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Teatro accidentado
DAVID BARBA
"Tragedia
endogonidia" es un macroproyecto en marcha
de la compañía Societats Raffaello
Sanzio, la gran sorpresa teatral europea de
los últimos tiempos. "Culturas"
la visitó en su taller, cercano a Milán
Romeo Castellucci jamás
olvidará la noche en que una facción
violenta del movimiento de liberación
animal atacó a botellazos a los actores
de su compañía en el Piccolo Teatro
de Milán. Sobre el escenario, 300 animales
de diversas especies formaban parte del reparto
de “Le favole di Esopo” (1992).
Finalmente, una amenaza de bomba obligó
a desalojar la sala. De esta accidentada manera
comenzaba para la Societas Raffaello Sanzio
(SRS) un revisionismo del teatro para niños
que les llevó a meter en camas al público
en “Buchettino” (1995) o a construir
sobre el escenario un laberinto de 200 metros
destinado a perder en él a Hansel y Gretel.
El director de la SRS, compañía
que fundó en Cesena –cerca de Bolonia–
junto a su hermana Claudia y a su mujer, Chiara
Guidi, tampoco olvidará la noche de 1999
en que se representó en París
“Voyage au bout de la nuit”, obra
que “todavía es una herida abierta
en el corazón de la cultura francesa”.
A gritos, una mitad del público alternaba
acusaciones incompatibles como “habéis
traicionado el espíritu de Céline”
o “sois una banda de fascistas... como
Céline”, en un visceral rechazo
a la otra vía de trabajo de la SRS: “La
exploración de los textos fundacionales
de nuestra cultura”, que ha alumbrado
un Hamlet subtitulado “La veemente esteriorità
della morte di un molusco”, un Génesis
protagonizado por Lucifer, o un “Giulio
Cesare” donde el discurso de Marco Antonio
lo interpreta un actor traqueotomizado.
En un montaje de Castellucci,
el espectador siempre encontrará motivos
para el sobresalto: un querubín rubio
bañado en leche (“A#02”),
un Bruto y un Casio pisándose las frases
o un Julio César amorrado a una bombona
de helio (“Giulio Cesare”), un Adán
anoréxico o una Eva anciana (“Genesi”),
cuerpos |
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esqueléticos, deformes, obesos
o enfermos que nos acercan a la muerte. Desde el año
2001, los motivos para el desasosiego no han dejado
de crecer, ya que la compañía se halla
inmersa en el posiblemente más sonado proyecto
escénico del teatro europeo: una gira de diez
años con 11 piezas que forman la “Tragedia
endogonidia”, mezcla de ciencia, arte contemporáneo
y transgresión de todos los códigos teatrales
conocidos.
Estrenada ya la “C#01”
(por Cesena 2001) y la “A#02” (por Aviñón
2002), estos días se ultima la “B#03”
(Berlín 2003) en la nave industrial “okupada”
donde, desde 1981, Castellucci da vida a los monstruos
de la Societas. La gira les llevará a Bruselas,
Bergen, París, Roma, Londres, Estrasburgo y
Marsella, para terminar, de nuevo en Cesena, en el
2010. La “Tragedia endogonidia” es un
espectáculo sorprendente. De entrada, porque
la ausencia del texto supone una apoteosis visual
que la convierte en una sucesión de performances
como puñetazos. La inmensa fuerza comunicativa
de la obra reside en su plasticidad y en la deconstrucción
razonada del discurso: en la primera escena, un chivo
avanza aleatoriamente sobre una alfombra de letras
que describen secuencias de aminoácidos con
las que, al azar, construye un texto que posteriormente
cantan dos actores. “Tragedia, en griego, significa
canto del chivo –explica el director–.
Hemos escenificado una venganza del animal, que se
reapropia del nombre de la tragedia en su lucha contra
el poeta.” Más sorprende aún la
segunda parte del título: “Endogonidia,
en microbiología, se refiere a seres unicelulares
que se dividen continuamente. Es decir, que son virtualmente
inmortales”. Si la tragedia acostumbra a concluir
con la muerte del héroe, hablar de tragedia
“endogonidia” produce un oxímoron:
cada nuevo espectáculo fertiliza “endogonídicamente”
al siguiente en una cadena sin fin de creación
y desarrollo de imágenes demole-doras, como
la de unos leotardos colgados con pinzas que, al ser
estirados, revientan en sangre. O como la del payaso
que, expulsado de la sala, vuelve a entrar por la
ventana mientras juguetea con un hígado.
