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Aplaudiendo
por Néstor Caballero
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La
actriz Lili Rentaría me ha pedido que
escriba unas palabras para leer ante la tumba
del recién fallecido director Roberto
Blanco. Ella que fue, y es, su actriz y amiga
me encomienda tan delicada tarea para despedir
de este escenario a ese gran artista.
Confieso que yo, de verdad, no sé si
pueda estar a la altura de tan dolorosa encomienda,
pues en eso de homenajes siempre he creído
en la imposibilidad de las palabras y en decirme
a mi mismo: Qué saben frases, mármoles
y bronces de lo que alguien fue en este mundo.
Sin
embargo, con humildad, asumo la solicitud de
Lili e iré hilvanando pensamientos a
manera de postrer despedida. Me toca hacerlo
con la fragilidad espiritual dado lo que estoy
viviendo, pero con la certeza de que el maestro
Blanco, debido a su modestia y sencillez, me
recriminaría
el irme de loas, de encomios y lisonjas,
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Roberto Blanco 2001 |
pues una de sus principales enseñanzas fue
que el actor debe eliminar su ego para así
poder tocar las comarcas esplendorosas de la creación.
Refrendando esa, su enseñanza, trataré
que el maestro no me mire de soslayo y me amoneste
en su tono paternal: “Oye, Néstor, no
me llenes de alabanzas, chico, yo solamente cumplí
con mi destino” Y yo seguro le diría:
“No, no, maestro Blanco, no sólo cumplió
con su destino, sino que fue un maestro de maestros”
Y él, aguzando la mirada y encendiendo su infaltable
cigarrillo de tabaco negro me indicaría: “Oye,
Néstor, ¿yo un maestro de maestros?
¿Y cómo es eso, chico?” Ante lo
cual yo le respondería: “Sí lo
fue, pues un maestro de maestros es aquel que, no
obstante su ingenio, siempre sigue aprendiendo y escuchando,
por igual, desde el actor más consagrado hasta
el actor que se inicia con un papel de extra. Un maestro
de maestros es aquel que es un eterno alumno de la
escena y transita por ella con genialidad y sabiéndose
ser sólo un instrumento de lo sagrado”
Seguramente Roberto Blanco, al escucharme, sonreiría
y me corregiría: “Oye, Néstor,
eso está muy bien y quedaría mucho mejor
si le quitaras lo de ingenio y genialidad. Oye, Néstor,
chico, no fui un genio, sino alguien que intentó
escuchar y dialogar con lo divino.”
Luego de su réplica, el maestro Blanco me daría
una palmadita y miraría hacia el escenario
y, en silencio, con paciencia y mansedumbre, se dedicaría
a oírlo, porque también nos enseñó:
“Que el escenario habla con voz propia, sólo
hay que escucharlo.”
Ahora sí, ya dicho todo lo anterior y antes
de finalizar estas palabras de despedida, es de ley
precisar algo para que se entienda cómo decimos
adiós a uno de los nuestros.
Se equivocan quienes piensan que la gente de teatro
despedimos a los nuestros con un llanto. No es así.
Los despedimos aplaudiendo. También yerran
quienes creen que en nuestro duelo nos vestimos de
negro. Eso no es cierto. Cuando llegamos a la tumba
de quien vamos a despedir, algunos actores se visten
con festivos trajes de Arlequines mientras que muchas
actrices se atavían con sus mejores galas de
Julieta. Antes de ir al cementerio, actores y actrices
se llegan a los camerinos y se envuelven en los vestuarios
que les vayan mejor para despedir al que ha partido.
Es por ello que ahora cuando nos toca hacerlo del
maestro de maestros, del director Roberto Blanco,
verán a muchos de nosotros engalanados como
Edipo Rey, como Yocasta, como Tartufo, como Las Preciosas
Ridículas, como Hamlet, como Ofelia, como Tío
Vania, como La Gaviota, como Willy Loman, como Juana
de Arco, como Vladimiro o como Estragón o como
Dos Viejos Pánicos. Es así, pero que
nadie se alarme, pues ningún vestuario del
mundo del teatro, al maestro Blanco, le fue ajeno.
Ahora sí, maestro Blanco, llegó la Mala
Hora de esta despedida. Aquí estamos todos
tus alumnos, aquí está tu amiga Lili
Rentaría, ataviada como Doña Rosita
La Soltera, aquí te estamos viendo entrar hacia
ese nuevo escenario, aquí estamos notando que
te espera Federico García Lorca y que a tu
llegada te dice: “No duerme nadie por el cielo.
Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la
luna huelen y rondan sus cabañas.” Y
Lorca, aplaudiendo, te dice: “Pasa adelante,
Roberto” Y ahora te recibe Dulce María
Loynaz y te declama: “Suelto en la tierra azul…
Con las estrellas pastando en los potreros de la Noche”
Y Dulce, aplaudiendo, te dice: “Pasa adelante,
Roberto” Y ahora te recibe Lezama Lima y te
dice: “Mano era sin sangre la seda que borraba,
la perfección que muere de rodillas, y en su
celo se esconde y se divierte.” Y Lezama, aplaudiendo,
te dice: “Pasa adelante, Roberto” Y ahora
te recibe José Martí y te afirma: “¡Arriba,
oh, corazón!: ¿Quién dijo muerte?”
Y así, entre aplausos, entras a conocer el
gran misterio, y así, desde aquí abajo,
te seguimos aplaudiendo, jamás llorando, siempre
aplaudiendo, aplaudiendo.
Enero
2003
Teatro en Miami
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