En los
días estudiantiles escuché una definición
que hoy me parece exagerada, pero atendible. En virtud de
la frase, el vigor de un movimiento teatral se podía
medir por la eficacia con que fuera capaz de asumir el inmenso
legado de Shakespeare. En los últimos años,
el genio inglés ha sido una presencia rara en nuestros
escenarios. De los ochenta se recuerda todavía el
alto nivel de espectáculos dirigidos por José
Antonio Rodríguez: Buscón busca un Otelo y
Cómicos para Hamlet. De la primera guardo, en la
apretada antología de los espectáculos de
siempre, una función en el Festival Nacional de Teatro
de Camagüey, en el ya lejano 1986.
Ahora
nos ha visitado nuevamente Manuel Ángel Conejero,
catedrático, filólogo y uno de los más
importantes traductores de Shakespeare. A partir de su peculiar
versión de El rey Lear, de 1979, Conejero se destaca
por una visión a la vez culta y desenfadada. Su condición
de actor y de dramaturgo lo lleva a priorizar en el texto
la teatralidad y rehuir cualquier forma de retórica.
A Conejero
pudo vérsele sobre el tabloncillo de la sala Alternativa
del Brecht, con un grupo de estudiantes que integran el
Teatro Joven de la CUJAE. El espectáculo que pudimos
ver —con la magia del teatro afectada y a la vez reforzada
por la temporal ausencia de la luz eléctrica—
se titula Ensayando Hamlet.
A estas
alturas no resulta novedosa la ruptura de las convenciones
y mucho menos, que el montaje muestre sus costuras ante
el público. De las vanguardias del siglo pasado para
acá, el público está enterado, y a
ratos cansado, de las posibilidades de la literatura dentro
de la literatura, el cine dentro del cine y el teatro dentro
del teatro. En este caso, la obra se divide en lecciones
y la vertebra una sencilla, pero coherente dramaturgia,
en la que la sobriedad de lo pedagógico crea un ritmo
fluido y una atmósfera agradable.
El vestuario
neutro y el uso de escasos, pero expresivos objetos, contribuyen
a que la puesta en escena no pierda su sentido de juego,
de acercamiento, de verdadero ensayo. Más complejo
resulta el reto si nos referimos a las interpretaciones.
Shakespeare es difícil hasta para profesionales muy
fogueados. Estos muchachos y muchachas, estudiantes de Ingeniería,
tratan de suplir con frescura y con sinceridad la casi total
falta de recursos técnicos. Yusel Rodríguez
nos ofrece momentos impactantes por la fuerza de su dinámica
interior, aunque le falta proyección y por momentos,
como el resto del elenco, cae fugazmente en un previsible
tono de recitado escolar. Andy Blanco se acerca a un Hamlet
más interno y sufrido. Algo similar le ocurre a Venus
Aguilera, una Ofelia trémula y casi quieta, que hace
recordar la intimidad del cine. Karole Luzardo es, entre
las jóvenes, la que aporta mejor presencia en escena
y un sentido más pleno de lo teatral. Junto a sus
alumnos, René Corvo —quien durante dos décadas
ha perseverado en llevar vida escénica al mundo de
la tecnología universitaria— aporta buen decir
y equilibrio al elenco, aunque a ratos se mueve en una cuerda
distinta, más formal, que los demás elementos
de la puesta.
Hay
que agradecer al profesor Conejero esta lección shakespeareana,
que funciona también como una incitación al
riesgo, un recordatorio a que no hay que asustarse ante
los grandes nombres ni evadir las metas que rozan el imposible.
Fuente:
Granma
Enero 2003