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La
inocencia tatuada
por JOAN-ANTON BENACH
El
paisaje familiar de “Tatuatge” es simple:
padre, madre y dos hijas adolescentes. Un grupo menestral
muy común. Sometidas las mujeres a la tiranía
del varón, no habría aquí otro
drama que el derivado del machismo más detestable.
No obstante, en el referido cuadrilátero, y
encubierto por la rutina cotidiana, se libra un combate
sordo, desigual, de una monstruosa violencia. Y el
drama degenera en tragedia.
El
primer texto de Dea Loher (1964) que se representa
en un escenario local delata la afición de
la autora germana por combinar el cuento tradicional
o el mito clásico con un exasperado planteamiento
de conflictos contemporáneos. Dos ejemplos.
En “Barba Azul, esperanza de las mujeres”,
hay una visión sarcástica del relato
de Perrault: el |
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sanguinario
barbudo es un vendedor de zapatos femeninos que asesina a
las damas en cuanto percibe que buscan un amor pleno y definitivo.
En “Manhattan Medea”, Loher imagina que la heroína
de Eurípides se venga de Jasón la misma noche
en que éste se ha casado con la hija de un rico neoyorquino.
“Tatuatge”
pone en circulación nombres y apellidos de fábula
moral: el padre se llama Llop Fogós, la madre Júlia
Gos, el intruso que trata de romper el siniestro “equilibrio”
familiar es Pol Dignitat. Las hijas llevan unos patronímicos
sencillamente alusivos. El diminutivo Anita sugiere la indefensión
y la fragilidad. Y desde un plano residual, Lulú,
su hermana, el pendoneo del personaje de Wedekind.
El
núcleo dramático de “Tatuatge”
es un incesto. Lo perpetra Llop Fogós (Jordi Martínez)
en la persona menuda y asustada de la hija menor (Núria
Font) y ante el silencio forzoso de la lastimada y lastimera
Júlia Gos (Rosa Cadafalch) y la oscura envidia de
Lulú (Meritxell Santamaria).
Loher
no se quedó en la denuncia del atropello vergonzoso.
La autora flirtea con una hipótesis, muchas veces
confirmada, que arruina vidas inocentes y convierte las
víctimas en carne de psiquiatra a perpetuidad. Una
relación de dominio puede (de)generar un sentimiento
de dependencia. El texto de “Tatuatge” merodea
en torno a este dato, de forma que el desconcierto de la
hija humillada y su reacción última frente
a Pol Dignitat (Pau Derqui), constituyen elementos de una
poderosa y desasosegante eficacia dramática.
Dirección
acertadísima
Pienso que el texto, traducido por Màrius Gomis,
cae a menudo en una “literaturización”
que no se corresponde con el tono naturalista del drama.
Por los cierres de escena y algún monólogo,
corretean frases lapidarias que chocan con la fluidez y
la espléndida economía verbal de los diálogos.
Con todo, hay en “Tatuatge” una dirección
acertadísima de Pep Pla, que atenúa este eventual
chirriar de la palabra, y una interpretación formidable
que merece ser vista y aplaudida.
Si
el personaje de Lulú moderara un punto su tendencia
a la crispación nerviosa, el cuadro humano de “Tatuatge”
sería perfecto. Y es que en medio de la nítida
limpieza objetual de la escenografía (Xavi García),
el espectador puede admirar el trabajo sencillamente magnífico,
inmejorable a mi juicio, de Jordi Martínez; la actuación
de Rosa Cadafalch, impresionante en su patetismo; la de
Núria Font (mucho más que una promesa); la
del muy convincente Pau Derqui.
Sin
duda, el inquietante texto de Dea Loher y la labor de Pep
Pla y de los intérpretes justifican sobradamente
una visita a Artenbrut.
Fuente:La
Vanguardia
Enero 2003
Teatro en Miami
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