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Teatro en Londres
MATIAS MONTES HUIDOBRO
Especial/El Nuevo Herald

Hace poco mi esposa y yo regresamos de Londres donde nos organizamos un Festival de Teatro en 10 días que fue un verdadero maratón. Nos costó un ojo de la cara, porque el teatro en Londres ya no cuesta lo que costaba antes; salvo el del National Theater, Royal Shakesperare Company y organizaciones estatales, que son una verdadera ganga, con puestas excepcionales.

Una ciudad donde el teatro es más importante que la comida, los deportes y la religión, es decididamente la ''meca'' (si se me perdona la expresión) de cualquier dramaturgo y amante del teatro. No hay más que echarle un vistazo a su cartelera y compararla con Broadway, para darnos cuenta.


Globe Theater

Los programas (por los que hay que pagar una tres libras esterlinas, pero valen más de lo que cuestan) son textos que invitan al aprendizaje, y en nada se parecen al comercializado y poco imaginativo Playbill de Broadway.

Además del respeto por el teatro, los ingleses tienen pasión por los inconvenientes y las incomodidades, con una particular preferencia para la aglomeración y la falta de espacio.

En las catedrales, las tumbas están unas encima de las otras, un poco apelotonadas. Lo mismo pasa en el Parlamento, donde sus representantes parecen sentarse unos encima de otros. Y en los pubs, que tienen mucho carácter y muchos londinenses, uno acaba tomándose la cerveza en las aceras.

Otro tanto en el teatro en los intermedios. El té, o el café o el gin tonic, se toma en espacios reducidos, precipitadamente, entre visitas mucho más incómodas a los toilets, subiendo y bajando escaleras y caminando por estrechos pasillos.

Aunque todo funciona a la perfección en escena, no ocurre lo mismo cuando se está fuera de ella. En el teatro si una obra empieza a las 7:30 ningún inglés que se reconozca como tal entra hasta las 7:25, porque es más incómodo llegar a la hora exacta, en busca de butacas.

Es impresionante ver cómo se llena cualquiera de los teatros del National Theater durante esos últimos minutos sin que quede un asiento vacío. Pero segundos después, cuando se apagan las luces y empieza la obra, hay un silencio sepulcral donde se puede escuchar el vuelo de una mosca, que no es interrumpido por el más leve comentario. Es un instante de religiosidad teatral que francamente sobrecoge y va acorde con el respeto al teatro.

Shakespeare entre el Globe Theater y Stratford-upon-Avon

Naturalmente, nos fuimos al Globe Theater. No habíamos ido antes porque cuesta trabajo llegar a él y los taxis son muy caros. Así que nos fuimos en metro y regresamos en guagua.

Por supuesto, nos perdimos y llegamos al teatro con la lengua afuera. Pero a tiempo para comprar almohadillas para sentarnos, pues como la reproducción es exacta los asientos son muy duros y hay que ablandarlos con algo. Pero un teatro casi al aire libre, donde se le advierte al espectador que la función no será interrumpida ni se devolverán entradas aunque hubiera mal tiempo (y en Londres casi nunca lo hay bueno), y hay que ir con impermeable, sombrilla y paraguas, y donde gran parte de los espectadores ven la obra de pie, es realmente un espectáculo único y una prueba de fuego para los aficionados a la escena.

Desgraciadamente, el día que fuimos la cosa no pasó de cielos nublados y lloviznita, que resistieron bravamente los espectadores que de pie, en el patio, se estaban mojando. La puesta en escena fue Ricardo II, una obra de Shakespeare sobre el exilio, que nos toca de cerca.

Antes de ir, porque la cosa no es de pasar el rato, la habíamos leído y estudiado en una edición bilingüe. Se representa poco, pero algunos de sus textos me han hecho llorar. Ricardo II, advierto, era un tirano de pacotilla, muy por debajo de Ricardo III (a los cuales ha dejado chiquitos Fidel Castro, que sí sabe lo que es tiranizar y condenar al exilio), y Mark Rylance lo hace descaracterizándolo y reduciendo su significado a niveles casi de pandillero --como en el fondo son todos ellos. Todo con mucha chispa, como si estuviéramos allí hace 400 años.

Como tampoco habíamos estados en Stratford-upon-Avon, nos fuimos hasta el pueblecito donde nació Shakespeare y donde lo enterraron, a dos horas y media de Londres.

El paisaje, por cierto, de un verdor esplendoroso, gracias a la lluvia. Pero el tren que lleva a Stratford, a pesar de lo que digan las guías de viaje, es cochambroso y tercermundista: realmente una vergüenza nacional. Finalmente pude reconocer ''en vivo'', no sólo el tren sino la estación donde Trevor Howard y Celia Johnson tomaban el té en la famosa película de David Lean Lo que no fue, porque la ambientación, si bien no era shakesperiana, es de 1945.

