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Sabia, irónica, entrañable
moribunda
JOAN-ANTON BENACH
Cuando se lee ese libro espléndido
que es “El mal de Montano”, de Enrique
Vila Matas, uno intuye la gravedad de la “enfermedad
literaria”, el dolor de convertirlo todo
en literatura. Sin embargo, mientras dicha enfermedad
no es todavía un ensimismamiento dañino
sino la pasión por “vivir en”
la literatura de otro, sus efectos benéficos
pueden ser elocuentes. Y ahí está
la profesora Vivian Bering, una enamorada del
poeta inglés John Donne (1572-1631),
para demostrarlo.
Vivian Bering es la protagonista de “Wit”,
un texto de la americana Margaret Edson (Washington,
1961) que llega con la aureola del Pulitzer
1998 y el clamor de millones de espectadores
entusiasmados. En el escenario del Borràs,
Vivian Bering es Rosa Maria Sardà. El
papel de la profesora es de los que desafían
las mejores cualidades de una actriz. La figura
principal de “Wit”, en efecto, debe
meterse en la pálida piel de una víctima
de cáncer en fase terminal y desde este
espacio biográfico, inexorablemente trágico,
desplegar una ironía incisiva y vivaz
con la que morder los eufemismos piadosos, muchas
fastidiosas rutinas hospitalarias y los signos
inhumanos de unas prácticas médicas
que parecen preferir un minúsculo e incierto
avance científico antes que aliviar el
sufrimiento del enfermo. ¿Y la literatura?
¿Qué puede pintar en todo eso
un poeta del siglo XVII? He aquí la respuesta.
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Si la agonía y la ironía, la emotividad
y la risa, son hermanas capaces de caminar juntas
en los días últimos de Vivian Bering,
es porque la profesora dedicó gran parte de
su vida a desentrañar punto por punto las ideas
contenidas en “Los sonetos sacros” de
John Donne. En ellos, según coinciden los expertos,
el autor dedicó las palabras más sabias
y precisas a explicar el sentido de la muerte y a
dotar al estudioso una oscuridad metafísica
envuelve con frecuencia los versos del poeta
de un bagaje intelectual muy útil para hacer
frente al trance inevitable con el espíritu
apaciguado.
En la obra, pues, Vivian Bering/Rosa M. Sardà
debe ser la mujer fuerte y lúcida que simultanea
dos cosas antagónicas: el desaliento y las
agresiones brutales de una quimioterapia a la desesperada,
y la aguda observación de un entorno clínico
que la paciente censura con gran puntería y
sarcasmo. Pero Margaret Edson quiso complicar aún
más el perfil del personaje, psicológicamente
tan atractivo, convirtiéndolo, a la vez, en
narradora de la propia pieza teatral. Rosa Maria Sardà,
en primera línea de la “corbata”,
y perfectamente caracterizada ya, cuenta al público
el quid de la historia “en la que al final seguramente
yo muero”.
Después, en varias ocasiones, la protagonista
“saldrá” de la acción para
efectuar desde fuera del relato unos incisos y unas
evocaciones circunstanciales muy valiosas, sin que,
en ocasiones, se advierta su “regreso”
a la ficción. El recurso al distanciamiento
incorpora de esta forma una premeditada incongruencia
que, lejos de incomodar o “distraer”,
enriquece eficazmente un juego escénico, practicado
con todas las cartas a la vista. La magistral direccción
de Lluís Pasqual –responsable, asimismo,
de la estupenda escenografía, inmersa en una
gélida simplicidad– ha contado, claro,
con la generosidad y la conmovedora entrega del personaje
central de la historia. Rosa Maria Sardà es
una presencia constante en el espectáculo.
Avasalladora. Impresionante en el gesto, poco a poco
extenuado.
La autora quiso que su Vivian Bering “satelizara”
al resto del reparto. Fernando Guillén, como
jerifalte del equipo clínico, es un excelente
pero muy fugaz transitivo; pocas veces el gran actor,
y por necesidades del guión, se habrá
ganado el sueldo tan ociosamente. Excelente tambien
Pau Miró en la figura del joven médico,
rutinario y practicón, así como Teresa
Lozano, admirable en su aparición última,
recostada junto a la moribunda. Mercè Pons
es, en fin, una enfermera inmejorable; su indignado
estallido, cuando exige al personal sanitario que
abandone el empeño de reanimar a la recién
fallecida, es la guinda más dulce e ingeniosa
de “Wit”. Desde una esquina de la escena,
Bering/Sardà le manda a la enfermera un beso
de gratitud, que sigue en el aire como un canto esperanzador
a la muerte digna, mientras en la sala se desata una
inmediata, rotunda ovación.
Fuente
- La Vanguardia
Diciembre
- 2003
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