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Felices
empeños de la monja mexicana
por JOAN-ANTON BENACH
Muy
escasas noticias suelen producirse en torno a la obra teatral
de Sor Juana Inés de la Cruz (1651- 1695), nombre
principal de las letras mexicanas, la llamada “Fénix
de México” réplica del “Fénix
de los ingenios” que a los 17 años estaba
“bien versada en todos los géneros y métricas
de la literatura española”, según Karl
Vossler.
Monja
tremenda fue, sin duda, Sor Juana Inés, que proclamó
los derechos de la mujer y la libertad de creación
literaria frente a la autoridad episcopal. Antes de profesar
sus votos, la autora había sido dama de la esposa
del marqués de Mancera y de las fiestas y regodeos
cortesanos que se montaban los virreyes de España,
la jovencita aprendió los modos de los galanes fatuos
y de las señoras que ahogaban sus equívocos
suspiros en apretados corpiños. “Los empeños
de una casa”, comedia de capa y espada y enredo, con
influencias claras de Lope de Vega, fue uno de los productos
que irritarían a cualquier mitra de la Santa Madre.
El
Teatre del Repartidor, compañía surgida del
Grup d'Acció Teatral (GAT) de l'Hospitalet y que
dirige Pepa Calvo, nos descubre hoy las virtudes de una
pieza que, aún recurriendo a muchos lugares comunes
del teatro barroco, revela tres cualidades notables: una
gran habilidad versificadora, un profundo conocimiento de
la psicología femenina y el perfecto ordenamiento
y control de la estructura dramática. “Los
empeños de una casa” va de amores cruzados
y de espadachines conquistadores. Hay confusiones y engaños
y actúa con positiva eficacia el “disfraz”,
en tanto que elemento de un travestismo gracias al cual,
finalmente, las cosas se ponen en su sitio y cada oveja
con su pareja.
Pepa
Calvo rejuvenece con buenas dosis de alegría escénica
una comedia antigua, inevitablemente desactivada en su capacidad
de sorprender. La forma del lenguaje teatral, el cómo
de la acción y la dicción y criterios claros
a la hora de manejar el crescendo dramático son cuestiones
que aparecen resueltas con indudable acierto. El uso de
los muchos apartes que utilizan los personajes, pidiendo
la continua atención del espectador, la modulación
del verso y el ritmo progresivamente acelerado y festivo
del cuento me parecen las virtudes más destacadas
del montaje.
El
capítulo interpretativo, un tanto irregular, no registra
ninguna nota disonante y sí, en cambio, algunas actuaciones
muy estimables. La de Imma Ochoa, por ejemplo, muy segura
aunque tal vez demasiado elocuente en los guiños
de su criada Celia; las de las damas Annabel Moreno y Susana
Egea y, en especial, la de Antonio Alcalde, un lacayo “gracioso”
con acento mexicano y una gestualidad magnífica,
que se erige en pieza clave en el desenlace de la diversión.
Fuente:
La Vanguardia
Enero 2003
Teatro en Miami
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