|
Generación
alternativa
por I. DE FRANCISCO/N. CUADRADO
El Cultural reúne a los directores del off escénico
| Rondan
la treintena, tienen una considerable carrera teatral
y se mueven en los circuitos alternativos. Una hornada
de jóvenes directores curtidos en espacios minoritarios
despuntan con sus trabajos de calidad y de búsqueda
de nuevos lenguajes. Andrés Lima, Laila Ripoll
o Roger Bernat, entre otros, son la punta del iceberg.
El Cultural ha seleccionado once nombres representativos
de esta generación que compagina dirección
con interpretación y autoría, y que opta
por la creación de compañías propias
para producir sus montajes ante la falta de apoyo institucional.
|
 |
Álvaro
Lavín
Lo suyo es el trabajo en equipo, y el resultado de esa apuesta
por lo colectivo es Teatro Meridional, compañía
de la que es cabeza visible junto al autor Julio Salvatierra,
y una de las formaciones más prolíficas de
la actualidad. Actor y director –“llegué
a la dirección a partir del trabajo de actor”–
Lavín (Madrid, 1964) ha dirigido e interpretado poéticos
textos como Cyrano –estrenado en Almagro–, Miguel
Hernández, o el Calisto, historia de un personaje
de Miguel Seabra, tres obras que tienen actualmente en gira.
La Cuarta Pared o Pradillo han sido sus escenarios más
habituales en la capital, aunque esta compañía,
de espíritu viajero y mestizo, ha actuado en numerosos
escenarios internacionales. Sus montajes tienen una dirección
impecable y factura exquisita. Defensor a ultranza del teatro
independiente, Lavín apuesta “por el trabajo
con los actores para provocar esa chispa sobre el escenario”
y asegura que un director no es nadie sin un buen equipo
porque “el teatro no es sólo la creación,
sino la distribución, la venta la gestión
de un proyecto multidisciplinar siempre caro y complejo”.
Lavín cree que “el gran problema en el
teatro actual son unas anticuadas estructuras de producción
y una falta de cultura de compañía”.
Mateo
Feijóo
Bob Wilson es el culpable de que Mateo Feijóo (1968)
se dedique al teatro. Su montaje de Perséphone dejó
estupefacto a este español de ascendencia portuguesa
que a los 17 años empezó a trabajar como actor
y estudió cursos de interpretación en la RESAD
además de regidor, producción y gestión.
Tras un periplo por varias compañías independientes
y tres años dedicados a la jardinería, Feijóo
emprendió proyectos junto a Angélica Liddell,
Juan Margallo o la compañía Guirigay. Se estrenó
en la sala La Fábrica de Pan de Madrid como director
con el montaje Ala Marlon, hace dos años. Este director,
para quien el cine, la pintura o la moda no están
excluidos del teatro, cree que el principal problema para
los jóvenes creadores “son las salas, su gestión
y su programación. La falta de espacios en Madrid
es un problema más importante que la política
de subvenciones que tampoco me convence, aunque creo que
todo director debe saber cómo producir sus primeros
trabajos”. Actualmente trabaja como regidor junto
a Mauricio Scaparro en el Don Juan de la Compañía
Nacional de Teatro Clásico, y tiene pendiente el
estreno de Macbeth y La Pecatriz de Liddell.
Laila
Ripoll
Es una de las figuras más activas del teatro alternativo
madrileño. Actriz, premiada autora y directora, Ripoll
(Madrid, 1964) conjuga con éxito textos clásicos
y contemporáneos con una visión moderna del
teatro que se ha convertido en la marca de la casa de su
compañía, Micomicón, creada hace once
años. Con una formación teatral en la RESAD,
la autora de Atra bilis y Unos cuantos piquetitos debutó
en la dirección en el año 93 con El acero
de Madrid de Lope de Vega. Con Calderón, Lope o Cervantes
ha aprendido como autora y se ha curtido en la dirección.
