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DOCE MESES DE TABLAS
Teatro, puro teatro
por JOSE ANTONIO EVORA

La escena de Miami cobra creciente vigor entre logros que mueren prematuramente y desastres que duran demasiado

Ciertos amantes del teatro dramático en español que llevan más de tres décadas viviendo en Miami dicen que también ha ocurrido antes, y que los momentos de esplendor se disipan tarde o temprano en una espesa languidez.

Pero otros creen --o quieren creer-- que no; que a medida que la ciudad deja de ser sólo un lugar de tránsito cundido de recién llegados a quienes únicamente interesan el bienestar y la supervivencia económica, y va convirtiéndose en hogar de hispanoparlantes asentados aquí para siempre, la escena local empieza a florecer irreversiblemente. Entre estos últimos, el año que ahora concluye es un umbral prometedor.

La verdad es que el 2002 fue un buen momento para el teatro en Miami (cada vez que aparezca esa frase, entiéndase que alude exclusivamente al teatro dramático en español). La afirmación no tiene en cuenta sólo lo que pudo verse durante las primeras semanas de junio en la decimoséptima edición del Festival Internacional de Teatro Hispano, organizado por el grupo Avante bajo la dirección de Mario Ernesto Sánchez; o lo que Alberto Sarraín y Lilliam Manzor llamaron Festival de Pequeño Formato, auspiciado en marzo por su grupo, La Má Teodora.

Al margen de esas jubilosas temporadas, que por lo general atraen al público fiel y al diletante, la producción escénica local tuvo una inyección de energía que se hizo sentir en las carteleras de los medios de prensa y en los corrillos de espectadores impenitentes.

Para mencionar sólo algunos hechos notorios: Venevisión Internacional continuó lo que puede calificarse de ofensiva de producciones a la caza del público, que había iniciado en el 2001 con A 2.50 la Cuba Libre. Se establecieron y comenzaron a presentarse en Miami reconocidos teatristas cubanos como Víctor Varela, Bárbara María Barrientos y Dexter Cápiro.

La actriz Lily Rentería fundó una nueva productora afincada aquí que quiere seducir al espectador de aquí con obras en las cuales trabajen actores de aquí: Abanico Productions, en cuya sede acaba de cerrar la temporada de Strippers de L'Inferno. Y Latin Quarter Cultural Center compró el edificio de 1501 SW Calle Ocho, frente al Teatro Tower, con el declarado propósito de multiplicar las opciones del público local en pleno apogeo de los concurridos Viernes Culturales.

Un repaso de las producciones presentadas durante el año deja también más de un buen talante, aunque sólo sea en términos de repertorio porque, decididamente, es en la confrontación con el público y en el desafío a la crítica donde se van puliendo las buenas intenciones camino a los buenos resultados.

Con el auspicio del empresario Craig Robbins, Varela y Barrientos han venido presentando en su sede del Design District el monodrama La cuarta pared y Aplaude con una mano. El grupo Prometeo, que dirige Teresa María Rojas en el Miami-Dade Community College, hizo un loable montaje de La farsa maravillosa del Gato con Botas, obra del poeta miamense Félix Lizárraga. Hispanic Theater Guild se arriesgó a aceptar la propuesta de Rolando Moreno de montar El No, de Virgilio Piñera, en una versión para tres personajes.

Asimismo, Manteca, del dramaturgo cubano residente en la isla Alberto Pedro, fue dirigida por Sarraín en la desaparecida sala La Magagna, que muchos ya estarán echando de menos. La lechuga, una de las producciones con que Venevisión Internacional --en la persona de Miguel Ferro-- ocupó la cartelera del Miracle Theater, en Coral Gables, sacó de la gaveta una pieza escrita hacía ya 13 años y la montó en formato de teatro arena, con elogiosas reacciones de público y crítica.

