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Colosal antigualla
JOAN-ANTON BENACH
“Juliol del 36” es
un insuperable monumento a la incongruencia idiomática,
un absurdo y risible galimatías
Si Claude Mercadié y Boris Rotenstein hubieran
podido frecuentar los teatros de nuestro país
allá por los años cincuenta, sin duda
no habrían perpetrado ahora, el primero como
autor y el segundo como director, una antigualla tan
colosal, tan polvorienta como la titulada “Juliol
del 36, Barcelona”. Pero el periodista francés
Mercadié estaba por aquella época de
corresponsal en Indochina y el creador ruso iniciaba
en Leningrado una carrera saboteada muy pronto por
la inclemente censura soviética. El teatro
español “de tesis” que con frecuencia
destilaba el nacionalcatolicismo reinante en nuestro
país era, para ambos, algo muy exótico,
irrelevante o perfectamente desconocido.
En alguna ocasión Rotenstein ha contado que
su exilio en Barcelona se debió a la atmósfera
asfixiante que hallaba en su país, antes de
la “perestroika”, para desarrollar el
teatro que él quería. Con toda la cautela
que viene al caso, sospecho que se ha enfrentado a
“Juliol del 36” sin desprenderse de la
hostilidad que mantenía respecto al régimen
dictatorial y burocrático de la URSS. De ahí
que uno de los principales personajes de la obra,
situada en los primeros días de la Guerra Civil
en Barcelona, sea un comisario mefistofélico,
adornado con los signos, modos y maneras del más
pérfido sicario estalinista. En el tratamiento
de tan desagradable caballero, Rotenstein olvida que
el PSUC era por aquellas fechas una criatura recién
nacida y que el “partido” que con tanto
énfasis se jalea en el inefable drama no era
todavía el Partido, en mayúscula, de
meses más tarde.
El director se balancea, pues, en los tópicos
que le manda el autor, los subraya con gozo y le importa
un bledo que salga algún historiador que ponga
a los dos de rodillas y de cara a la pared hasta que
se sepan la lección. Claude Mercadié
propone que el comando que capitanea el comunista
esté formado (!) por anarquistas y libertarios,
combinación que permite proclamar las profundas
diferencias entre el jefe y su tropa, anticipando
así, muy sibilinamente, los feroces enfrentamientos
de mayo de 1937. Pero todo eso es “peccata minuta”
al lado de la propia anécdota y su desarrollo.
Una línea argumental refiere el idilio que
florece entre la chica del cuento (Miriam Escurriola),
hija de una viuda menestrala (Muntsa Alcañiz),
y el joven anarquista armado (Aleix Rengel) que interviene
en el registro expeditivo del piso de las dos mujeres.
Pese al trámite tan violento y descortés,
se producirá el flechazo y ambos jóvenes
acabarán alistándose a la columna Durruti.
Simultáneamente, la viuda se ve impelida a
dar refugio a un sacerdote, Mossèn Santiago,
personaje sublime y acongojado, que lleva veinte años
en Barcelona y le habla en castellano a la dama, un
pusilánime tremendo que se resiste a vestir
de paisano para escapar de los salvajes revolucionarios
que husmean su rastro para matarlo. Quitarse la sotana
es para él una imperdonable traición
a la Iglesia. Casi un 50 por ciento de la obra es
un diálogo entre la viuda y el clérigo,
y éste, con su me la quito, no me la quito
(la sotana), le larga al espectador un hórrido
e insportable tostón. Un tostón muy
mal interpretado, además. Una lata andrajosa
que, quitando las pocas referencias a las brutalidades
de los sublevados fascistas, hubiera podido firmar
don Joaquín Calvo Sotelo, antes o después
de evacuar “La muralla” (1954).
Muntsa Alcañiz y Miriam Escurriola hacen lo
que pueden. Los personajes masculinos naufragan con
el incomprensible beneplácito de un director
que muchas veces ha demostrado su alta competencia
y regalado excelentes espectáculos. Mercadié,
que pasa temporadas en Eivissa, se ha percatado de
que aquí funciona viento en popa el bilingüismo
y el responsable de la versión, Lluís-Anton
Baulenas, recibió el encargo de hacerla bilingüe.
Ignoro si el autor metió mano en dicho quehacer,
pero lo cierto es que “Juliol del 36”
es un insuperable monumento a la incongruencia idiomática,
un absurdo y risible galimatías . En fin: dos
horas y media largas, larguísimas, para olvidar
ipso facto.
Fuente
- La Vanguardia
Diciembre - 2003
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