“Creo que un buen director de escena debe haber sido
‘cocinero antes que fraile’, es decir, actor
antes que director”. Y es que para Ripoll el director
“debe tener una formación plástica y
musical notable, pero sin olvidarse de que su trabajo fundamental
consiste en el contacto con el actor”. Aunque sus
montajes se han visto mayoritariamente en circuitos alternativos,
el Festival de Otoño o Madrid Sur han sido escenario
de algunas de sus obras. A pesar del buen momento laboral
en que se encuentra la compañía –siguen
girando Atra Bilis y el montaje para niños Jocoserías–
Ripoll denuncia la “falta de medios y de circuitos
de distribución” y valora el panorama actual:
“Hay trabajos mediocres frente a otros excelentes.
He visto cosas que me han gustado mucho dirigidas por gente
joven. Tendría que haber más. La dramaturgia
vive un momento excelente, pero en la dirección no
estamos al mismo nivel”.
Andrés
Lima
Lleva un año imparable. Estrenó con éxito
Pornografía barata, se prepara para encarnar a Diderot
en El libertino que estrenará Joaquín Hinojosa
en La Abadía de Madrid en abril, escribirá
y dirigirá la ceremonia de los Premios Goya en febrero
y ya tiene prácticamente terminado el montaje que
su compañía Animalario estrenará en
Escena Contemporánea: Alejandro y Ana. Lo que España
no pudo ver del banquete de la boda de la hija del Presidente,
escrito por Juan Mayorga y Juan Cavestany. A Andrés
Lima (Madrid, 1961) siempre le interesó la creación
de su propia compañía, y eso es lo que hizo
primero con Riesgo (1993) y actualmente con Animalario,
junto a Alberto San Juan, Alberto Zarate y Guillermo Toledo:
“Es la única forma de realizar los trabajos
que te interesan, porque hay un tremendo carácter
reaccionario que hace que te des de bruces con la Administración
y la precariedad de los circuitos”. Lima se formó
más en la práctica que en la teoría
–“no me admitieron en la RESAD”–
ya que comenzó como actor en distintas compañías
en el País Vasco, donde debutó en la dirección
con La otra cara (1991). Dice que aprendió casi todo
de Pepe Estruch, Carlos Vides y Roberto Cerda, el resto
se lo ha dado el trabajar con compañías independientes
y los 16 montajes que ha dirigido hasta ahora.
Alfredo
Sanzol
Tiene las cosas muy claras, y una carrera en la dirección
que despegó la temporada pasada con el estreno de
Cous-Cous y churros en la Cuarta Pared de Madrid, escrito
junto a Juan Antonio Lumbreras. Sanzol (Madrid, 1972) apunta
maneras con cuatro montajes a sus espaldas y varios reconocimientos:
la nominación a los Max 2000 al mejor espectáculo
revelación por Como los griegos –que se exhibió
en La Alternativa y en la sala Galileo–, y el premio
al mejor espectáculo en el Maratón de Teatro
Breve de la Comunidad de Madrid 2000 con Carrusel Palace
–se vio en la sala Triángulo de Madrid–
. Iba para abogado, pero su licenciatura en Derecho nada
puede con la de dramaturgia y dirección en la RESAD.
Combina la dirección con la escritura –colaboró
con Ortiz de Gondra en Zona Cero–. “El joven
director tiene que enfrentarse a la dificultad de la producción.
Te tienes que encargar de la producción ejecutiva
y la distribución. Cuando comienzas, sólo
se fían tus amigos, algún loco como Javier
Yagüe, y los actores, técnicos, etc., que son
jóvenes y se apuntan a un bombardeo”.