También Latin Quarter Cultural Center arrancó con la puesta que Moreno hizo del clásico de Samuel Beckett Esperando a Godot y, objeciones aparte, haber producido esa pieza en nuestro contexto es, cuando menos, una prueba de audacia y un reto a la proverbial indiferencia del espectador promedio por todo lo que no le reporte entretenimiento en el sentido más aceptado de la palabra. La cena, producida primero por el Centro Cultural Español y luego por Raúl Durán en La Magagna, significó la vuelta al teatro de un respetable actor cubano radicado hace ya algunos años en Miami: Carlos Cruz.

A la hora de juzgar con semejante rigor intenciones y resultados, La feria de los inventos, escrita por Raquel Carrió y Lilliam Vega, y dirigida por esta última, fue lo mejor que pude ver en el 2002. Producida por el grupo Avante y estrenada en el Festival Internacional de Teatro Hispano, La feria de los inventos recupera el espíritu germinal del teatro en una historia para niños que los adultos disfrutamos con igual placer. Un texto didáctico que, libre de toda solemnidad, llega al entendimiento por la vía del placer estético, es el soporte de esta puesta en escena en la que un estudiado diseño de escenografía, vestuario y acciones de los personajes contagia belleza y alegría sin el menor ápice de puerilidad.

Esa misma producción, sin embargo, es la primera que inspira un hondo lamento en otro sentido: apenas se la pudo ver en cartelera. ¿Por qué?

No se le puede seguir echando al público la culpa de los huecos negros que ensombrecen la cartelera teatral de todo un año en Miami. El público está ahí: sencillamente hay que salir a buscarlo y demostrarle que la sistematicidad no es un concepto ajeno a la programación escénica local. Talento tampoco falta: son casi proverbiales las situaciones de los teatristas locales que se ganan la vida en empleos donde no pueden explotar en lo más mínimo todo el conocimiento adquirido a lo largo de sus carreras, y ese talento que seguramente habrán llegado a preguntarse si de veras tienen por falta de oportunidad para consumarlo.

Entre las cosas que será necesario hacer en el 2003 para que el umbral del 2002 no conduzca al vacío estarán:

• Que productores, directores, actores y teatristas en general revisen la legislación vigente, para ver cómo se utilizan los fondos públicos destinados a las artes escénicas y hasta qué punto fomentan en la práctica la producción local, o si --por alguno de esos desmanes camaleónicos de la política-- están diseñados con la mentalidad provinciana de atraer espectáculos ''de afuera'' que den lucimiento efímero y no permanente a nuestras carteleras.

• Buscar una alianza efectiva entre los espíritus artístico y empresarial. La subvención pública y las grandes compañías productoras no pueden ser las únicas fuentes de generación de espectáculos teatrales, porque con un poco de esfuerzo --intenso y tenaz, eso sí--, será posible combinar las necesidades del artista y del empresario, y todo lo que huela a flujo de público hacia zonas de concentración urbana es también un maravilloso regalo para los comerciantes.

• Crear las bases para el fomento de una dramaturgia local. Dramaturgo es el que escribe la obra de teatro, y aunque haya público más o menos interesado en autores clásicos, como Beckett o Piñera, lo que sin dudas puede lograr una movilización sistemática de nuevos espectadores es la representación de conflictos que estén bien cerca de ellos, de sus vidas cotidianas y de sus preocupaciones más acuciantes; algo que atraiga a los hambrientos y despierte a los escépticos.

¿Un nuevo vernáculo? Sí, quizás se trate de eso mismo, porque las condiciones están dadas: un neovernáculo también interesado en la contingencia y con más pasión por el rigor estético. Pero el punto de partida será trabajar, trabajar duro --igual que hacen, precisamente, teatristas del vernáculo como Armando Roblán, Alfonso Cremata y Salvador Ugarte, gústennos o no nos gusten sus obras. El dinero para producir teatro no cae Deus ex machina.

Fuente: El Nuevo Herald
Enero 2003

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