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Desde la
izquierda con amor
JOAN-ANTON BENACH
Kyra y Tom se quieren todavía.
Kyra y Tom fueron amantes hasta que la chica decidió
abandonar a su hombre y la vida regalada que le ofrecía,
cuando la esposa de Tom, enferma terminal de cáncer,
se enteró de estas relaciones. Kyra, entonces,
se entregó en cuerpo y alma al magisterio escolar
en uno de los barrios más castigados por los
zapatones de Margaret Thatcher, donde vive en un destartalado
apartamento. Mientras, su ex amante, ya viudo, continuó
prosperando con su cadena de restaurantes, convertida
en poderosa empresa cotizante en bolsa. Del reencuentro
entre Tom y Kyra salen chispas, vivísimas de
entrada, poco a poco menguantes. Luego, la lúcida
serenidad “post coitum” se altera por
lógicas desavenencias que degeneran en explosiones
dialécticas de efectos devastadores. ¿Irremediables?
Tal vez no...
Tom se ha ido. Sin embargo, por entre
las delicias de un suculento desayuno, David Hare
(1947) pone en circulación una brizna de alegría
sobre la cual el espectador, si le apetece, puede
hacer que viajen los mejores presagios. Es la nota
descaradamente comercial de “Skylight”
(1995), un “Celobert” que Josep Maria
Pou y Marta Calvó, en esplendoroso dúo,
llenan de esa niebla londinense que no consigue borrar
la tormentosa frontera que hay entre la ciudad aposentada
y una periferia que se ahoga en su pobreza y marginación.
El director Ferran Madico ya lo advierte en el programa:
el de David Hare, prolífico autor británico,
subido desde hace tiempo en el candelero de una boyante
actualidad –guionista de “The hours”,
entre otras varias películas–, es un
teatro “comercial y, a la vez, comprometido”.
He aquí el sueño legítimo de
la inmensa mayoría de los dramaturgos de izquierda.
Escribir desde el éxito y buscando el éxito,
pero con el corazón honestamente entregado
a los desposeídos de las Arcadias urbanas.
A mi juicio, el positivo interés
y el gran atractivo de “Celobert” –espectáculo
a todas luces recomendable– radica en la ausencia
de toda forma de oportunismo. No hay halagos fáciles
para la “chica buena” ni condenas demonizadoras
para el “capitalista malo”. Es éste
un teatro de ideas, pero que escapa, como gato escaldado,
de los chisporroteos doctrinarios de la dramaturgia
militante de los años 60 y 70. David Hare es
consciente de la flaqueza ideológica que hoy
padece la izquierda para hacerse escuchar y orienta
por ello los diálogos hacia el relato de situaciones,
al tiempo que convierte los personajes en testimonios
fehacientes –y convincentes– de conductas
y actitudes. Imagino al autor como un hombre indignado
ante las capitulaciones de la socialdemocracia en
general y del laborismo en particular. No obstante,
su venganza y su ira –“estic farta d'aquests
mamons de dretes !”, estalla Kyra– no
cobran ninguna forma especulativa sino esencialmente
descriptiva.
Kyra y Tom son dos espejos enfrentados
y, después de mirarse en ellos, más
avergonzado o más bondadoso, el espectador
puede sentirse mejor persona que antes de entrar en
el teatro. ¿No es éste el objetivo de
toda creación comprometida?
En un marco escenográfico muy
bien “amueblado” y que no puede librarse
de las exigencias naturalistas del texto, Josep Maria
Pou es el actor gigantesco, en todos los sentidos,
de este “Celobert” en el que el dramatismo
y la severidad conviven armónicamente con la
jovialidad y el elegante ingenio. El trabajo de Pou
es de una calidad extraordinaria y lo seguiría
siendo si el personaje bebiera whisky de modo más
continente y plausible.
Frente a él, Marta Calvó
se crece paso a paso y logra el que es, creo, el mejor
papel de su carrera. Posiblemente sea también
el espectáculo mejor acabado que haya conseguido
hasta hoy Ferran Madico. La traducción catalana
de “Skylight” suena con el rigor y la
coloración coloquial que suelen tener los trabajos
de Joan Sellent. El estreno concluyó con una
larguísima ovación y “bravos”
aquí y allá.
Fuente:
La Vanguardia
Enero 2003
TeatroenMiami.com
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