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Voces inmigrantes y amores
clandestinos
Camilo Sánchez
Arturo Puig, Elena Tasisto, Carolina Fal y Claudio
Quinteros conforman el elenco que dirige Luciano Suardi.
Por tercera vez, el teatro San Martin estrena una
obra de Arthur Miller.
Acá, por
ahora, no hay más glamour que el esfuerzo
y la repetición obsesiva. Ningún
vedetismo más allá de buscar el
tono exacto que debe condensar una escena. Más
rigurosidad que luminarias, de martes a domingo,
desde las cinco de la tarde hasta las once de
la noche. De vez en cuando, ciertas voces de
aliento o desencanto de Carolina Fal, Arturo
Puig o Elena Tasisto aceptan, en este tiempo,
el vértigo de las dificultades como si
empezaran recién ahora en el oficio.
"Una puesta es una sucesión de pactos
y de confianza y yo siento que eso está
ocurriendo", dice el director, Luciano
Suardi, que deja espiar esta noche, con desapego,
la paciente tarea de laboratorio de uno de los
grandes riesgos que ofrecerá el teatro
San Martín el año que viene: Panorama
desde el puente, de Arthur Miller.
En la planta baja, por detrás del bar
y el hall central, está cobrando forma
una escenografía que parece audaz e irreverente
y mucho más arriba, en el piso octavo,
en un ámbito desolado que ayuda a la
concentración, el grupo de actores que
convivirán varias horas a diario con
los hierros que se forjan más abajo,
construye un espacio de trabajo. "Es tan
fuerte el texto que pienso qué tengo
que hacer con las manos y me desconcentro",
se reprende a sí misma Carolina Fal.
"¿Está bien orientada mi
actitud ?", pregunta Claudio Quinteros,
reciente revelación televisiva de los
Premios Clarin Espectáculos 2003. |
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Ambos vienen de grabar uno de los últimos
capítulos de la exitosa Resistiré, pero
no les da para dormirse en los laureles. Entre las
seis y las ocho de la noche, repiten cinco veces la
primera escena del segundo acto. "Todas las respuestas
están en mis ojos, Catherine. Pero hace mucho
que no me mirás a los ojos. Estás llena
de secretos", dice él, en la actitud severa
y reclamante, que le indica el Rodolfo de Miller.
Carolina Fal, que se puso un vestido viejo y rotoso
que encontró en un baúl de la sala de
ensayo para borrar vestigios de sí misma y
encontrar a Catherine, trata de llevar a Rodolfo a
un terreno ambiguo: quiere convencerlo de casarse
y viajar a la Italia de posguerra y de miserias. ¿Ella
sabe o intuye la tragedia que se avecina un par de
escenas más allá?
Carolina Fal avanza, en un paréntesis del
ensayo, con un café que la repara de tanto
vaivén de emociones fuertes. No parece cansada.
"Estoy cansada, pero la verdad es que a mí
me gusta mucho trabajar mucho. Es veneno el tiempo
libre para mí", dice. Y reconoce, enseguida,
que cuando leyó la obra estuvo a punto de decir
que no: Estoy grande para Cathy, se lamentaba mientras
avanzaba en la lectura del texto. "Hasta que
comprendí que lo dramático del asunto
que plantea Miller no se basa en la diferencia de
edad sino en que Eddie y Cathy son tío y sobrina.
El hecho de que sean parientes es la marca de la tensión",
dice. La convoca nuevamente Luciano Suardi que viene
de mirar detalladamente unas maquetas donde hasta
hace un mes se movían los personajes en su
cabeza, y le sugiere el rumbo corporal de la escena.
Antes de hundirse en la tercera repetición
de la tarde, Fal dice que entre los desafíos,
lo difícil es trabajar sobre la inocencia de
su personaje. "Porque Cathy no tiene conciencia
de la situación. Y trabajar sobre lo que uno
conoce pero actuar de que no lo sabe es de verdad
muy difícil", acepta y camina, otra vez,
rumbo a Cathy. Tirado sobre un colchón, Rodolfo
comienza a imponerse sobre la identidad de Claudio
Quinteros. La Fal dobla la mandíbula hacia
abajo, muerde su boca vacía y deja escapar
un alarido que retumba en toda la sala, como si con
el gesto pretendiera borrar vestigios de madurez,
de mujer que ya ha vivido, para cultivar otras cuestiones
que la inocente Cathy parece reclamarle. "Es
que yo soy Mercedina, no me olvido que soy de la provincia",
dirá después del ensayo. "Soy provinciana
—insiste— y algo de eso es para siempre.
