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Un
cuento moral
por SANTIAGO FONDEVILA
Jordi
Bertran es uno de los marionetistas punteros de nuestro
país, aunque no sea profeta en su tierra, mientras
en el extranjero no cesa de recoger premios y distinciones.
Bertran es un experto marionetista de hilo, una de
las técnicas más difíciles, pero
también un creador con amplias ambiciones artísticas,
como lo demostró con su versión de “L'avar”,
de Molière, y como lo ratifica el espectáculo
estrenado en el Teatre Nacional de Catalunya.
El
mundo de la marioneta, como hemos podido comprobar
hace unas semanas en el Festival de Teatre Visual
i de Titelles de Barcelona, ha rebasado ya todos los
límites formales y genéricos. |
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Bertran
asume esa línea combinando lenguajes escénicos
al servicio de una narración sintética, sencilla,
al alcance del gran público (a partir de los nueve
años) y aprovechando al máximo los recursos
de los que ha dispuesto en el TNC, insólitos para
una compañía de marionetas.
Jordi
Bertran, además, tiene la voluntad de conectar con
el espectador acercando los temas al mundo actual. Si en
“L'avar” hacía del agua el objeto de
la avaricia, en “Narcís” se acerca a
un mito tan actual que ya resulta redundante, pues no en
vano, desde que Sigmund Freud ahondara en el narcisismo,
la sociedad occidental lo ha convertido en un enorme espejo
de la conciencia del individuo.
Y
los espejos –magníficos los reflejos blandos
y las imágenes deformadas de Narciso– constituyen,
lógicamente, uno de los elementos básicos
de una lectura del mito esquemática pero teñida
de humor, amable pero atrevida y en muchas ocasiones cargada
de profundo lirismo. Un cuento moral sin moralina muy adecuado
para nuestros tiempos de individualismo excerbado y exclusión
del otro.
Un
espejo de teatrín refleja al público y de
él surge la ninfa Liriope. Un arranque en clave coreógráfica
que prosigue con la violación de la ninfa por el
dios del río, Cefiso, el alumbramiento de Narciso
y la predicción de Tiresias. El Narciso de Bertran
es un muñeco cuya gran boca, nariz alargada y alopecia
total cuadran muy bien con su carácter introvertido
–etimológicamente Narciso significa atontado.
A Eco, ninfa castigada por Hera (esposa de Zeus) a repetir
el final de las palabras ajenas, Bertran la imagina como
una élfica hidra de tres cabezas que se vengará
de un Narciso tan ensimismado consigo mismo como los niños
de hoy en día con la pantalla del ordenador.
En
suma, un espectáculo fresco, imaginativo, muy bien
iluminado por Jaume Ayza y con una variada banda sonora
que actúa como perfecto envoltorio de las sugestivas
imágenes. Los tres manipuladores demuestran que son,
además, actores completos.
Fuente:
La Vanguardia
Enero 2003
Teatro en Miami
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