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Recapitulación
en movimiento
ORIOL ROSSELL
La coreógrafa
y bailarina recupera en “Origami” diversos
montajes anteriores para acercarlos a todos los públicos
| En
cartel hasta el 2 de febrero en L'Espai de Barcelona,
“Origami” es un espectáculo
singular, donde la bailarina y coreógrafa
Àngels Margarit presenta una reinterpretación
de su propio imaginario a un público tan
poco habitual en la danza contemporánea
como los niños y los jóvenes. “Existen
espectáculos para niños y espectáculos
para adultos –explica Margarit–, pero
hay muy pocos para todos los públicos.
Hoy, todos tendemos a la fragmentación
y la especialización, pero considero básico
que haya cosas que aún puedan compartirse.
‘Origami’ es algo que puedo compartir
con mi hija de siete años”. |
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Pero “Origami” no es
“sólo” para niños. Margarit
es consciente de que existe una franja de edad, llamémosla
pre-adolescencia, en que los chicos y las chicas no
pueden ir a ver nada porque están en un punto
muy complicado de su vida: todavía no entran
en los espectáculos para adultos pero tampoco
les satisfacen los infantiles. “Creo que a un
adolescente al que le gusta ir en monopatín hay
que arrastrarlo a ver danza contemporánea, porque
quizá se dé cuenta de que el movimiento
de los bailarines está mucho más cerca
de la estética del monopatín de lo que
él creía.”
Àngels Margarit Viñals
(Terrassa, 1960) debutó como coreógrafa
en 1978 con la obra de pequeño formato “Laia”
para el Ballet Contemporani de Barcelona. Un año
después se unió al grupo Heura, uno
de los primeros colectivos españoles enteramente
consagrados a la danza contemporánea, donde
permanecería seis años. Las tres piezas
que dirige en Heura, “Potes” (1980), “Temps
al Biaix” (1982) y “Duna” (1983),
sientan las bases de un imaginario estético
y conceptual que, reforzado con lo aprendido en los
talleres de Merce Cunningham y la escuela de Marta
Graham en Nueva York, madurará en la docena
de producciones que desde 1985 ha dirigido en su propia
compañía, Mudances, y que le han reportado,
entre otros, el Premi Nacional de Teatre i Dansa de
Catalunya en dos ocasiones.
La obra de Margarit responde a una
concepción dancística cercana a los
presupuestos minimalistas, abstracta y abiertamente
enfrentada a la narratividad literaria. Cuerpo, espacio,
objeto y luz son los puntales de un heterodoxo modo
de entender la danza que, como expone en el libro
“Àngels Margarit/Mudances 1985-2000”
( Àrea de Cultura de la Diputació de
Barcelona, 2000), responde exclusivamente a “la
ordenación espacial y rítmica de los
movimientos”. Àngels Margarit desarrolla
también una intensa actividad en el ámbito
de la videodanza, cuyas resonancias se dejan notar
en “Origami”: el vídeo, la música
y el espacio desempeñan aquí un papel
parejo a la danza misma.
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“Mi escritura
escénica nunca ha sido la danza –afirma
Margarit–. Mi formación es dancística,
pero mi vocación tiene más que ver
con las artes plásticas. Cada mensaje requiere
de un medio concreto, a veces es el movimiento,
el gesto, y a veces es la imagen videográfica,
el lenguaje sonoro o el objetual. Por eso no contemplo
estos recursos como piezas superpuestas: son inherentes
a la materia con que se hace el espectáculo.”
Piezas como “El somriure” (2001) o
“La edat de la paciència” (1999)
son |
buenos ejemplos de ello: no cuentan
con un gran despliegue tecnológico, entre otras
cosas porque trabaja con unos presupuestos muy ajustados,
pero reflejan una voluntad firme de escribir con distintos
lenguajes.
La coreógrafa lleva casi veinticinco
años de carrera profesional, diecisiete de
ellos al frente de la compañía Mudances.
En todo este tiempo, ha vivido la efervescencia de
la danza contemporánea catalana, a principios
de los años ochenta, y su posterior declive
y actual crisis. “Una de las principales razones
de la situación en que nos hallamos actualmente
–explica– es que no se ha dado un crecimiento
simultáneo con el público, porque el
ochenta por ciento de los trabajos de los coreógrafos
catalanes se ha visto más fuera que aquí.
Es incomprensible cómo se desaprovechó
la oportunidad de los ochenta”. Aquél
fue, para ella, un momento histórico: Europa
miraba a Catalunya con interés, como un lugar
en plena eclosión, y empezó a gestarse
un tejido creativo muy original, sin referentes locales.
“Pero, desgraciadamente, pese
a la gran cantidad de lenguajes culturales exportables
que había aquí, toda la inversión
se centró en la lengua. Justo al revés
de lo que ocurre en Flandes. ¿Por qué
los coreógrafos de Flandes son los mejores
del mundo? Porque en lugar de obsesionarse con la
lengua, hacen de los artistas plásticos y escénicos
sus embajadores culturales”, comenta.
“Se habla mucho de que los de
la danza nos quejamos continuamente”, denuncia
Margarit. “Pero nadie lamenta que no se pueda
disfrutar de la danza en condiciones porque no podrá
convertirse en algo más asequible y normalizado.
Y encima, dado que fuimos prácticamente la
primera generación que maduraba su propio lenguaje,
ni dentro de los poderes de gestión ni de las
instituciones, no hubo ni hay, una sola persona ‘respetada’
que defendiera al sector. En ese aspecto, nos quedamos
huérfanos, siempre al arrastre del teatro o
la música.” Hoy, sentencia convencida:
“Los que nos dedicamos a esto somos básicamente
un cuerpo de resistencia. Lo haces porque tienes algo
que decir y te interesa. Pero las condiciones son
bastante tristes”.
Fuente:
La Vanguardia
Enero 2003
TeatroenMiami.com
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