Incluye tu email para recibir información sobre nuestras actualizaciones
POSTALES | FOTOS
ARTÍCULOS - 2003
  Diciembre
Noviembre
Octubre
Septiembre
Agosto
Julio
Junio
Mayo
Abril
Marzo
Febrero
Enero
DIARIOS
  The New York Times
Sun-Sentinel
El Nuevo Herald
The Miami Herald
Los Angeles Times
La Vanguardia
Washigton Post
El Mundo
El Clarín
CNN
ArteMiami.com

BUSCADOR internet teatroenmiami.com
Adiós a la pobreza
por GUSTAVO ESTEVA

La pobreza es un concepto relativo: no todas las culturas la entienden igual. Llamar a uno “pobre” ya es una forma de dominación, de eludir el debate sobre el modelo de civilización. Algunas iniciativas políticas, como la de Lula en Brasil, se proponen combatir el hambre, que no la pobreza. No es lo mismo

Para los amigos europeos que visitaba, años atrás, era exagerado el entusiasmo que yo mostraba ante lo que veía en las comunidades indígenas de Oaxaca, un estado clasificado entre los más pobres de México. Quisieron ver por sí mismos de qué se trataba. Tras admirar los encantos de una de esas comunidades, uno de ellos comentó a quienes nos atendían: “Su cultura es espléndida, pero a pesar de todo son ustedes muy pobres”. “No –le respondieron–, somos zapotecos.” Ante su desconcierto, le explicaron: “Nos llama pobres porque no tenemos una serie de cosas que usted tiene y lo hacen sentirse rico. Nosotros podríamos hacer lo mismo, pensando en las bendiciones de nuestra naturaleza y nuestra cultura. Pero no le llamamos pobre porque no tenga todo eso. Usted es alemán y nosotros zapotecos. Vámonos respetando un poco”.

La pobreza no es un dato objetivo, un aspecto o variable de la realidad social que se pueda medir. Es una condición que se atribuye a un sector de la sociedad o del mundo, al comparar su situación con la de otro sector o país y aplicar una norma arbitraria. En Perú es pobre quien no tiene zapatos; en China, quien carece de bicicleta; en Francia, quien no puede tener automóvil. En los años 30, era pobre en Europa quien no podía comprar un radio; treinta años después, quien no tenía acceso a un televisor; en 1970, quien no lo tenía de color; en 1980, quien carecía de videocasetera; en la actualidad, quien no tiene acceso a Internet ni teléfono móvil...

No siempre fue así. En Occidente, hasta el final de la edad media, pobre era lo opuesto a poderoso, no a rico, y simbolizaba una virtud. Los pobres estaban bajo protección específica. Se les reconocía lugar de pertenencia y residencia y una forma de subsistir. Todo esto cambió en el siglo XIX. Se creó el pobre moderno. La Enmienda de 1834 a la ley de Pobres, en Inglaterra, puede considerarse el punto de partida del capitalismo moderno, porque terminó con el sistema de subsidio a la pobreza que impedía la existencia del mercado de la mano de obra. La noción actual de pobreza se basa en el supuesto insostenible de que existe una definición única de la buena vida. Los indicadores de la pobreza son normas que disimulan el despojo que se practica al imponerlas y encubren formas alternativas de prosperidad, basadas en nociones diferenciales sobre el estar bien y la manera de conseguirlo.

En todas las culturas, en todos los tiempos, ha habido personas incapaces de ocuparse de sí mismas. La noción de “pobreza” no se refiere a ellas, los inválidos de siempre, sino a un género muy moderno de incapacidad: la de quienes tienen todas las aptitudes necesarias para ocuparse de sí mismos pero no pueden hacerlo. Se encuentran en esa situación por un despojo pasado o presente: fueron privados de las condiciones que les permitían ejercer sus aptitudes de subsistencia autónoma o se les impide practicarlas. El ejemplo clásico de lo primero es el cercamiento de los “commons” en Inglaterra –los “ejidos” del siglo XVI en España–, que se considera precondición del capitalismo. El despojo de tierras y otras condiciones de trabajo continúa hasta ahora y se combina con fuerzas del mercado o el Estado que sofocan, marginan, prohíben, descalifican o desmantelan el ejercicio de las aptitudes autónomas.