No deja de sorprenderme que los ingleses viajen diariamente en estas condiciones desde los alrededores de Londres, sin decir ni pío, pero como van leyendo el Times como en misa, y como el Times es un periódico excelente, no se darán cuenta de lo que tienen alrededor.

Aunque es posible que lean otra cosa. Pero el caso es que todo el mundo iba leyendo y, afortunadamente, en el mayor silencio. Daba gusto, principalmente viviendo de culturas donde la gente no cierra el pico.

En todo caso, Stratford, aunque algo comercializado, es un santuario que va desde la casa en que nació Shakespeare hasta Trinity Church donde yace. Allí vimos La fierecilla domada en la sede del Royal Shakespeare Company.

La experiencia no es la del Globe, pero la acústica, visibilidad y principalmente la comodidad compensan la diferencia. A pesar del machismo de esta obra, es una delicia de humorismo y de confusión de identidades llevada a veces (no siempre) con mano maestra e interpretada a la perfección de acuerdo con los dictámenes intertextuales del dramaturgo.

Realmente, no sé cómo lo hacen y, naturalmente, las puestas en escena del teatro español del Siglo de Oro que he visto en España (y en otras partes) no llegan ni remotamente a lo que hacen los ingleses, donde cada palabra y cada gesto (incluyendo cada silencio) es un espectáculo en sí mismo, desde afuera y desde adentro. Porque los actores ingleses, shakesperianos o no, saben escuchar para responder de acuerdo con lo que les dicen (que es lo que generalmente ocurre en la vida real, aunque no siempre) y no de acuerdo con un texto memorizado que hay que despachar rápido, sin digerirse, como si en acabar pronto y mal estuviera la dinámica del teatro.

Justo es decir que en esta temporada el Siglo de Oro no salió muy bien parado en el Young Vic, donde fuimos a ver una disparatada puesta en escena de Peribáñez y el Comendador de Ocaña (más exactamente de Ocana), de Lope de Vega. No dejó de sorprenderme porque hace unos años les vi hacer un Don Juan de Tirso excepcional, un don Juan que era un hippie escapado de Leicester Square, que ha sido el único don Juan que he visto que ha servido para algo.

Strindberg e Ibsen entre Ian McKellen y Ralph Finnes

Ver en 10 días en escena a Ralph Finnes, Ian McKellen y Joan Plowright dirigida esta última por Franco Zeffirelli, sin contar las actuaciones excepcionales de un grupo de actores cuya trayectoria desconozco, no es cosa de todos los días. Saltar de Shakespeare a Ibsen, a Chejov, a Pirandello, a Strindberg, a Ben Hetch, a Lope de Vega, en un período tan corto, es sencillamente un banquete.

El recorrido lo empezamos con Ian McKellen en La danza de la muerte de Strindberg cuyo montaje a telón abierto es de gradual y contenida intensidad. Mientras el público entra en la sala, lo hacen McKellen y Frances de la Tour en escena. Caminan por ella, hacen esto y aquello, encienden velas y abren ventanas, como quienes van entrenándose para un combate cuerpo a cuerpo.

Realmente, ver a un actor como McKellen caminando ''por su casa'' como un hijo de vecino (aunque fuera escandinavo), de forma cotidiana e insignificante, lo deja a uno automáticamente con la boca abierta, en un contrapunto entre la insignificancia y la grandeza. La obra no puede ser más sombría y el montaje no lo es menos (como debe ser), moroso, oscuro y frecuentemente violento; pero de violencia auténtica, no artificial, ni de grandilocuencia y gritos, que pasa del diálogo casero al casero estrangulamiento, como en la vida real. A la crueldad cínica, masticada, de McKellen se opone la mordida trapera de Frances de la Tour, todo perversamente escandinavo.

En cuanto a los dos Ibsen que vimos, fueron extraordinarios. Ralph Finney hizo un Brand excepcional, sin contar la actuación de todo el elenco. Imaginarse esta obra poética de Ibsen, que se lleva muy pocas veces a escena, es difícil por el peso mismo de su monumentalidad. Pero el escenario en tonos grises hace sobrecogedor las dimensiones físicas del personaje, y el propio Finney, que es un hombre más bien pequeño, se crecía en el gesto y el texto, ese ''todo o nada'' que exige Brand a los verdaderos creyentes, entre el fanatismo y la fe, que tiene la grandeza apocalíptica de la avalancha que cierra la obra.

En el terreno de la fe no hay términos medios, como en el teatro, que tiene que llevarse a escena sin concesiones, como apocalíptica avalancha, que es el único efecto especial que tiene el buen teatro. Todo lo demás es fanfarria callejera.

Por el contrario, las dimensiones físicas de La dama del mar son reales, pero igualmente monumentales, de un Ibsen cuya grandeza aumenta para mí a medida que envejezco. El papel protagónico lo hizo Natacha Richardson (que no es Miranda Richardson, más conocida), en un trabajo de un desgarramiento y una belleza en la que las semejanzas con el tipo de actuación de Vanesa Redgrave eran mayores que la que uno encuentra en la Natacha Richardson que aparece en un papel secundario en Maid en Maniatan, lo que da la medida de la gran actriz que es.

