con el público,
al que "lograba sacudir en una época
donde las sacudidas, justamente, resultaron
tan necesarias como enervantes".
Si aceptamos que el hecho escénico constituye,
por naturaleza, el arte de lo efímero,
es una auténtica suerte que por lo menos
cuente con espectadores inteligentes y con buena
memoria que dejen algún registro de ese
fugaz prodigio. Carlos Díaz y el Teatro
El Público contaron, afortunadamente,
con ese espectador privilegiado en Norge Espinosa
Mendoza, quien activó sus recuerdos y
los plasmó en un libro que mereció
en el año 2000 el Premio Calendario de
Ensayo. |
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En el terreno de la investigación
teatral, no sólo no abundan, sino que son más
bien escasos los casos en los que un especialista
se dedica a seguir y documentar la trayectoria de
un artista o un colectivo. Eso es lo que ha hecho
Espinosa Mendoza, quien más allá del
comentario puntual de cada uno de los estrenos, se
dedicó a trazar el fascinante proceso mediante
el cual han ido cobrando forma e integrándose
los elementos de la poética escénica
de Carlos Díaz. Y digo descubre, porque su
mirada atenta y lúcida arroja nueva luz sobre
aspectos de ese trabajo y sabe distinguir las señales
distintivas que le dan coherencia.
Varios son los méritos de este
ensayo, en el que su autor alcanza un justo balance
entre el juicio apasionado y la reflexión inteligente.
Se trata, en primer lugar, de un texto en el cual
Espinosa Mendoza no teme en contaminarse con el objeto
de estudio, al convertirse en documentalista del proceso
creador de Carlos Díaz, del cual, insisto,
realiza un estudio y una disección globales,
y no un seguimiento mecánico de estreno por
estreno, aunque tampoco lo elude. Es un tipo de labor
poco frecuente, que tiene exponentes representativos
en el italiano Franco Quadri y los franceses Bernard
Dort y Georges Banu. Entre nosotros, Rosa Ileana Boudet
realizó una labor similar con el llamado Teatro
Nuevo. Para que se me entienda mejor, hablo de una
crítica que, en aras de un análisis
más profundo, se implica en el discurso de
los teatristas.
Conceptos bizantinos como los de la
objetividad y la autonomía de la práctica
escénica, que se suelen exigir a los críticos,
son puestos en cuestión por Espinosa Mendoza,
quien demuestra que la subjetividad y la pasión
no tienen por qué ir en detrimento del ejercicio
crítico, sino que, por el contrario, lo pueden
enriquecer notablemente. Aquí éste gana
con los testimonios de primera mano que el autor aporta,
y que provienen de sus experiencias como espectador
de los montajes. Mencioné el subjetivismo,
y como no quiero que se me interprete mal, me apresuro
a precisar que en el caso del libro que aquí
reseño, no estamos ante un individuo que se
limita a comunicar sus impresiones personales, ese
impresionismo que es uno de los males endémicos
de la crítica teatral. El autor de Carlos Díaz:
Teatro El Público: la trilogía interminable
es un especialista cuyas opiniones aparecen razonadas
y sustentadas con inteligencia y seriedad metodológica.
Espinosa Mendoza, además, desarrolla su análisis
con un aparato crítico riguroso, pero nada
agobiante ni lastrado por el lenguaje pretendidamente
científico que tanto prolifera en el mundo
académico.
Agréguense a esos valores,
la claridad y la elegancia de la prosa con que está
escrito y se tendrá una medida de los méritos
notables de este ensayo, cuya lectura, además
de enriquecedora, es muy disfrutable.
Agosto
- 2003
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