Las guerras contra la pobreza, empacadas en diversas formas de asistencia, son habitualmente guerras contra los pobres que sólo modernizan la pobreza y multiplican el número de quienes se clasifican como “pobres”. Hacen falta acciones de restitución, que devuelvan a las víctimas de despojo lo que se les quitó, para que puedan ejercer libremente sus aptitudes de subsistencia autónoma. Se requiere, sobre todo, impedir que el mercado o el Estado sigan bloqueando o dañando esa libertad. El despojo sistemático de las capacidades autónomas, propio de la sociedad económica, se disimuló en la posguerra bajo el manto del desarrollo, el emblema que empleó el presidente Truman en 1949 para hacer atractiva la era de la hegemonía norteamericana. Acuñó la palabra subdesarrollo y prometió remediarlo. La palabra carece hoy de una denotación precisa, pero está cargada de connotaciones. Para dos terceras partes del mundo significa estar en una condición humillante e indigna, abajo, de una minoría “desarrollada”. No pueden soñar sus propios sueños: ya están soñados por los “desarrollados”. No pueden confiar en sus propias narices: han de ponerse en manos de los expertos.

Desde la década de 1970 quedó demostrado que el “desarrollo” genera hambre y miseria. No bastó corregir la obsesión inicial por el crecimiento económico, inventando el desarrollo “social”. Tampoco sirvieron nuevos adjetivos: endógeno, integral, global, participativo, democrático, alternativo, étnico... En la década de 1980 se puso de moda el desarrollo “sostenible”, para arrebatar sus banderas a los ecologistas, que nacieron como críticos del desarrollo. Desde hace diez años está de moda el desarrollo “humano”, un lema que revela el carácter profundamente inhumano del empeño y no puede esconder, tras ese desodorante, la peste del “desarrollo”.

El modo de vida de los “desarrollados” es un espejismo inviable y peligroso. Es imposible que lo adopten todos los habitantes del planeta y suicida intentarlo o siquiera mantenerlo en su estado actual. Este conocimiento llevó a plantear la noción de “necesidades básicas”, primero, y luego la de “mínimos de bienestar”. Ambas adoptan como premisa la desigualdad y se basan en el mismo supuesto absurdo e insostenible del “desarrollo”: una definición universal de la buena vida, el bienestar, el bienser, la necesidad. La metáfora del desarrollo fue un mito movilizador que se convirtió pronto en amenaza cumplida. Es hora de abandonarla. Igualmente, es tiempo de acabar con la pobreza, abandonando ese eufemismo racista y humillante y revelando lo que se pretende esconder con él. Debemos sonreírnos ante quien lo sigue empleando o alentar sospechas sobre sus intenciones. Y hemos de aguantar a pie firme, con entereza, las consecuencias del despertar a la conciencia de lo que hace falta hacer, si en realidad queremos enfrentar el predicamento y en vez de desplazar la atención hacia los “pobres” la ponemos en la sociedad que los genera y es incapaz de existir sin ellos. Es lo que están haciendo, por cierto, los llamados “pobres”. Encabezan la lucha contra la sociedad de consumo, en la cual quienes no son prisioneros de la adicción lo son de la envidia. La mayoría de ellos están aún en libertad y hoy resisten, con coraje y lucidez, la tentación de colarse en ella. Por eso son la principal fuente de esperanza y el motor más importante de transformación.

Fuente: La Vanguardia
Enero 2003

TeatroenMiami.com
www.teatroenmiami.com no es responsable por las opiniones expresadas. Cada autor u opinante es responsable por sus opiniones e ideas. Igualmente las informaciones relacionadas con espectáculos son enviadas a www.teatroenmiami.com y son los productores y promotores de dichos espectáculos los responsables de cambios, suspensiones o informaciones erroneas. Los materiales son propiedad intelectual © de sus fuentes originales y son utilizados aquí solo con fines educativos

Este website está diseñado para 800 x 600 | Internet Explorer +5.
Design by www.teatroenmiami.com © 2000-2004
TeatroenMiami.com
se actualiza semanalmente
Es un website educativo y sin fines de lucro
Miami, FL - USA