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Patrones y
mecenas del siglo XXI
por NÚRIA ESCUR
Mecenas los hubo siempre. El
primero se llamaba así, Gai Cilni Mecenas,
y era un caballero romano amigo de Horacio al que
le gustaba rodearse de escritores mientras comía.
Mecenas los hubo, sólo que ahora aparecen junto
a carteles de propaganda y con un manual de marketing
bajo el brazo, compran rebaños de asesores
que elaboran decenas de dossieres y les entregan cuartillas
con índices crematísticos del beneficio
obtenido.
Antes, un mecenas era algo menos prosaico
y tenía más encanto, le digo a Joan
Guitart, ex conseller de Cultura –“desde
que no lo soy, vivo mucho más tranquilo”–
y presidente de la Agència de Patrocini i Mecenatge
desde hace siete años. “Es que antes
un mecenas era una persona física –responde
Guitart– y ahora una empresa.”
¿Alguien conoce a fondo el
trabajo de la Agència de Patrocini i Mecenatge?
¿No han visto ustedes nunca a esos niños
que salen del teatro Regina con las manos alzadas,
blandiendo un Kit Kat? Nestlé es una de esas
muchas empresas que quiso, hace ya doce años,
meterse en cultura.
Mandan los cánones que patrocina
el patrón cuando protege a favor de sus clientes,
cuando defiende, sostiene o ampara una empresa o una
causa. Catalunya, tierra con larga tradición
de mecenazgo, ha ido variando de sector protector:
“Antes las que más apostaban eran las
tecnológicas. Ahora son las grandes empresas
de comunicación. Y ya no está tan de
moda el patrocinio cultural, sino el medioambiental,
el educativo, el de marketing social, las ONG. Implicarte
en la ciudad donde vives. En el deportivo no nos metemos
mucho, es otro mundo”, puntualiza Guitart.
El patrocinio dice actuar sobre la
marca de empresa, no sobre el producto. Así
es como tranquilizan sus conciencias quienes no sufren
por la calidad de lo que producen. Pero pervive en
esta ciudad, como en casi todas las europeas, un sector
que teme. Son los resistentes culturales. Temen que
los criterios culturales acaben triturados bajo la
maquinaria del marketing. “No deben temer –comenta
Guitart–, porque el patrocinio bien hecho es
motivo de prestigio.” Y aboga porque el nombre
de los patrocinadores salgan siempre en los créditos
y si es en mayúsculas, mejor. Están
en su derecho. A este paso lo verdaderamente subversivo
será pasar a la resistencia. La cruzada de
los resistentes culturales frente –más
bien detrás– los nuevos reyes del marketing.
La moda del patrocinio español
vivió su época dorada con la ley de
1994. Por primera vez descubrieron que quien ejercía
de mecenas obtenía beneficios fiscales, que
ser patrocinador desgravaba. Los empresarios dijeron
entonces que llegaba la mejor ley en el peor momento,
que debían haberla perfilado ya en 1992, con
los Juegos Olímpicos. Ahora los empresarios
catalanes quieren más. Si el futuro de esta
ley dependiera de ellos, como de Guitart, pedirían
“que llegue el día en que al ciudadano
de Barcelona le pongan un catálogo de actuaciones
delante y pueda decidir si quiere destinar parte de
su dinero a una orquesta,una fundación o a
reconstruir una iglesia”.
Fuente:
La Vanguardia
Enero 2003
TeatroenMiami.com
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