Tiene que ver con lo que uno vivió y alimentó,
sobre todo, en ese territorio generoso de la infancia,
donde suceden la mayoría de las vivencias que
importan". En su cabeza parecen convivir sin
problemas ese aspecto que Carolina Fal anuncia y el
desenfado de la exposición de su oficio. "Es
parte de lo complejo que somos, lo divertido del asunto.
Pero es cierto que soy tímida. Me animo menos
a conocer a alguien en la vida que a profundizar en
un personaje. En el escenario soy casi insolente:
no me asusta el escenario, me asusta la vida",
dice.
Fal y Quinteros vuelven una vez más al ruedo.
Suardi les habla en voz baja: apuesta a que la intensidad,
esta vez, sobrevuele más allá de las
palabras. "Vamos a permitirnos hacer esta escena
muy, pero muy mal, para que se expongan los miedos",
sugiere ella. El director se queda pensando. Su percepción
se abre en estas horas de ensayo como un gran angular.
Es una parva de atención que camina, sugiere
ideas, vuelve sobre sus pasos, y busca el límite:
pide y exige, con simpatía, hasta el borde
mismo de la paciencia ajena.
Panorama desde el puente estaba pautada, en principio,
para octubre de este año. El Festival Internacional
de Buenos Aires retrasó el estreno para la
segunda semana de enero del año que viene.
"Hace más de un año que trabajo
sobre el texto. Con la maqueta y los muñequitos
no daba más. Necesitaba que la historia comenzara
a cobrar vida y escuchar sus voces fluir en sus movimientos",
acepta el director. Suardi dice que no, que no corre
el riesgo de los boxeadores responsables que se sobreentrenan
ante una pelea importante."Es que no planteo
—dice— lo que tengo pensado desde un comienzo,
porque es muy placentero cuando un actor o una actriz
te sorprende. A lo mejor estuviste meses soñando
el tono de una escena y con un golpe de creatividad,
un protagonista se adueña de todo y es el momento
de contar con la lucidez de dejarte llevar".
Luciano Suardi tiene clara la vi gencia de Panorama
desde el puente. "Se trata de incursionar, no
en un mensaje o una idea, sino por lo menos en una
pregunta. Una pregunta que genere pensamiento. Y esa
pregunta es cómo la tragedia puede colarse
en casa sin que nos demos cuenta. Y cómo, poniéndonos
más específicos, un hombre bondadoso,
honesto, termina traicionando los valores de su propia
comunidad, por imperio de la pasión".
El director viene pensando, y mucho, en el contradictorio
Eddie, que interpretará Arturo Puig. Equivocado
o no, plagado de errores, Eddie —dice Suardi—
está peleando por su dignidad y su lugar en
el mundo. Todo en el marco de un Estados Unidos próspero,
que apenas si convive con inmigrantes ilegales, mientras
Hollywood inventa historias lejanas a la realidad
que cuenta Arthur Miller.
Arturo Puig está sentado, solo, tirado hacia
atrás, en un rincón, con una gorra visera
a cuadros. Cuando Elena Tasisto llega a la sala de
ensayos, lo descubre, y le sonríe. Hay una
complicidad en el gesto. Y una historia. A fines de
los años cincuenta, el niño Puig, en
el teatro Lasalle que era propiedad de su padre, subió
por primera vez a escena con Panorama desde el puente.
El personaje de Eddie era entonces propiedad de Pedro
López Lagar, en lo que siempre se ha considerado
una de las grandes actuaciones de la escena nacional.
"Era increíble. Agustín Alezzo
y Augusto Fernandes fueron a verlo como diez veces.
Entonces, Grotowski y Stanislavsky eran lecturas obligadas
y ellos querían saber en qué hacía
pie la actuación de López Lagar. Yo
me pongo la gorra y salgo, les dijo. Una respuesta
que entró en la mitología del teatro
argentino. Puig, que tiene fama en el medio de ser
uno de los conocedores más serios de Miller
en la Argentina, viene de hacer, hace tres años,
Cristales rotos. "Es un autor de mirada profunda.
Panorama desde el puente o La muerte de un viajante
son hitos de la literatura teatral mundial. Esta,
además, fue una pieza que apuntó a sus
amigos que aceptaron la presión de la censura
del senador McCarthy. Es una obra de pasiones más
que de pensamientos", dice Puig. A su lado, Elena
Tasisto —que será Beatrice, la esposa
de Eddie— afirma la necesidad de la palabra
de Miller, hoy, en Buenos Aires. "Creo que vale
la pena hacer algunos autores que mantienen vigencia.
Hay interrogantes que se cuentan mejor con obras que
se han escrito hace mucho: es probable que el paso
del tiempo acaso ayude a reflexionar mejor sobre lo
que se plantea. De alguna manera, las palabras de
Arthur Miller parecen seguir agitando los corazones
de la gente".
Fuente:
Clarin.com
Diciembre
- 2003
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