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Don Giovanni siglo XXI
ANTONI MARÍ

Calixto Bieito presenta en el Liceu un montaje de la ópera de Mozart audaz y sin prejuicios que revela la actualidad de la obra

“Don Giovanni” no es una ópera bufa, ni un drama jocoso; ninguno de los elementos que aparecen en la “Obertura” y en la “Introducción” pertenecen a ninguna de las formas convencionales a que nos tiene acostumbrados la ópera. Tampoco la intensidad, la energía y la motivación dramáticas se habían mostrado de una manera tan elocuente en las primeras escenas de un drama como aquí. Desde la “Obertura” la ópera se enfrenta a todas las reglas dramáticas, de la misma manera que Don Giovanni se enfrenta a todas las reglas de la convivencia y convenciones de la sociedad.
La dirección de escena y el montaje de Calixto Bieito nos ofrece un “Don Giovanni” radicalmente distinto del que se venía ofreciendo hasta hoy, puesto que tanto la escenografía como la dirección musical venían haciendo de esta ópera un auto sacramental de la época barroca. Aquí la dirección escénica y la musical de Bertrand de Billy nos proponen una tragedia cotidiana, urbana y nocturna, en la que la gravedad de la música, que va alternándose con la levedad de la comedia, se afianza en un espectáculo donde se pone de manifiesto el supuesto nihilismo contemporáneo.

El “Don Giovanni” de Bieito y Billy es totalmente fiel tanto al espíritu y la letra de Mozart como a la de Da Ponte. Lo único que le distingue del original es la época y el lugar de la acción. En lugar de en Sevilla, Barcelona; el momento actual en lugar del siglo XVII o XVIII. Esa voluntad de actualizar la acción ofrece nuevo sentido a la música y una nueva consideración sobre esta obra inconmensurable; y ello es posible gracias a la perfecta conjunción de música y acción y a la verosimilitud del montaje.

La propuesta de Bieito, a pesar de sus innumerables riesgos, es realmente afortunada –no podía ser de otro modo, puesto que el conocimiento que tiene el dramaturgo de la ópera de Mozart es absoluto– y ciertamente rigurosa y respetuosa. Nada se echa a faltar de una representación fiel al lugar de la acción convencional, ya que el movimiento escénico queda perfectamente adecuado al movimiento y ritmo de la música.

Acabada la “Obertura”, a pesar de que Leporello nos hace sonreír cuando nos cuenta sus desgracias, asistimos aterrorizados a un grito que crece con toda la orquesta y que nos retorna al tono grave, severo e implacable. Una mujer sale de un coche persiguiendo con vehemencia a un hombre, intentando retenerlo. La escena transcurre en una carretera y la luz viene de las farolas que iluminan el asfalto. La soledad nocturna acoge al hombre que intenta huir, liberándose de quien no cede en su persecución: “Come furia disperata ti saprò perseguitar”. Es un enfrentamiento apasionado y cruel de los dos oponentes mientras entra en escena un hombre mayor, fornido y corpulento –una voz de bajo profundo– que corta el paso al hombre perseguido y que, soberbio, se le encara: “Laciala, indegno, battiti meco”. Los dos hombres se enfrentan y el hombre mayor cae herido de muerte: “E dal seno palpitante sento l'anima partir”. Leporello y Don Giovanni –el hombre encubierto y su criado– acompañan al Comendador, el padre de doña Anna, la mujer ultrajada, en el momento de la muerte, en un terceto que nos reafirma en el sentimiento de que estamos rodeados, todos los espectadores, de postrimerías: de muerte, de infierno y de gloria.

En estos momentos de la ópera, cuando apenas han pasado 15 minutos de su inicio, el ánimo del espectador ya ocupa aquel espacio donde únicamente hay lugar para las más trascendentales exigencias, aquellas que sólo pueden dirimirse allí donde las aristas de la existencia ceden frente a la real emergencia de la verdad. Porque es la verdad lo que nombra Mozart y que Bieito nos muestra; una verdad tan cierta y manifiesta que, frente a su presencia, sólo hay lugar para el silencio ensimismado de su contemplación.

Pero cuando todavía nuestro entendimiento procura hacer una síntesis de las diversas experiencias a las que ha asistido, la ópera avanza de manera vertiginosa con un hombre como centro vertebrador, Don Giovanni, que es la culminación de todos los crímenes que uno puede llegar a realizar; un hombre que se ríe de cualquier autoridad, precepto o mandamiento y se alza indiferente en su ignominia. La tragedia está servida puesto que el afán de todos sus enemigos es acabar con el azote invulnerable del criminal que únicamente las fuerzas sobrenaturales podrán reducir a las cenizas del infierno. Todos están contra él porque él es el único que ha tentado al absoluto, a lo ilimitado del deseo.

Bieito ha llevado esta ilimitación a su justa medida, una medida adecuada al paroxismo de la música de Mozart, que en esta versión viene reforzada por esa puesta en escena que revela toda la grandeza y miseria de una humanidad que ha perdido sus valores y todavía no ha encontrado otros que los sustituyan. Tal vez ahí está el origen de la perplejidad que el montaje suscita. Puesto que da a ver lo que los hábitos esconden.

Esta versión de “Don Giovanni” es saludable, como lo es arrancar a las óperas clásicas de las convenciones y los hábitos que con los años y una mal entendida fidelidad se ciernen sobre ellas. No hay que temer, “Don Giovanni” puede con todo, incluso con una versión audaz y libre de cualquier prejuicio.

Fuente: La Vanguardia
Enero 2003

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