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Deconstruir a Shakespeare
por DAVID BARBA

No es raro que varias obras del autor inglés coincidan en escenarios catalanes. Pero las nuevas lecturas plantean interrogantes

Carreras por el escenario, sillas volcadas y cuerpos estrellándose contra los muros dan vida a un “Juli Cèsar” que el joven Àlex Rigola (Barcelona, 1969) baña en sangre: el cuerpo del emperador caído, abandonado en el escenario durante una hora,

es otra de las licencias que la actualidad de Shakespeare hace posible. En esta lectura contemporánea, Roma se convierte en un teatro-danza donde la importancia de las coreografías, el ritmo y los elementos visuales trasciende la significación del texto.

Director levantisco de las dos partes del “Suzuki” de Alexei Chipenko, escenógrafo gamberro cuyas lecturas de los clásicos, como “Les Troïanes”, ponen los pelos de punta a la crítica, Rigola ha sido acusado de pervertir la liturgia con este nuevo “Juli Cèsar”. “He intentado quitarle el polvo a Shakespeare –se defiende el director–. Como resultado, la imagen alcanza una fuerza muy superior a la palabra. Y quien diga que le traiciono es que no conoce su obra.” El Bardo estaba empeñado en hacer llegar sus textos a un amplio público: “Hoy en día habría sido el primero en innovar con todo tipo de elementos visuales”. Rigola lo hace sin complejos y es por ello que Pina Bausch y el teatro-danza se vuelven fundamentales en este “Juli Cèsar” danzarín que tiene en el mítico “Café Müller” de la coreógrafa alemana su más sentida influencia.

Los juegos del teatro dentro del teatro, tan caros a Shakespeare, alcanzan con este montaje dimensiones de eterno retorno: no hablamos sólo de las actrices convertidas en actores, un hermoso guiño con el que ya jugaba el filme “Shakespeare in love”, sino de un ciclo shakespeareano que comienza en el director de la Berliner Ensemble, Heiner Müller con su “Máquina Hamlet”, continúa en Pina Bausch con el citado “Café Müller” y desemboca en Rigola, quien, no está de más recordarlo, se desvirgó profesionalmente con “Camí de Wolokolamsk” (1996), del dramaturgo alemán. “Bausch y Müller han sido grandes influencias para mí. Mi equipaje teatral está compuesto, ante todo, de teatro germano y de danza contemporánea europea.” Así, la abstracción y poesía de Müller y la puesta en escena de Bausch se dan la mano en un “Juli Cèsar” que sigue la senda del premiado “Titus Andrònic” que Rigola estrenó en el Grec 2000: “Aquel fue un Shakespeare de acción. Los personajes no reflexionaban: actuaban.” Romanos y bárbaros se enfrentaban con bates de béisbol y los hijos violadores de la princesa Tamora cometían sus crímenes ataviados con camisetas del Barça y pelados al cero.

El resultado, en “Juli Cèsar” y en “Titus Andrònic”, es el mismo: la guerra, la mirada cáustica sobre la miseria humana, la fascinación que ejerce el poder por el poder. La imagen de Pere Arquillué en la piel de un Marco Antonio a lo “Pulp Fiction”, smoking, pistola en mano, ejecutando a sangre fría a sus adversarios, subraya una vez más la común intención de texto y director: “La mafia es un juego de niños comparada con la política.” En ese mundo podrido, los políticos/conspiradores no se miran a la cara cuando hablan: “Pactan sin decir las cosas claramente, hacen ver que no pasa nada”. En el filme “Gertrude”, los personajes de Dreyer ponen en práctica la misma estrategia: ante el desastre inminente, se hablan sin mirarse, cual un ministro que, mirando a cámara –es decir, al vacío– tratara de tranquilizar al pueblo con un “está todo controlado”.

De esta manera, el pobrísimo escenario en el que se desarrolla la obra llega a transformarse incluso en una pista de discoteca donde los poderosos, soslayando las consecuencias de sus actos, preparan sus akelarres sangrientos. “La sangre llama a la sangre”, anuncia el director. También el príncipe Hamlet, personificación de la justicia, en su afán por vengar la muerte de su padre, comete nuevos crímenes que le llevan a ser tan odiado como su tío, el regicida.

Conocido por su papel de profesor en “Operación Triunfo”, otro adicto a Shakespeare, el debutante en la dirección Ángel Llàcer, se mantiene en cartelera con una versión mucho más canónica de “El somni d'una nit d'estiu” que repela su lectura más satírica, no sin cierto menoscabo de la poética original. Nada nuevo bajo el sol: el mismo Jérôme Savary le dio en su momento un buen repaso a la moralina final del texto y también la mítica Cheek by Jowl desmontó ya cualquier posible visión edulcorada del dramaturgo. Precisamente, el fundador de la célebre compañía inglesa, Declan Donnedall, estrenaba en el Festival Temporada Alta de Girona, el pasado noviembre, un “King Lear” con los benjamines de la Royal Shakespeare Company: deudor de los ingleses, el “Juli Cèsar” de Rigola tiene en común con el “King Lear” de Donnedall el uso del smoking negro y el traje de noche –atuendo ya tradicional en las lecturas contemporáneas de Shakespeare–, además de esa desnuda puesta en escena tan propia del cofundador y escenógrafo de Cheek by Jowl, Nick Ormerod.

Y en el colmo de la deconstrucción,durante el último Festival de Titelles de Barcelona hemos podido ver un “Hamlet” de un solo actor, Michael Vogel: en su “Eine Hamletfantasie” emplea polichinelas, música de Nat King Cole y hasta una guitarra eléctrica en una osada y sencilla revisión de la obra.

Las reinterpretaciones de Shakespeare se han convertido en paso obligado para los directores contemporáneos. Y, ante el aplauso generalizado a los clásicos posmodernos, a veces poco innovadores pero siempre provechosos para los nuevos espectadores, las palabras del gran Heiner Müller adquieren categoría de aviso para navegantes: “El teatro puede hacer de Shakespeare un verdadero idiota”. Tal es la grandeza del Bardo.

Fuente: La Vanguardia
Enero 2003

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