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Un sonámbulo
muy suyo
JOAN-ANTON BENACH
Quién sabe. Una ayuda, una
pequeña ayuda para que la visión de
“El hipnotizador” resulte mínimamente
provechosa quizá pueda hallarse en las palabras
que su autor, Paco Zarzoso, dedicó al protagonista
de la historia: “El hipnotizador, un actor fracasado
que se gana la vida recorriendo diferentes teatros
con un espectáculo de hipnosis, acude a una
ciudad que será cruce de caminos para gran
parte de los fantasmas (sus propios fantasmas) que
desde hace mucho tiempo y espacio le persiguen. Los
sucesos extremos de este personaje paradójico,
ya que tiene la función de hipnotizador pero
está terriblemente hipnotizado, se mostrarán
en diversos espacios de esta ciudad extravagante,
surgida tal vez de los mapas de un sueño”.
Si dispone de esa vaga noticia argumental,
que no consta en el programa de mano, es probable
que el espectador se muestre un poco receptivo a las
sugestiones que le lleguen del gran actor que es Pedro
Rebollo, para quien Zarzoso escribió ese oscuro
y fragmentado monólogo. Muy bien dirigido su
montaje por Toni Casares y el propio autor, “El
hipnotizador” encierra un deleite desmesurado
por la criptografía teatral, esa dramaturgia
de la ocultación que propone personajes incompletos,
situaciones parcialmente descritas, conflictos meramente
insinuados ante los cuales el público puede
elaborar sus propias deducciones.
Lo malo, lo peor del cuento del hipnotizador
hipnotizado, es la tremenda distancia que se establece
entre los supuestos problemas del protagonista y la
posibilidad de implicarse en ellos que experimenta
el espectador. Éste puede conocer el deambular
sonámbulo del personaje –un hotel, una
iglesia, un museo, un bar de copas...– pero
no hay en sus palabras una sola pista que permita
la mínima complicidad del auditorio. O la mínima
provocación. Después de una introducción
un punto pedantesca, el hipnotizador va a lo suyo,
y ni siquiera dialogando con Dios, que ya es dialogar,
consigue que sus cavilaciones dejen de sonar vacías
y epidérmicas. En el espectáculo hay
un juego de luces muy trabajado (Lluís Martí)
y, eso sí, Pedro Rebollo maneja con soltura
y buen oficio la pompa de jabón que le regaló
Zarzoso.
Fuente: La
Vanguardia
Enero 2003
TeatroenMiami.com
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