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Otra vez Marivaux
NANCY MOREJÓN
Durante la primera mitad del siglo XVIII —el
siglo de los maravillosos enciclopedistas tan importantes
para la historia de las ideas en las Américas—,
el dramaturgo francés Pierre de Marivaux concibe,
estrena y publica una de sus obras más significativas,
Juego del amor y del azar (1730), la cual sirviera
de inspiración a una generación de teatristas
ya muy avanzado el siglo XIX. Su fama como hombre
de teatro y como escritor siempre se vio ensombrecida
por la descomunal figura de su compatriota, el comediógrafo
Moliere cuyos personajes y mañas, de alguna
manera, irían a trasladarse al propio arsenal
dramático de Marivaux.
Olvidado y preterido por la crítica de su
época, fue a partir del siglo XX que el teatro
de Marivaux cobró mayor relieve. El actor Jacques
Lasalle relata en un memorable texto cómo aquel
teatro imperfecto, acusado de mimetismo, se volvía
útil, pues su mejor carácter provenía
de la escena italiana, la conocida Comedia del Arte
y, asimismo, de la tradición más ortodoxa
de la Comedia Francesa en cuyas tablas todavía
hoy resuena el estilo y la peripecia del autor de
La vida de Mariana.
Justiciero y optimista como el siglo de las luces
que lo viera nacer, el teatro de Marivaux, visto bajo
el lente de teatristas modernos, ha sido objeto de
estudio, por ejemplo, del teórico Patrice Pavis
quien le atribuye una naturaleza contemporánea
en la medida en que, mediante juegos mágicos
muy delicados, resulta ser un transgresor de costumbres
y estereotipos.
La pieza que acapara nuestra atención ahora,
y que acaba de regresar a escena por la Compañía
Teatral Hubert de Blanck (Calzada entre A y B, en
el Vedado), en versión y puesta en escena de
Luis Brunet, ya había deleitado al público
habanero durante 1996 pues para entonces había
recibido una sorprendente acogida.
Juego del amor y del azar aborda el tema del equívoco
amoroso entre amos y esclavos. Silvia finge ser Lissette,
su propia sirvienta, para así probar la calidad
del amor de su pretendiente Dorante quien, a su vez,
imposta la personalidad de su criado Pasquin, legendaria
figura no solo del teatro occidental sino de sus bellas
artes. Juego casi de niños, juego de amor y
de azar en donde los personajes transgreden sus costumbres,
sus sentimientos y, sobre todo, su origen de clase.
Uno de los parlamentos claves de Silvia (personaje
encarnado en el siglo XVIII por Silvia Balletti, una
hermosa actriz quien creara una verdadera leyenda
escénica en su época) determina el espíritu
de esta pieza: "Quiero un combate entre el amor
y la razón". Una comunidad de sentimientos
e intereses suministra los móviles de la acción
así como del argumento. Marivaux propicia un
juego malabar de situaciones apoyándose en
el dominio del lenguaje escénico de la Comedia
del Arte. Su propuesta es hija de varias corrientes
y los espectadores contemporáneos debemos agradecerle
su sentido de la diversidad en el cultivo de las formas
artísticas.
El público cubano podrá apreciar por
segunda vez este sugerente título de Marivaux
que renace del olvido, frecuentado ahora por estos
teatristas nuestros que anhelan desempolvar máscaras
y pelucas aparentemente ridículas, pero llenas
de esa sabiduría que siempre emana del buen
teatro. Esperemos que cuando caiga el telón
los criados se hayan enamorado de sus amas; los amos
de sus sirvientas y, nosotros, los espectadores, de
Marivaux y de la puesta de Luis Brunet que nos ofrece
la Compañía Hubert de Blanck como fiel
propuesta de un siglo que acaba de terminar no hace
un lustro todavía.
Diciembre
- 2003
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