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Madrastra Historia
JOAN-ANTON BENACH
No se ve una sola butaca. La platea del Romea no
es una platea. La platea del Romea es un túnel
de luz cenicienta que conduce al lúgubre espacio
habitado por la memoria herida de la guerra. Herida,
alienada, punzante “como un suplicio chino”.
En este lugar de sombras y de olor a incienso, la
oficiante de “Carta de amor” espera la
llegada de los feligreses. Serán sólo
77, ni uno más ni uno menos. 77 estatuas ubicadas
en otras tantas sillas de respaldo erecto, para que
cada espectador adopte la severa compostura que se
exige a los testigos de una tragedia incurable.
En el programa de “Carta de amor”, Fernando
Arrabal (Melilla, 1932), el padre de esa criatura
engendrada hace un par de años, evoca, entre
otros grandes contemporáneos, a Jerzy Grotowski.
La crueldad, el rito, el elemento sacro, el misterio,
el sentido ceremonial del teatro que propugnaba el
creador polaco, aparecen en una parte nada desdeñable
de la extensa producción de Arrabal. Y en “Carta
de amor” intiman de forma conmovedora. Grotowski
tambien imponía a los espectadores un exiguo
y riguroso “numerus clausus”. Recuerdo
el estreno veneciano de “Apocalypsis cum figuris”
(1968): sólo entramos 50. El 51 imploró
inútilmente una plaza. Y es que allí,
como en algunos trabajos del Odin Teatret, como aquí,
en “Carta de amor”, el público
es quien delimita estrictamente el espacio escénico.
Cada individuo forma parte del “atrezzo”.
Todo es escenario.
Cuando la oficiante María Jesús Valdés
inició el ceremonial, el silencio, anteanoche,
podía cortarse con un cuchillo. Y así
fue todo el rato. Sólo la voz vigorosa y dulce,
airada o nostálgica del único personaje
de la obra y alguna tenue ambientación sonora,
a mi juicio perfectamente superflua, llenaban la cripta
misteriosa donde, al fin, una madre podía plantar
cara y achacar todo su dolor a Madrastra Historia.
La carta del hijo ausente, largo tiempo (19 años)
esperada, es la espoleta que desata un monólogo
hábilmente estructurado, en el que los pensamientos
de la mujer y el texto epistolar se entremezclan constantemente
y sin previo aviso.
En cuanto se le habla del “principio de causalidad”,
de conflictos “enredados en la periferia”
o de “la sinrazón coronada”, el
espectador entiende que no cabe interpretar en clave
realista, como si se tratara de un relato objetivo,
lo que es una crónica retrospectiva muy “literariamente”
elaborada a base de temores mal digeridos, de alusiones
poco explicitadas, de traiciones aparentes, de ocultaciones
como la de la supuesta homosexualidad del padre, el
personaje más citado en el triángulo
familiar que se describe. La sacerdotisa lucha dentro
de una niebla angustiante. La carta es la luz esperada
para descargar la memoria de recuerdos lacerantes.
Cada dos por tres, la mujer habla de ella, pero no
sabe si la portera se la entregó con un ramo
de flores o con una caja de bombones. Quizá
tal misiva no existió siquiera. Poco importa.
Lo sustantivo es la película siniestra que
se va abriendo a través de pequeñas
rendijas y en el centro de la cual hay un agravio
terrible del hijo hacia la madre: la eventual denuncia
que ésta formuló y que llevó
al padre a la cárcel de los “nacionales”.
Y tan importante como el sentimiento de culpa o la
aclaración del malentendido es el cuadro que
se va componiendo como un rompecabezas y que nos lleva
a oler la pestilencia de un tiempo de enconos y miseria,
en el que un huevo frito era un auténtico festín.
Si Juan Carlos Pérez de la Fuente se hubiera
mostrado menos “activista” en la iluminación
–¿a qué viene tanto foco semoviente?–,
su labor directora me parecería irreprochable.
En medio de la formidable escenografía (Xavier
Mascaró), sembrada de piezas simbólicas
de mucha calidad, el director ha dictado los mejores
registros a una potente y expresiva María Jesús
Valdés. Más incluso que el texto en
sí, la emotiva persuasión que exhibe
la gran actriz es lo mejor del espectáculo.
Fuente
- La Vanguardia
Diciembre
- 2003
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