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Un deja vu
teatral y un recital muy actual
NORMA NIURKA
Especial/El Nuevo Herald
Aquellos que desconocen la historia
pueden caer en el engaño fácilmente
cuando las dos ancianas de andar lento y voz gangosa
salen a escena en Yo prefiero a Caballero. Quienes
ya conocen esta obra corta, bien saben que las damas
están interpretadas por hombres y, de inmediato,
constatan que el tiempo no ha hecho mella en la calidad
interpretativa de estos dos polifacéticos y
talentosos actores.
Eduardo Corbé y Jorge Ovies
estrenaron hace casi 20 años esta pequeña
pieza de la actriz Christy Sánchez y, hoy día,
sus caracterizaciones mantienen la misma frescura
y credibilidad, sin caer en la vulgaridad o la exageración.
Se trata de dos exiliadas que en Cuba
vivían cómodamente y pasan su vejez
en Miami en un edificio para personas de bajos recursos.
En su conversación aluden graciosamente a su
cotidianeidad, y hasta eligen diferentes funerarias
para su momento final (curiosamente, las funerarias
preferidas por cada una, hace unos años se
fundieron en la que hoy se llama Rivero-Caballero).
Corbé es un formidable actor
y director que presentó aquí inolvidables
montajes del teatro cubano (¿cómo olvidar
aquella Santa Camila de La Habana Vieja, con polémica
y todo?), y había desaparecido de la escena.
Reconforta verlo intacto como actor y esperábamos
que reapareciera en algo nuevo (todavía lo
esperamos).
Ovies es un buen comediante a quien
los papeles femeninos le quedan estupendos, y en esta
viejita lúcida ha usado gran sutileza para
no cometer excesos.
Realzado por las actuaciones, el simpático
diálogo se queda un tanto en la superficie
debido a su corta extensión. Lo mismo sucede
con el siguiente monólogo, Esto no tiene nombre,
del actor Julio O'farrill (a quien no vemos en escena
desde hace años), donde Vivian Ruiz utiliza
sus recursos histriónicos para arrancar carcajadas
del público en el papel de una exiliada parlanchina
que desgrana asuntos domésticos y sociales.
Ambas obras cumplen su cometido de
hacer reír y no hay que pedir más a
estos juguetes cómicos que tocan sin pretensiones
la nostalgia y la vida cotidiana del exiliado cubano
de los 80 (no muy diferente del de hoy).
Las dos puestas en escena significan
el regreso al teatro de Tony Wagner, y esta vez a
su propio local, lo que hace este programa un total
dej vú. Lástima que regrese con dos
viejos montajes y pierda la oportunidad de mostrarnos
un trabajo actual en el nuevo centro cultural.
Wagner ha incluido al final el recital
de Jorge Hernández, Canciones que rompen la
rutina, y esto sí es actual. El actor-cantante,
carta de triunfo en cualquier escenario por su originalidad,
buen gusto y depurada expresión artística,
capta la atención del espectador desde que
entra a escena guitarra en mano.
Su magnifica entrega, sin embargo,
se siente como algo impuesto a las obras para lograr
extensión lógica al programa y eso no
es válido para ninguno de los artistas involucrados.
Se pierde la esencia teatral de lo antes visto, confunde,
y uno se queda con ganas de escuchar un recital en
solitario de Hernández. Perdería el
'tres en uno', pero rompería verdaderamente
la rutina.
Fuente:
El Nuevo
Herald
Enero 2003
TeatroenMiami.com
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