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Adiós
a la pobreza
por GUSTAVO ESTEVA
La pobreza es un concepto relativo:
no todas las culturas la entienden igual. Llamar a
uno “pobre” ya es una forma de dominación,
de eludir el debate sobre el modelo de civilización.
Algunas iniciativas políticas, como la de Lula
en Brasil, se proponen combatir el hambre, que no
la pobreza. No es lo mismo
Para los amigos europeos que visitaba,
años atrás, era exagerado el entusiasmo
que yo mostraba ante lo que veía en las comunidades
indígenas de Oaxaca, un estado clasificado
entre los más pobres de México. Quisieron
ver por sí mismos de qué se trataba.
Tras admirar los encantos de una de esas comunidades,
uno de ellos comentó a quienes nos atendían:
“Su cultura es espléndida, pero a pesar
de todo son ustedes muy pobres”. “No –le
respondieron–, somos zapotecos.” Ante
su desconcierto, le explicaron: “Nos llama pobres
porque no tenemos una serie de cosas que usted tiene
y lo hacen sentirse rico. Nosotros podríamos
hacer lo mismo, pensando en las bendiciones de nuestra
naturaleza y nuestra cultura. Pero no le llamamos
pobre porque no tenga todo eso. Usted es alemán
y nosotros zapotecos. Vámonos respetando un
poco”.
La pobreza no es un dato objetivo,
un aspecto o variable de la realidad social que se
pueda medir. Es una condición que se atribuye
a un sector de la sociedad o del mundo, al comparar
su situación con la de otro sector o país
y aplicar una norma arbitraria. En Perú es
pobre quien no tiene zapatos; en China, quien carece
de bicicleta; en Francia, quien no puede tener automóvil.
En los años 30, era pobre en Europa quien no
podía comprar un radio; treinta años
después, quien no tenía acceso a un
televisor; en 1970, quien no lo tenía de color;
en 1980, quien carecía de videocasetera; en
la actualidad, quien no tiene acceso a Internet ni
teléfono móvil...
No siempre fue así. En Occidente,
hasta el final de la edad media, pobre era lo opuesto
a poderoso, no a rico, y simbolizaba una virtud. Los
pobres estaban bajo protección específica.
Se les reconocía lugar de pertenencia y residencia
y una forma de subsistir. Todo esto cambió
en el siglo XIX. Se creó el pobre moderno.
La Enmienda de 1834 a la ley de Pobres, en Inglaterra,
puede considerarse el punto de partida del capitalismo
moderno, porque terminó con el sistema de subsidio
a la pobreza que impedía la existencia del
mercado de la mano de obra. La noción actual
de pobreza se basa en el supuesto insostenible de
que existe una definición única de la
buena vida. Los indicadores de la pobreza son normas
que disimulan el despojo que se practica al imponerlas
y encubren formas alternativas de prosperidad, basadas
en nociones diferenciales sobre el estar bien y la
manera de conseguirlo.
En todas las culturas, en todos los
tiempos, ha habido personas incapaces de ocuparse
de sí mismas. La noción de “pobreza”
no se refiere a ellas, los inválidos de siempre,
sino a un género muy moderno de incapacidad:
la de quienes tienen todas las aptitudes necesarias
para ocuparse de sí mismos pero no pueden hacerlo.
Se encuentran en esa situación por un despojo
pasado o presente: fueron privados de las condiciones
que les permitían ejercer sus aptitudes de
subsistencia autónoma o se les impide practicarlas.
El ejemplo clásico de lo primero es el cercamiento
de los “commons” en Inglaterra –los
“ejidos” del siglo XVI en España–,
que se considera precondición del capitalismo.
El despojo de tierras y otras condiciones de trabajo
continúa hasta ahora y se combina con fuerzas
del mercado o el Estado que sofocan, marginan, prohíben,
descalifican o desmantelan el ejercicio de las aptitudes
autónomas.
Las guerras contra la pobreza, empacadas
en diversas formas de asistencia, son habitualmente
guerras contra los pobres que sólo modernizan
la pobreza y multiplican el número de quienes
se clasifican como “pobres”. Hacen falta
acciones de restitución, que devuelvan a las
víctimas de despojo lo que se les quitó,
para que puedan ejercer libremente sus aptitudes de
subsistencia autónoma. Se requiere, sobre todo,
impedir que el mercado o el Estado sigan bloqueando
o dañando esa libertad. El despojo sistemático
de las capacidades autónomas, propio de la
sociedad económica, se disimuló en la
posguerra bajo el manto del desarrollo, el emblema
que empleó el presidente Truman en 1949 para
hacer atractiva la era de la hegemonía norteamericana.
Acuñó la palabra subdesarrollo y prometió
remediarlo. La palabra carece hoy de una denotación
precisa, pero está cargada de connotaciones.
Para dos terceras partes del mundo significa estar
en una condición humillante e indigna, abajo,
de una minoría “desarrollada”.
No pueden soñar sus propios sueños:
ya están soñados por los “desarrollados”.
No pueden confiar en sus propias narices: han de ponerse
en manos de los expertos.
Desde la década de 1970 quedó
demostrado que el “desarrollo” genera
hambre y miseria. No bastó corregir la obsesión
inicial por el crecimiento económico, inventando
el desarrollo “social”. Tampoco sirvieron
nuevos adjetivos: endógeno, integral, global,
participativo, democrático, alternativo, étnico...
En la década de 1980 se puso de moda el desarrollo
“sostenible”, para arrebatar sus banderas
a los ecologistas, que nacieron como críticos
del desarrollo. Desde hace diez años está
de moda el desarrollo “humano”, un lema
que revela el carácter profundamente inhumano
del empeño y no puede esconder, tras ese desodorante,
la peste del “desarrollo”.
El modo de vida de los “desarrollados”
es un espejismo inviable y peligroso. Es imposible
que lo adopten todos los habitantes del planeta y
suicida intentarlo o siquiera mantenerlo en su estado
actual. Este conocimiento llevó a plantear
la noción de “necesidades básicas”,
primero, y luego la de “mínimos de bienestar”.
Ambas adoptan como premisa la desigualdad y se basan
en el mismo supuesto absurdo e insostenible del “desarrollo”:
una definición universal de la buena vida,
el bienestar, el bienser, la necesidad. La metáfora
del desarrollo fue un mito movilizador que se convirtió
pronto en amenaza cumplida. Es hora de abandonarla.
Igualmente, es tiempo de acabar con la pobreza, abandonando
ese eufemismo racista y humillante y revelando lo
que se pretende esconder con él. Debemos sonreírnos
ante quien lo sigue empleando o alentar sospechas
sobre sus intenciones. Y hemos de aguantar a pie firme,
con entereza, las consecuencias del despertar a la
conciencia de lo que hace falta hacer, si en realidad
queremos enfrentar el predicamento y en vez de desplazar
la atención hacia los “pobres”
la ponemos en la sociedad que los genera y es incapaz
de existir sin ellos. Es lo que están haciendo,
por cierto, los llamados “pobres”. Encabezan
la lucha contra la sociedad de consumo, en la cual
quienes no son prisioneros de la adicción lo
son de la envidia. La mayoría de ellos están
aún en libertad y hoy resisten, con coraje
y lucidez, la tentación de colarse en ella.
Por eso son la principal fuente de esperanza y el
motor más importante de transformación.
Fuente:
La Vanguardia
Enero 2003
TeatroenMiami.com
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