Como es de suponer, esta tragedia
carece de héroe. Tampoco tiene coro. Para colmo,
Castellucci renuncia a su pilar fundamental: el mito.
“No hemos querido utilizar una trama por todos
conocida: nuestra potencialidad se centra en el concepto
extremadamente contemporáneo del anonimato.
Es una tragedia que pertenece a cualquiera, no a un
héroe, y ahí reside su universalidad:
atraviesa no sólo a todos los hombres, sino
también a todas las cosas.” La tragedia
se convierte, hoy, en una experiencia que nos impregna
de forma invisible, cotidiana. En nuestra cultura
ha desaparecido la concepción trágica
de la existencia y, con ello, el lenguaje mitológico.
Esquilo ha muerto, aunque la Societas no dudó
en fagocitarlo en “Orestea, una commedia organica?”
(1995). Castellucci no sólo rompe el ya débil
hilo que unía la tragedia ática con
la sociedad contemporánea, sino que pone en
duda cualquier forma de lenguaje. En la “Tragedia
endogonidia”, las palabras no comunican: son
escupidas por un panel electrónico de aeropuerto.
Se distorsionan, pierden el sentido hasta convertirse
en un elemento visual más. Justo lo contrario
de lo que ocurría en “Giulio Cesare”
(1997), donde la verborrea incontrolada de los actores
acababa dinamitando la retórica sobre la que
se fundamenta el clásico de Shakespeare. “En
‘Tragedia endogonidia’ no son los actores
quienes escogen las palabras, como sucedía
en ‘Giulio Cesare’, sino que son las palabras
las que escogen a los actores.”
También la catarsis, consecuencia
necesaria de la tragedia ática, desaparece
en una obra donde no hay ninguna posibilidad de liberación.
Ya Walter Benjamin advirtió de que la comedia,
cuarta parte de las tetralogías griegas, era
una forma de escapar de la tragedia. “La catarsis
es una invención de Aristóteles, un
concepto equiparable a la risa neurótica –aclara
Castellucci–; creo que en el teatro no existe
posibilidad de catarsis.”
Y es que nos hallamos ante una dramaturgia
que no busca analgésicos; no quiere reproducir
el mundo, sino proponer otro distinto. No quiere producir
iconos, sino que cultiva un teatro iconoclasta y neoplatónico.
Por ello, se hace necesaria la implicación
del público en el espectáculo. En “Tragedia
endogonidia” esta integración se lleva
a cabo echando abajo la cuarta pared: el lugar de
representación no es un teatro al uso, sino
un espacio polivalente. Otras veces, el espectador
se integra solo: “Nunca falta quien se levanta
a media representación para gritar: ‘¡Esto
es una mierda!’” Alfred Jarry estaría
orgulloso.
En el teatro de la Societas hay una
fuerte ligazón con la infancia: “Creo
que nuestra corriente de investigación sobre
teatro para niños es la que más miedo
causa”. Es una línea destinada no a la
infancia, sino a adultos que deben plegarse al texto
infantil. Obras como “Buchettino” o “Genesi”
descansan casi exclusivamente sobre actores infantiles.
De 1995 a 1997, la SRS puso en marcha una muy criticada
escuela de teatro infantil a la que se acusaba de
corromper a los niños enseñándoles
crueldades.
“Obviamente, no era una escuela
para niños –aclara Castellucci–,
sino con los niños. Nuestra intención
no era enseñarles, sino raptarlos para robarles
su radicalidad. La imaginación infantil es
rotunda: lo absorbe todo, lo quiere todo.” El
segundo acto de “Genesi”, titulado “Auschwitz”,
mezcla el holocausto con “Alicia en el País
de las Maravillas”: “Todas nuestras certezas
acerca de la realidad son efímeras, pues provienen
del lenguaje. Si tienes la fuerza de un niño
que es capaz de rascar la plata del espejo, las palabras
se debilitan y regresamos a un animismo infantil”.
En los setenta, el gran dramaturgo
y director teatral Carmelo Bene, maestro de Castellucci,
se instaló en Cesena: “Recuerdo aún
el día en que fui a visitarle. Yo era un crío.
Le tenía miedo. Era un ogro, siempre enfadado”.
Pero en él halló a su Lewis Carroll
y, de su mano, Castellucci cruzó por vez primera
el umbral de un teatro para instalarse, definitivamente,
al otro lado del espejo.
Fuente:
La Vanguardia
Enero 2003
TeatroenMiami.com
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