Aitana
Galán
Se formó como actriz junto a Cristina Rota, luego
comenzó a escribir sus textos y eso le llevó
a estudiar más seriamente dirección en la
RESAD. Aitana Galán (Salamanca, 1970) ha estrenado
nueve montajes, algunos exhibidos en salas como la Cuarta
Pared (Cachorros de negro mirar, La llamada de Lauren),
la sala Triángulo (Jugad, jugad, malditos, Hasta
el domingo) o en el Teatro de las Aguas (La cabeza del dragón)
y ha codirigido y hecho ayudantías junto a Laila
Ripoll y Ernesto Caballero. Dice que se siente motivada
“por hacer un teatro que conecte con el público
actual, por contar historias que todavía no se hayan
contado”. Por eso Galán cuando ha dirigido
textos, o bien han sido suyos (Jugad, jugad, malditos),
o de autores contemporáneos como Paloma Pedrero (La
llamada de Lauren, Cachorros de negro mirar, Noches de amor
efímero) y Ernesto Caballero (Tierra de por medio).
A pesar de que “dada la política teatral española
las dificultades son todas” tiene dos estrenos a la
vista: Adiós a todos de García Araus (febrero,
Casa Encendida) y un texto de Ripoll que estrenará
en el Principal de San Sebastián en mayo.
Josep
Galindo
El gusto por el teatro le viene de familia –su hermana
es la actriz Rosa Galindo–, aunque él ha escogido
los escenarios como el mejor atajo para poder convertirse
en escritor. Josep Galindo (1973), que cursó estudios
de filología inglesa, se acercó un día
hasta un ensayo de Calixto Bieito con la intención
de recibir consejo. La recomendación fue que se tirara
a la piscina y eso hizo Galindo. Su primer trabajo fue en
una sala alternativa y, de ahí, un salto sin red
al Teatro Nacional de Cataluña –cuando mandaba
Flotats– con El sueño de Mozart, un musical
en el que hizo de traductor, director adjunto e incluso
de actor. Después ha colaborado en los últimos
proyectos de Bieito –La vida es sueño, Macbeth
y La ópera de cuatro cuartos–, lo que le ha
abierto las puertas del Romea la próxima temporada.
“Me gusta la dirección porque me divierte aunque
no tengo claro que sea a lo que me quiero dedicar”,
reconoce Galindo, que se enfrenta a su trabajo sobre el
escenario con el mismo aplomo que a una hoja en blanco:
“Se parece mucho a escribir porque trabajas con imágenes
y sensaciones”, apunta esta promesa de la escena que
dice estar interesado en un teatro “abierto y visceral”.
Roger
Bernat
Se quiere desmarcar de la etiqueta de director joven y para
ello enarbola su fecha de nacimiento: 1968. “Mal vamos
si yo represento a la generación más joven
del teatro catalán”, se queja Roger Bernat,
“ya tendría que estar trabajando una nueva
generación, de entre 17 y 27 años, que estuviera
haciendo teatro con los presupuestos estéticos propios
de su edad”. Para rechazar su pertenencia a la última
hornada de directores catalanes también podría
escudarse Bernat en su ya larga lista de trabajos sobre
las tablas catalanas: en el Grec'97 estrenó 10.000
Kg y, desde entonces, ha subido a las tablas Confort domestico,
álbum y los tres montajes que integran su Juventud
europea; Actualmente pasea a su Buena gente por seis salas
del circuito más alternativo de Barcelona y prepara
una versión absolutamente libre del Platonov de Chejov
para el Lliure de Gràcia, un montaje en el que se
plantea “la necesidad de rebelión en el ser
humano”. Un rebelde Bernat insiste en que “el
teatro se está convirtiendo en una arte minoritario”
porque es incapaz de conectar con los espectadores; y se
queja de que algunos se escondan en la falta de recursos
para explicar que no pueden acceder al mundo del teatro:
“Lo único importante es tener algo que decir”.
Silvia
Ferrando
Se reconoce “afortunada”, aunque no por ello
renuncie a reivindicar que es una suerte “muy trabajada”.
