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Patrice Chereau
desvela los deseos ocultos de 'Fedra' de Racine en
el estreno teatral de la temporada parisina
El prestigioso
director francés estrena esta tragedia sobre
el deseo insatisfecho en unos recuperados edificios
diseñados por Garnier
El
director de escena, realizador y actor francés
Patrice Chereau estrenó ayer Fedra, de Racine,
y su visión de esa figura del teatro clásico
que representa "todas las contradicciones del
deseo", llamada a convertirse en una de las grandes
protagonistas del teatro francés de 2003.
Con esta pieza, programada en el Teatro
de Europa del Odeón hasta el próximo
20 de abril, Chéreau vuelve al arte dramático
tras haberse despedido de él hace siete años
y concentrado su impulso director en la ópera
y el cine.
Tan llamativo como el retorno a la
escena de uno de los grandes maestros del teatro francés,
y recién nombrado presidente del jurado del
Festival de Cannes, es el lugar elegido para presentar
esta tragedia clásica, reescrita por Racine
en el siglo XVII.
El Odeón, cerrado por obras
durante los dos próximos años, estrenó
también un nuevo escenario, situado en las
afueras de París, donde Charles Garnier, el
arquitecto de Napoleón III, construyó
en 1985 tres edificios de estilo neoclásico,
para almacén y salas de montaje de su célebre
y barroca Opera parisiense.
El conjunto, ampliado en 1957, hoy
monumento nacional, se encuentra al noroeste de París,
en el Bulevar Berthier, una de las grandes arterias
que circundan París en paralelo al cinturón
periférico, lejos del centro y del bello Teatro
del Odeón.
Historia clásica de
amor y muerte
Allí, durante los próximos
meses, cada noche se revivirá la triste historia
de la hija de Minos y de Pasifae, enamorada locamente
de su hijastro, Hipólito, hijo de Teseo, esposo
ausente desde hace años -de viaje por el infierno
a la caza de monstruos- y de Antiope, reina de las
Amazonas.
De la pieza, el director subrayó
en declaraciones al diario 'Le Monde' la idea de Fedra
de que su intenso e insatisfecho deseo por Hipólito
es un crimen, lo que termina llevando a ambos a la
muerte, a Hipólito acusado de algo que no hizo,
intentar seducir a la reina.
Incapaz de mentir o denunciarla, Hipólito,
vive "también el deseo como una vergüenza"
y muere por no lograr convencer a su legendario y
glorioso padre de que su única amada es la
princesa Aricie, una de sus prisioneras, lo que termina
por enloquecer de celos a su madrastra.
"Como todas las tragedias clásicas,
esta historia es verdaderamente un pozo sin fondo
de dolor", subrayó Chéreau. La
emoción llega "cuando entran las ganas
de decir a Fedra que no, que el deseo no es una fatalidad,
y que se puede salir de ese círculo infernal",
explicó.
Pero esa represión y culpabilidad
del deseo, fue, precisamente, lo que llevó
al director a elegir esta pieza de Racine para su
vuelta al teatro y romper, además, una de sus
promesas de juventud, la de no montar jamás
un clásico francés en alejandrinos.
"Seguramente necesitaba un desafío,
hacer algo que no había hecho nunca en mi vida
y que me había jurado no hacer nunca cuando
tenía treinta años", pero "me
dije que si conseguía hacer oír a Koltes,
esa lengua archicomplicada que oculta la verdad, había
quizá un medio de hacer oír a Racine",
comentó.
El realizador de La reina Margot (1994)
eligió como base de su trabajo el manuscrito
original escrito en 1677, en el que "no hay puntos
y comas ni dos puntos, añadidos por comodidad
en el siglo XVIII y XIX, para permitir respirar a
los actores". El texto es mucho más claro
pues "rompe la falsa musicalidad" de los
alejandrinos y permite comprender mejor el sentido,
añadió.
La principal protagonista de la obra
es Dominique Blanc; el decorado, de Richard Peduzzi,
habitual colaborador de Chéreau; y el vestuario,
de Moidele Bickel, por quien el director siente gran
admiración y quien le sugirió hace siete
años seguir con Racine la vía abierta
con Koltes.
Fuente:
Estrella Digital/Efe
Enero 2003
TeatroenMiami.com
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