A pesar de la incomodidad del Almeida Theater (que es como la del Globe 400 años atrás, todo sea por la tradición), ver a un Ibsen en estado de pureza (y por $12) no es cosa de todos los días. A muchos directores no habrá quienes les meta en la cabeza, de lo cerrada que la tienen, que esa confrontación ideológica, sicológica, genética, física, metafísica y personal que hay en Ibsen, es gran teatro, gran espectáculo, en que todo tiene que decirse sin meterle tijera y sin decir los textos de carretilla para que el público se vaya temprano.

Me perdí a Kristin Scott Thomas haciendo de Masha en Las tres hermanas de Chéjov, pero no importó porque el porte de Susana Harker no tenía desperdicio, sin contar el de las actrices que interpretaron a las dos hermanas restantes y casi todo el elenco. Nunca me había imaginado a Mascha con esa dosis de perversidad erótica.

Y esto que no fue el mejor de todos los montajes, a pesar de toda la plasticidad que le dio su director, Michael Blackmore, quizás en exceso de belleza y equilibrio. La adaptación era del dramaturgo Christopher Hampton, pero no sé en qué consisten estas adaptaciones inglesas que son más fieles que el original. Las tres hermanas me la conozco al dedillo, además de habérmela vuelto a leer dos días antes, y estoy seguro que ni Stanislavski pudo ser más fiel a Chéjov cuando la llevó a escena.

Para variar el ritmo, en el Olivier en el National Theatre vimos His Girl Friday, una adaptación del dramaturgo John Guare en que combina The Front Page de Ben Hetcht y Charles MacArthur con la película de la Columbia Pictures que interpretaron Cary Grant y Rosalind Russell, demostrando que los actores ingleses pueden hacer cualquier cosa, de Shakespeare a la dinámica del cine norteamericano de los 30 y los 40, con un sentido deportivo de la vida, vital y cínico al mismo tiempo, hasta lo deshumanizado.

Como dice John Guare, The Front Page es una de esas obras maestras del teatro norteamericano que pasa inadvertida frente a Long Day's Journey, Streetcar, Our Town, Death of a Salesman, pero que tiene una vitalidad periodística que no hay en ninguna otra parte del mundo, salvo en Norteamérica y en el London Stage, donde un equipo de actores reprodujo teatralmente la dinámica fílmica del cine en blanco y negro (que fueron los tonos de escenografía y vestuario) de los años 30 y 40, incluyendo a Clark Gable.

Pirandello, Joan Plowright y Franco Zeffirelli

La última noche nos fuimos a ver Así es, si os parece, de Pirandello, dirigida por Franco Zeffirelli, traducida como Absolutely! (Perhaps), con Joan Plowright. Cualquier cosa que diga será quedarme corto. Tenía mis dudas porque los manerismos que a veces tiene la Plowright son irritantes, ¿pero cuándo iba a tener la oportunidad de ver un Pirandello dirigido por Zeffirelli? Teniendo Pirandello la influencia que ha tenido en la escena cubana y en mi propia dramaturgia, realmente no era cosa de perdérmelo.

De entrada, la sobriedad de la Plowright es de un impacto absoluto y no se le escapa el menor manerismo. Vestida de negro, contrasta con el resto del reparto, llamativo y muy a la italiana, dejando que las lágrimas le corrieran sin una sola gesticulación, como señora que está de luto y a quien le asienta el negro. Pero el mayor contraste se establece entre el desarrollo interno de su personaje con la intencional ''externalidad'' de los demás, el color mismo del vestuario y las butacas teatrales de la sala de estar. No diré que Pirandello deje corto a Chéjov, Ibsen o Strindberg, pero su profundidad va acompañada de un refinado sentido de lo irónico y paradójico de la conducta humana, esa que hace de todos y cada uno de nosotros un espectáculo.

De regreso, me puse a buscar los programas de viajes anteriores, y me di cuenta que en su conjunto configuran una experiencia única. No sé si con estas puestas en escena he aprendido algo, pero ciertamente he disfrutado mucho.

Para mí ir al teatro es como ir a misa, y un sermón mal escrito y mal representado es una profanación en un templo. La ceremonia ritual de la representación no permite llevar la sotana como quien se pone un disfraz para oficiar la misa y el texto no puede estar lleno de disparates. Hay que respetarlo, porque es sagrado. Una taza de té debe tomarse como quien eleva el cáliz, y esto lo digo con el mayor respeto eclesiástico. Los santuarios no deben profanarse.

En Inglaterra, cuando un actor (o una actriz) entra en escena con todas las de la ley, lleva la ropa, especialmente de época, como si hubiera nacido con ella, para oficiar debidamente. Realmente hay un punto, como Natacha Richardson en The Lady from the Sea, que las actrices se vuelven sacerdotisas y encarnaciones de Venus.

Fuente: El Nuevo Herald
Agosto - 2003

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