Silvia Ferrando (1974) iba para matemática y los
números le abrieron la puerta de más de un
escenario, sin ir más lejos el de Sergi Belbel. Trabajó
con este director, que precisaba apoyo científico
y también cuántico, primero en Fragmentos
de una carta de despedida leídos por geólogos
y después en El tiempo de Planck. En el Institut
del Teatre de Barcelona trabó relación con
Joan Ollé, quien le facilitó la entrada en
el Lliure: la pasada temporada debutó con sus Ensayos
abiertos y ésta presentará Los Justos de Camus;
y en los dos proyectos ha estado arropada por su compañía
La Tempesta, llamada así en honor a la pieza de Shakespeare
que hace meses también pasean por diferentes plazas.
“Me ha sido fácil llegar a los escenarios,
pero detrás también hay mucho esfuerzo sin
saber qué conseguiríamos; pero siempre hemos
pensado que lo importante es trabajar, hacerlo con rigor
y creer en lo que haces, porque entonces ese trabajo siempre
te lleva a algún sitio”, explica Ferrando que,
quizás porque vive a caballo entre Barcelona y Argentina,
se queja de la dinámica del mercado catalán,
de que “a veces la gente hace cosas más para
que alguien las vea que por el hecho de hacerlas”.
Carlota
Subirós
Su currículum es impresionante: Premio Extraordinario
del Institut del Teatre en 1997 y Premio de Honor de la
Universidad de Barcelona de 2001 en Filología Italiana.
Precisamente fue por sus conocimientos de la lengua de Dante
que Carlota Subirós (1974) llegó al Festival
de Spoletto, donde trabó relación con el Dance
Theater of Harlem. Por ellos llegó al Liceu y allí
solicitó sus servicios Peter Sellars, un buen maestro.
La primera dirección de Carlota Subirós llegó
cuando todavía estaba cursando sus estudios en el
Institut –La lección de Ionesco–, después
se hizo asidua del festival Grec y, desde la pasada temporada
forma parte del consejo de asesores del Teatro Nacional
de Cataluña: en ese escenario acaba de estrenar el
texto de un autor joven, David Plana, y ya trabaja en un
texto de Wallace Shawn que presentará en mayo en
el Lliure. “El mundo del teatro es muy cerrado y también
muy pequeño, pero el Institut te abre muchas puertas
porque te pone en contacto con buena parte de la profesión”,
defiende Subirós, que reconoce que ella ha conseguido
acceder a los escenarios por “una mezcla de suerte
y tozudería”; también por el buen hacer
de algunos gestores, como Xavier Albertí en sus tiempos
de director del festival Grec. “No sólo hay
que intentar que se produzca un relevo generacional, sino
también que no exista un abismo entre los nuevos
creadores y los grandes escenarios”.
Pepa
Gamboa
Empezó en el teatro universitario en Sevilla y se
ha formado “a pie de obra y junto a profesionales
de otras artes”. Nunca ha actuado, lo suyo es la dirección
pura y dura y por eso ha desarrollado un tremendo olfato
para detectar textos de calidad: Nieva, Antonio Álamo,
Onetti, Kafka o Atxaga. Desarrolla casi toda su actividad
en Sevilla desde mediados de los años 80 –debutó
con El tambor futurista, con textos de Pedro G. Romero–
y ha colaborado con compañías como El traje
de Artaud, Israel Galán y Javier Barón. Gamboa
no sólo dirige sino que es autora de textos como
Satie (1987) y Y Pum Pum, y Pum Pum, y Pum Pum (1992). “Todo
cabe en un escenario, sin complejos pero con rigor. Para
mí lo fundamental es la idea”. Gamboa denuncia
el aislamiento del teatro respecto a otras artes. “El
joven director se encuentra con que no sabe donde acudir
para aprender y crecer. No depende de él mismo, sino
de demasiados factores externos, poco espacio para la experimentación,
falta de apoyo institucional y privado... hay que inventárselo
todo”.
Fuente:
El Cultural
Enero 2003
Teatro en Miami
|