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Hay personajes
que considero muy míos
Manuel Villabella
Dice Verónica
Lynn, galardonada recientemente con el Premio
Nacional de Teatro. Un reconocimiento a su brillante
carrera artística
Verónica Lynn es una
mujer temperamental. Lo demuestra cualquiera
de sus actuaciones, no importa el tamaño
del papel que le corresponda, aunque siempre
con ella todos los roles son grandes.
Conversadora. Reflexiva. Observadora.
Verónica Lynn está inscrita ya
en el libro de los imprescindibles dentro del
panorama actoral cubano y ello lo ha logrado
gracias a un talento que, además, cultivó
con la superación constante y la eterna
búsqueda de la perfección. |

Veronica Lynn en la puesta de Aire Frío
de Virgilio Piñera, versión para
TV, década del 60 |
Ganadora recientemente del Premio
Nacional de Teatro, accedió a este diálogo
durante una visita a Camagüey, ciudad que la acoge
con verdadero cariño.
Hablamos de diversos temas con una
invitación perenne a la memoria. Recordamos
que durante la temporada 1954-1955, en Nueva York,
surgió el estreno de la pieza de Tennesse Williams,
Cat a hot in roof (La gata en el tejado de zinc caliente)
que mereció el Premio Pulitzer y figuró
como la mejor obra teatral del año en la selección
del Critic’s Circle de Nueva York. En 1956 vi
a Verónica en esa puesta que presentaron aquellos
esforzados del grupo teatral TEDA.
“Sí. Yo hacía
el protagónico. Comencé por la puerta
grande, protagonizando...”, me dice hoy, 47
años después.
—Esa obra fue comentada
por los críticos a favor y en contra. TEDA
utilizó una traducción de la actriz
Carmen Bernal muy deficiente, pero usted obtuvo comentarios
muy favorables para una actriz que comenzaba. ¿Fue
su primera obra?
—No, no fue la primera. Era
la tercera. Debuté en el teatro con Amok, de
Stefan Zweig y después Lluvia, de Somerset
Maugham. Entonces vino esa. Era el estreno en Cuba.
No se había proyectado todavía la famosa
película. Tampoco estaba la obra en librería.
La dirigió Erick Santamaría.
—¿Fue todo un
acontecimiento teatral el estreno de Santa Camila
de La Habana Vieja?
—Sí. Mi carrera es antes
y después de Santa Camila... Yo había
hecho mucho teatro hasta ese momento, pero interpreté
personajes con psicologías que no tenían
nada que ver con el cubano, muchas obras de autores
extranjeros. Trabajé en Falsa alarma, de Virgilio
Piñera, pero sabes bien que no es pieza que
se caracterice por su cubanía. Mi primer papel
de una cubana, mestiza, santera, de un solar urbano
fue la Camila.
“Fue un acontecimiento para
el teatro cubano. Se abrieron muchas expectativas
con respecto a Brenes, su autor. Fue un acierto, además,
el elenco que la estrenó y la excelente dirección
de Adolfo de Luis.
—¿Qué
opinión tiene de los montajes posteriores de
esa obra?
—Me gustó mucho la que
hicimos en el 1982, cuando cumplió 20 años
su estreno. Se puso en la sala Hubert de Blanck, en
La Habana. El Ñico lo interpretó excelentemente
Adolfo Llauradó, que falleció, lamentablemente,
hace unos años.
—¿Y la última
puesta en televisión, convertida luego en película,
protagonizada por Luisa María Jiménez?
—No. Esa yo no la vi. Yo casi
siempre evito ver las Camilas y las Luz Marina, de
Aire frío, cuando las interpretan otras actrices.
—Debe ser por su entrega
a esos roles. ¿Pero no hay cierto egoísmo
en eso?
—Sí. Es cierto. En eso
soy egoísta. Cada actriz tiene su manera de
ver su papel. Son personajes que yo considero muy
míos.
—Bueno, hábleme
de ese otro papel antológico: la Luz Marina
de Aire frío.
—Para mí el año
1962 fue muy importante. Estrené Santa Camila...
en julio y Aire Frío en noviembre. Fue su estreno
universal. Es un personaje diferente a Camila, de
otro estrato social, otro mundo, otro contexto. Es
otro personaje que adoro. Ahora yo hice por televisión
la madre; Isabel Santos le dio vida a la Luz Marina
en una actuación maravillosa. Para Virgilio,
que quería tanto su obra, fue de gran alegría
el trabajo que realicé.
—Hablemos de la telenovela
Sol de Batey. No tiene la trascendencia de estas obras
teatrales, pero usted realizó una creación
con ese atormentado y patológico personaje.
—El personaje de Sol de Batey
a mí me marcó. Empecé en 1953.
Ahora cumplo 50 años de trabajo, pero lo que
me hizo popular fue esa novela. Fue para mí
un reto, porque era un personaje que podía
caer en lo esquemático: mala, mala, mala, aunque
estaba muy bien escrito por Dora Alonso; pero, además,
yo le busqué muchas aristas para hacer de ella
un ser humano.
—¿Se inició
en el teatro?
—No. Empecé en la televisión,
con Pumarejo. Me presenté en un programa de
aficionados, gané, y los triunfadores pasábamos
a formar parte del elenco de la Escuela de Televisión
de Pumarejo. Los domingos se hacía un teatro.
Nosotros, los otros compañeros y yo, que hoy
son conocidos actores, hacíamos los papeles
secundarios gratis. En teatro también actué
sin ganar un centavo. Todos trabajábamos en
otra cosa para vivir, actuábamos por amor al
arte. Yo pertenecía a una familia muy humilde,
muy pobre.
—¿Qué
director, en su extensa carrera, le aportó
más?
—Mi inolvidable esposo desaparecido:
Pedro Álvarez.
—Usted y su esposo tenían
gran interés en hacer teatro en provincias.
—Sí. Era uno de los propósitos
del grupo Trotamundos, fundado por él. Se pudo
lograr nada más en Unión de Reyes y
yo lo realicé en 1998 con El último
bolero y con El centauro, que se hicieron en Santa
Clara. Teníamos proyectos, incluso, con el
Conjunto Dramático de Camagüey. Ahora
quiero hacer una coproducción con el Teatro
de la Luna, lo dirige Raúl Martín, un
joven muy talentoso y quiero hacer algo con él.
—Tiene un carácter
firme, fuerte... ¿estoy en lo cierto?
—Yo quisiera ser más
tolerante en muchas cosas. Soy una persona dulce,
pero no siempre, y en esos “no siempre”
quisiera seguir siendo tolerante y dulce, pero soy,
a veces, un poco agresiva y eso me molesta de mi carácter;
es algo así que me sale como un impulso y creo
que eso no es bueno. No. No soy fácil, no es
que sea histérica, ni nada de eso. Soy, simplemente,
un ser humano con más defectos que virtudes.
Fuente:
Juventud Rebelde
Enero 2003
TeatroenMiami.com
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