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El “art” del
perfeccionista Darín
JOAN-ANTON BENACH
Pocas comedias contemporáneas habrán
conquistado tanto con tan poco. Tan severo es el ayuno
de originalidad que el teatro nos impone, que un relámpago
de ingenio como el que traspasa “Art”,
la obra de Yasmina Reza, deslumbra cegadoramente.
Y, de hecho, “Art” es poco más
que un relámpago, una ocurrencia brillante,
un feliz hallazgo argumental del que se derivan unos
conflictos francamente cómicos envueltos, de
forma muy liviana, en unas consideraciones en torno
a la “psicología de la amistad”.
Como saben puesto que el “Art” de
Ricardo Darín es el mismo “Arte”
que Flotats nos trajo temporadas atrás,
la amistad es a tres bandas. Tres amigos cuya larga
y estrecha relación se ve alterada tumultuosa
e inopinadamente por el esnobismo de uno de ellos,
quien, sin encomendarse a los otros dos, se ha gastado
una fortuna en un cuadro que es la pura inanidad conceptual.
Una tela blanca, con unas muy tenues líneas
blancas, una supuesta interpretación del vacío,
abierta a las especulaciones metafísico-fuleras
en las que a menudo se refugia la inextricable literatura
en torno a la plástica actual. Los espectadores
ríen con ganas las burlas que castigan al snob
y a la pintura sublime. Y celebran, especialmente,
la vehemente agresividad del mandamás del grupo
(Óscar Martínez), cuyo tácito
liderazgo la decisión del médico (Germán
Palacios) ha puesto en entredicho y, más aún,
las intervenciones del pusilánime Iván
(Ricardo Darín), cuya lógica pacificadora
acabará imponiéndose.
El lector que en su día pudo ver “Arte”
tiene la ocasión de comparar el montaje de
Flotats con el que propone la compañía
argentina dirigido por Mick Gordon a partir de la
versión de Matheu Warchus. No le será
fácil alcanzar deducciones concluyentes dado
el muy distinto registro. Quizá el personaje
de Josep Maria Pou tenía mayor complejidad
que el de Óscar Martínez, y el Iván
de Darín es más comedido que el de un
muy bullicioso Flotats. Al final, no obstante, las
dos versiones funcionan admirablemente, aunque con
un matiz importante: el trío porteño
llega al Tívoli tras cinco años batallando
con éxito con la comedia. Conoce, pues, al
milímetro, el acuse de recibo que suscita en
el público, cada gesto, cada mueca, cada palabra.
Y, así, hay pausas que aguardan la risa. Ademanes
que esperan la carcajada. Ese ritmo, en fin, un punto
sincopado de los trabajos muy bien aprendidos e interiorizados,
pero que delata, a la vez, un perezoso perfeccionismo
que resta credibilidad a las situaciones y que a ratos
parecen circular a la sombra de la (¿inevitable
?) rutina.
Desde luego, y con ese matiz a cuestas, hay en “Art”
una espléndida exhibición interpretativa.
De los tres actores y, en especial, de Darín,
magnífico en su silencios y temores, en sus
tímidos afanes conciliadores y en el monólogo
glorioso del personaje abrumado por unos conflictivos
preparativos nupciales. Es la gran escena que Flotats
convertía en una atribulada discusión
telefónica, una suerte de bufonada muy aplaudida
pero menos convincente que el pasaje servido por Darín.
Fuente
- La Vanguardia
Diciembre - 2003
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