En una reciente
encuesta de la revista “Teatro Madrid”
se pegunta a algunos lectores lo siguiente:
“¿Qué valoración
general haces del año que acaba respecto
a la actividad teatral en Madrid? Un actor contesta:
“Mala, muy mala. El teatro en Madrid no
está bien”; en cambio una socióloga
contesta: “Muy positivo porque ha habido
mucha variedad en forma y contenidos”.
Como se ve las opiniones son radicalmente opuestas,
aunque no se nos escapa que una respuesta viene
de un profesional de las artes escénicas
y otra de una espectadora. Uno, que desde primero
de junio pasado ha visto más de cincuenta
funciones, no tiene muy claro qué respondería:
primero porque sería necesario comparar
con algo, con alguna otra ciudad, segundo porque
contestar tajantemente me parece arriesgado.
A veces las estadísticas dicen que ha
aumentado el número de espectadores y
de ingresos por taquilla, pero es necesario
tener en cuenta que han aumentado los grandes
espectáculos musicales que nada tiene
que ver con el teatro “de puro texto”.
Tengo mis gustos personales y, en consecuencia,
no acudo a los musicales y sí al teatro
“puro y duro”, en el mejor de los
sentidos, tanto al más o menos convencional
como al experimental, un teatro que me lleve
a la reflexión y no al simple entretenimiento.
Y al cierre del año algo queda en la
memoria. Quedan aquellas funciones que consiguieron
que funcionara ese el misterioso mecanismo que
rompe la cuarta pared, las que produjeron algún
impacto en mi actitud de espectador. De algunas
de ellas ya comenté algo en “Teatro
en Miami” pero no se sustraigo a incluirla,
aún a riego de repetirme, en esta revisión
del año que termina.
Un ejemplo puede ser el “Julio César”,
de William Shakespeare, con dirección
y adaptación de Àlex Rigola, representada
en el Teatro de La Abadía por la compañía
del Teatre Lluire de Barcelona. Una versión
que, respetando el texto shakesperiano, actualiza
el conflicto entre el pueblo y el poder, la
supuesta justificación del asesinato
para alcanzar a libertad, todo ello motado con
una escenografía blanca, sencilla, en
la que contrasta la sangre de César,
la danza moderna, y el vestuario negro de los
personajes. Unos de esas funciones en las que
al final uno quisiera poder abrazar a tos los
intérpretes aunque se conforma con aplaudir
con entusiasmo.
También queda en mi memoria un “Don
Juan Tenorio”, de José Zorrilla,
representado en el Teatro María Guerrero.
Se han “interpretado” por medio
de algunos documentos y fotos de hace cincuenta
años la escenografía y los figurines
que diseño Salvador Dalí en 1949
para el montaje que, en el mismo teatro, realizaron
los directores Luis Escobar y Humberto Pérez
de la Ossa. Sin duda una magnifica ocasión
para conocer la visión que el pintor
de catalán tuvo del burlador, de la muerte
y del amor. Hoy, acostumbrados a arriesgadas
escenografías, con nuevos materiales
y técnicas, no es que nos asombre, pero
si supone una curiosidad documental que merece
conocerse.
Los teatros nacionales (dependientes de Ministerio
de Cultura) se llevan la palma en cuanto a grandiosidad
de los montajes y de los amplios repartos, sin
duda porque cuentan con unos presupuestos y
medios técnicos muy superiores a los
de un teatro comercial, privado, o a las llamadas
salas alternativas o del circuito “off”,
sin que ello nos haga olvidar la valía
y capacidad de quienes los llevan a cabo. Es
el caso de “La celosa de sí misma”,
de Tirso de Molina, en el Teatro Pavón,
sede de a Compañía Nacional de
Teatro Clásico por cierre temporal el
Teatro de la Comedia, que resulta una deliciosa
comedia excelentemente interpretada en sus principales
papeles por Joaquín Notario y Pepa Padroche.
En el otro lado, tanto en espacio urbano como
en línea artística, estuve en
la sala La Nave de los Locos. Un pequeño
local, alejado del circuito convencional de
los teatros, donde tuve ocasión de ver/participar
en “El secreto”. |