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Actrices de verdad
RICARDO ROMANOS
| Desperrados, Manolito
Gafotas, Sin vergüenzas han sido tres de
los espectáculos firmados por Garbiñe
Losada, su directora, que han pasado por aquí.
En todos ellos era casi palpable su inmensa intuición
escénica, su obsesión por el encaje
rítmico del texto -por la partitura perfecta
en su tempo narrativo-, por la sincronía
exacta de las interacciones dramáticas,
ese endiablado juego escénico, y por sus
buenas y comprometidas historias. |

La mujeres de verdad tienen curvas |
Y también, la pasión puesta en sus
empeños de excelente dramaturga: percibimos
ensayos demoledores (¿trabajo, trabajo, trabajo!)
al encuentro con esa percepción, tan encomiable,
de lo preciso (¿ritmo, ritmo, ritmo!) sin perder
de vista ni un instante dos cuestiones fundamentales
para el Teatro: Una, que son los personajes, justificados
en sus verdades internas, en sus porqués y
sus miradas, los que llenan de vida creíble
el escenario, los que hacen posible que las desesperadas
pajarracas mentales de los buenos directores de actores
seduzcan a la primera al respetable a través
de una buena interpretación. Y dos: que, aunque
cueste al principio, los aforos están para
llenarlos, para comerciar lo mejor posible con el
producto teatral resultante y todos tan felices: actores,
técnicos, programadores y público en
general. Garbiñe lo sabe muy bien y la Losada,
por ello, es cada vez mejor.
Nos lo acaba de confirmar con Las Mujeres de verdad
tienen curvas, su último y magnífico
trabajo basado en la obra autobiográfica de
la escritora chicana Josefina López (un éxito
que lleva diez años en las carteleras de Los
Ángeles y San Francisco, de obligada visión
para el público hispanohablante de EEUU también
en su excelente versión cinematográfica),
ambientado en un clandestino, claustrofóbico
y soporífero taller de costura, ya aquí
en España, donde cinco preciosas mujeres cubanas
(un acierto la transposición de chicanas a
caribeñas) soportan las dificultades, los miedos
y miserias del emigrante con o sin papeles. Dicho
así, la cosa da para un dramón. Pero
no.
El resultado es una comedia costumbrista encantadora,
de buenas y viejas raíces saineteras y cuidado
realismo, donde resplandece un gineceo exultante y
vitalista, pletórico de amor por la vida, por
la lucha por la vida, desprejuiciado y optimista.
Y para ello, qué mejor que mostrarnos y reivindicarnos,
ante tanta delgadez gilipollas de revista, la grandiosa
hermosura de la carne, la belleza indiscutible de
la gordura femenina («Mareas armoniosas de muslos,
pechos universales, desfile suntuario de carne, caucho
tibio, carne, carne, bultos afortunados cubriendo
el mundo, redondas ancas ecuménicas, espaldas
sin fin, diosas calientes», que dejó
dicho el gran Fernando Quiñones) además
de removernos con perspicaz sentido del humor y sensibilidad
exquisita nuestras adormiladas conciencias con el
palpable y escabroso asunto de la inmigración.
Por cierto, último gozo de nuestros banqueros,
formidable sustento de nuestra Seguridad Social, nuestras
autopistas y carreteras y nuestro desmedido afán
por poner ladrillos en la Luna. Para muchos no son
personas, son sudacas ajenos, alienus, aliens. O esclavos
simplemente.
Las cinco actrices, como no podía ser menos,
enormes y verdaderas en sus cometidos. Divinas, que
diría un amigo mío. Un derroche en todos
sus encantos: los corpóreos, los interpretativos,
los simpáticos, los del buen oficio. Nada más
asomar sus personajes ya estábamos encandilados.
Son cubanas menos una, que es vasca y no diré
quién porque no se lo creerían los que
la vieron de lo bien que se lo hacía con el
acento, con todo, como todas.
La escenografía, llena de cachivaches de costura,
de perchas, de prendas de vestir y máquinas
de coser entre descascarilladas paredes de afligido
semisótano, otro esencial encuentro: ¿qué
admirablemente bien jugado, interiorizado, por las
disciplinadas actrices! Las estupendas y serviciales
luces de Salaberri, marcando el paso de las horas,
creando atmósferas clandestinas o reluciendo
ilusiones; la banda de sonido ayudando a los gozos
y las sombras; el vestuario, tan a favor de los caracteres...
Naturalmente se colgó el 'No hay localidades'
y el respetable logroñés, tan sabio
él, supo premiar con cariño y ovaciones
el brillante regalo de Garbiñe, de su equipo,
de su acertadísimo elenco. Que nos traigan
pronto al Bretón su penúltimo montaje,
El Amigo de John Wayne. Dicen que es otra gloria que
no merecemos perder. LAS MUJERES DE VERDAD TIENEN
CURVAS
- Escrito por: Josefina López.
- Adaptación y dirección:
Garbiñe Losada.
- Compañía: Ados Teatroa.
- Intérpretes: Lillian Couri,
Sara Cozar, Edelweiss Hernández, Mª
Isabel Díez, Yeyé Báez.
- Escenografía: Fernando González.
- Iluminación: Carlos Salaberri.
- Vestuario y atrezo: La Gallina
Ciega.
- Actuación: Domingo 26 de
octubre de 2003.
- Teatro: Bretón de los Herreros.
24 Festival de Teatro de Logroño
Diciembre
- 2003
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